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Por qué “Ocho apellidos vascos” no es una buena película

Cercana la gala de los Premios Goya  y conocidas ya las nominaciones a dichos galardones, cierto sector clama al cielo por la ausencia de la “esperada” nominación de Ocho apellidos vascos en la categoría a Mejor película. El largometraje, de Emilio Martínez-Lázaro, con guión de Borja Cobeaga, se ha convertido en una de las cintas más populares de nuestro país y cada vez afianza más su legión de fans que ya esperan las más que seguras secuelas.

La película más taquillera de la historia del país ha conseguido conectar con el siempre misterioso comportamiento del público y encontrar un gran hueco en el mercado que nadie esperaba.

Es cierto que el cine, como todo arte, se hace para ser visto y disfrutado, pero de ahí a establecer la calidad de una película por su recaudación en taquilla hay un gran trecho. Para empezar, hay que dejar claro que todos los años, las películas con más taquilla internacional son de mucho presupuesto pero de calidad mediocre, ya que el público suele acudir al cine por razones bastante distantes a las de ver una buena película. La taquilla española e internacional se rige por la audiencia de películas infantiles, siempre con mucho éxito; las películas de terror, que van a ver grupos de adolescentes; las franquicias basadas en libros bestsellers que atraen a los cines a sus fans y a curiosos que quieren poder seguir la conversación y, finalmente, las comedias. En este último grupo entra Ocho apellidos vascos que con la etiqueta de divertida y “en la que te ríes un montón” se ha hecho con el control de la taquilla por el boca a boca. El resto de películas, las buenas, esas que se llevan los premios prestigiosos y, aún menos las que no se los llevan, suelen traer a la minoría de interesados que van al cine, simplemente, a ver una buena película.

Los Goya no son un premio de jurado especializado ni de crítica, sino de academia, como los Oscars. En ellos no suelen ganar las mejores películas sino las que equilibran mejor la calidad con el éxito, y por ello se debe, por lo menos, pedir que los académicos sepan ver las propuestas que tienen algo de cine dentro, diferenciándolas de las propuestas facilonas que le hacen un flaco favor al cine como expresión artística, aunque hayan llenado los bolsillos de muchos de ellos. Tristemente, ese dinero ganado no se moverá en dar oportunidades a nuevos talentos o en afianzar los ya emergentes, sino en repetir hasta el agotamiento el nuevo método de éxito. En este caso, los tópicos nacionales.

El cine, en todos sus géneros, es un complejo arte formado por historias, estética y técnica en la que entran en juego muchos factores, el más importante siempre es que haga sentir al espectador ese algo indescriptible. Es cierto que el objetivo de una comedia es, al fin y al cabo, hacer reír y entretener a sus espectadores, pero no por ello se puede llamar cine. ¿Acaso si El Show de José Mota, cuando era máximo líder de audiencia, o series como La que se avecina, también líder de audiencia, se pusieran en un cine serían obras maestras en razón a su éxito? La respuesta, obviamente, es no.

Una película que cuenta con un guión basado en ofensivos tópicos que dejan a los andaluces como retrógrados y retrasados mentales, y que establece como cierta la vergonzante creencia del pueblo español en el tópico de que todos los vascos son etarras no es una buena película. Una película cuyo humor no es más que un conjunto de sketches aislados de Vaya semanita, mezclados con unos cuantos gags sacados de libros de chistes sobre vascos y andaluces no es una buena película, aunque te rías.

No digo que este mal interpretada, aunque los papeles de chica estrecha vasca, andaluz gracioso que pone acento toda la película, vasco de chite y maruja sevillana no gozan tampoco de muchos matices.

Se ha de aclarar que este artículo no va en contra del cine de entretenimiento ni mucho menos tiene como única fuente auténtica de cine el gafapastismo intelectualoide pero en cualquier tipo de cine hay cosas bien hechas y mal hechas, independientemente de su éxito y esto es lo que se quiere recalcar. Lamentablemente, en este mundo la calidad y el éxito no van de la mano aunque así debería ser. En la música los ejemplos son aún más claros,  Justin Timberlake o One Direction han ganado más con su gira de este año que los Rollings Stones, pero está claro qué música es de superior calidad. En el cine, como en todo, pasa lo mismo.

Ocho apellidos vascos ha triunfado y, probablemente, se merezca el público que ha llevado a los cines si es cierto que les ha hecho reír, pero el humor cinematográfico merece ser más original, inteligente y crítico si quiere ser de calidad y aportar algo más que movimientos bancarios al cine. En España tenemos varios de los mejores creadores de humor de la historia del cine, con Berlanga y Azcona como máximos exponentes, pasando por Amanece que no es poco, El cochecito, Atraco a las tres, Almodóvar, Alex de la Iglesia, etc. Pero también hemos tenido el “landismo”, a Pajares y Esteso, Ozores, etc. La historia se repite y no por ello las mentiras se convierten en verdades.

Por todo ello, si hablamos de cine, Ocho apellidos vascos no es una buena película. La diversión que provoque ya es algo subjetivo de cada uno.

En Colaboración con QAH| Cine a la Carbonara

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