Patrimonio 


¿Por qué (no) hacer fotos en los museos?

Corren buenos tiempos para la accesibilidad a los museos. O eso parece a través de un sinfín de posibilidades, como Internet. Sin embargo, ¿qué hay de algo tan simple como el derecho a hacer fotos? Otra forma de acercamiento a esos templos de la cultura mediante una práctica tan extendida que, no obstante, con frecuencia constituye una restricción. En efecto, esto puede afectar al usuario, aunque de una forma quizá más sustancial de lo imaginado.

Comenzando por lo esencial: el uso del flash. Es bien sabido, o debería serlo, el deterioro que comporta este elemento en determinados objetos, sobre todo aquellos compuestos de pigmentos y especialmente en ambientes masificados, donde además puede repercutir negativamente en el provecho de la visita. De ahí su prohibición en la práctica totalidad de museos. La controversia, pues, se manifiesta principalmente con el derecho a fotografiar sin flash.

En este sentido la variedad de posiciones adoptadas por las instituciones resulta paradójica y su justificación no siempre se encuentra tan visible para el público. En esta era del turismo masivo y fluidez de información incesante, el hecho de que algunos museos hayan optado por una rígida política en cuanto a las fotos ha generado polémica. Casos particularmente divulgados fueron el de la foto de George Clooney junto a La Última Cena de Leonardo –estando entonces prohibido fotografiarla– o la de Pierce Brosnan ante el Guernica de Picasso –donde antes sí se permitía–.

Es la misma era, en cambio, en la que el propio visitante no se dispone por sí mismo a conocer esas normas, disponibles en la recepción del centro o en Internet, ni el contenido al que pretende acceder en muchos casos, aun sin consultarlas. Aquí cobran protagonismo ciertas prácticas de moda como el uso del selfie stick, que inmediatamente obligó a legislar al respecto y generalmente en su contra. El Museum of Modern Art de Nueva York fue uno de los primeros en prohibirlo.

La Gioconda, en su sala del Louvre abarrotada por los visitantes.

La Gioconda, en su sala del Louvre abarrotada por los visitantes

Modas que van más allá, haciendo resonar los nombres de determinados artistas y obras sobre otros, con frecuencia azarosamente, y con ellos avalanchas de visitantes sobre espacios como la sala 6 del Louvre –primer museo del mundo por número de visitantes, con graves problemas en la gestión de las colas–, donde se custodia La Gioconda y otras obras no menos dignas, pero eclipsadas por la anterior. También con frecuencia, esas modas no invitan a impregnarse de lo que se contempla, sino al mero reconocimiento de una imagen superficial, de marca, un objeto que debe aparecer en los álbumes de recuerdo sin saber bien por qué y al que hemos mirado solo a través del objetivo o la pantalla. Consumo de masas, en definitiva. Es lo que persigue, por ejemplo, el Museo Reina Sofía restringiendo la fotografía en la sala 206, donde se encuentra el Guernica, o el Museo del Prado en casi todos sus espacios. En el extremo opuesto se halla el Museo Egipcio de El Cairo, que  hace unos meses permitió por primera vez y temporalmente la posibilidad de hacer fotos, ampliada hasta hoy pagando un suplemento; dada la situación del país, medidas como esta procuran subsanar el menguado flujo de visitas. Otros centros permiten fotografiar únicamente ciertos espacios para fomentar el interés en ellos, como la Colección Frick en su Garden Court. Por último, los derechos de autor son otro motivo recurrente y en ocasiones complejo.

Öèôðîâàÿ ðåïðîäóêöèÿ íàõîäèòñÿ â èíòåðíåò-ìóçåå Gallerix.ru

Las bodas de Caná, obra maestra de Veronés, se distingue entre otras cosas por sus dimensiones: casi 7 metros de alto por 10 de largo. Se expone en la misma sala que La Gioconda, aunque no reciba el mismo interés que esta

Podría deducirse de todo ello, por un lado, que el público no ha sido adecuadamente educado o concienciado –allá donde se permiten fotos sin flash siempre se escapa algún relámpago más o menos intencionado–. Algo nuevamente contradictorio, por otro lado, si analizamos las vías con que los museos se acercan y además interactúan con el público. Destaca Internet e indiscutiblemente las apps oficiales y redes sociales, escaparate ideal para exponer las ansiadas imágenes icónicas –en una calidad superior a la lograda por cualquier visitante, de hecho–. Es lo que pretenden iniciativas como Museum Week o Museum Selfie Day. Además, si se desea una observación más especializada o técnica, gran parte de las obras están a disposición del usuario en la más alta resolución en las webs de las instituciones, ahora más innovadoras que nunca.

Con todo, ¿qué falta entonces, o qué sobra? ¿Acaso fotografiar en un museo no debería suponer algo más que dejar constancia de nuestra visita? Dicho de otra forma, quizá debería demostrar cómo tales obras han dejado una marca en nosotros, pues desde el momento en que se entra vivimos una experiencia que debería acompañarnos desde que se sale y para siempre.

 

Vía| El País; La Cultura Crítica; AudioViator; 20 minutos.

Más información| “Prohibir las fotos en los museos”; “El Prado estrena web y se fabrica una nueva imagen”; “Museos y tecnología, prohibido hacer fotos”Comunicado del Reina Sofía acerca de la fotografía de Pierce BrosnanImágenes del Museum Selfie Day.

Imagen| El País; Wikimedia Commons.

En QAH| Las claves de #MuseumWeek, la semana de los museos en Twitter.

RELACIONADOS