Historia 


¿Por qué la Estupidez, Erasmo?

 

Morfeo no quería que durmiese y me puse a pensar. Torné el rostro hacia mi mesita de noche y vi a mis más fieles compañeros pedirme a gritos ser abiertos. Les hice caso. Los Soliloquios de Marco Aurelio y Elogio de la Estupidez de Erasmo de Rotterdam siempre suelen estar a mi lado en los momentos de reflexión y suelo releer con vicio sus páginas, ya que estas suelen cobrar vida cuando las profundizas, aportándote sabiduría y formando parte de tu propio ser, completándote. Me hizo gracia pensar que uno de los humanistas más prolíficos y polifacéticos de los siglos XV-XVI, adquiriese su fama a través de un elogio a la sempiterna Estupidez humana… ¿Qué paradójico, verdad?

Esta oda a la Estupidez intenta acallar las voces pensantes de sabios abotargados por el saber, charlatanes de taberna que intentan parecer resabidos sobre la vida a la cual temen y respetan, es dedicada a aquellos oradores tediosos que escuchan más a su ego que a la verdadera transmisión de enseñanzas, también para los sofistas incansables que hablan más que actúan y para las personas que se oxidan el alma sin haber empezado tan siquiera a vivir. Para todos ellos tiene una clara y nívea respuesta: la Estupidez es unión de toda la sociedad humana, es la verdadera guía a la sabiduría y es la razón de que la vida humana sea tolerable. ¿Qué contrariedad, no creéis? De la Estupidez a la Eternidad.

No obstante, cuando entra en escena la Estupidez o la Moría en griego, el público se relaja, no es un tema puramente académico y tosco y nuestro ceño ya no está fruncido, nuestros músculos se relajan, nuestra mente, se abre. Es más y siguiendo las directrices de Erasmo, dejo de hablar yo para que hable la Estupidez, atentos: Diga lo que diga de mí el común de los mortales-y no se me escapa la mala fama que la estupidez tiene incluso entre los más estúpidos-yo aquí presente soy la única que con mi duende alegro a dioses y a humanos, lo demuestra con creces la prueba siguiente: en cuanto he salido a hablar ante tan concurridísima reunión, los rostros de todos se han iluminado con un insólito regocijo, tan de pronto os habéis relajado y habéis aplaudido con risa alegre y cordial, aunque debo añadir que me parecéis todos, como diría Homero, borrachos de néctar no sin algo de nepente. Cuando hasta hace un momento permanecíais en vuestros asientos tristes y preocupados, ahora esa tristeza se fue y estáis calmados.

Todo parece más fácil así. La ignorancia que intenta hacernos ver Erasmo nos parece atractiva, incluso imperecedera debido a que bautiza a la Estupidez como aderezo para la vida, siéndose más feliz formando parte del gran rebaño de estúpidos y despreocupados. ¿Acaso no veis cuán hastiados están los sabios, pensadores y académicos? Saben tanto de la verdadera vida y sus submundos que no ven atisbos de felicidad alguna, se han vuelto cerrados cual molusco y las líneas de expresión de sus rostros no albergan sino tristeza y desazón; olvidaron como era reír y dejarse llevar por lo absurdo. Aquel que es ignorante y feliz siempre alegrará a sus amigos, sabrás que mediante su estulticia reconocida él siempre estará alegre, demostrando una jovialidad infinita ante los muros que la vida presenta.

Erasmo, fino intelectual y perseverado humanista, escribió esta obra como una vía de escape para su mente, hastiado hasta la médula de la pomposidad intelectual de su tiempo-¿acaso hemos cambiado en algo?-, decidió relajarse, alejarse de la vida tediosa de scriptorium para escribir la obra que le iba a dar una gran fama póstuma que él decía que no merecía. Llegados a este punto, ¿Por qué no nos aplicamos la lección que nos brinda Erasmo? En un mundo como el actual, donde la competitividad nos hace estar siempre en guardia primando incluso sobre la amistad o la jovialidad; ese constante luchar por destacar intenta alejarnos de un individualismo decimonónico y preestablecido pero es todo lo contrario, nos aleja de los demás seres humanos. Erasmo nos propone un pequeño halo de luz para disipar las brumas, pararnos a pensar un poco en lo que de verdad nos hace felices. No es dar la espalda a la sociedad y hacernos ermitaños con nosotros mismos y nuestras cavilaciones, sino más bien hacer una pausa en nuestras ajetreadas vidas para reírnos de nosotros mismos y nuestro alrededor.

Estulticia, moría, estupidez, locura, enajenación transitoria de la realidad… llamémoslo como gustemos, tal cual nos plazca, pero debemos reconocer que nos relaja y encandila el formar parte de ese todo que es la Estupidez, sobre todo cuando la podemos compartir con nuestro círculo de amistades tomando un refrescante zumo de cebada para divagar sobre las locuras de la vida. ¿Veis? Es mucho más sano y edificante y lo más curioso de esto, desde una perspectiva erasmista, es que el trabajo arduo de sapiencia y curtimiento de nuestro ethos o si somos más inclinados al estoicismo Marco Aureliano, principio rector, se edifica nuestro ser y nuestra mente tanto poniendo codos, como empinando el codo; porque uno no es más feliz por darse al estudio empedernidamente sin combinarlo con razonadas charlas amigables aderezadas con el dulce néctar del sempiternamente feliz, Baco. Estudio y Locura no son excluyentes, es más, se complementan y son necesarios para crear una mente razonable y abierta.

Jordaens_King_Drinks

Jacob Jordaens, El Rey Bebe, 1640.

 

La Diosa Estulticia, como la bautizó Erasmo, reina sobre todas las cosas, medrando en todos los niveles de control del hombre, tanto en los ámbitos públicos como en los privados. Empero, no debemos llevarnos a error, habiendo una diferencia abismal entre aquellos que sorben con cuidado el delicado elixir de la Moría y aquellos que se ríen y jactan de cualquier hecho de la vida; existiendo una calificación para ellos y no es más que el despectivo necios o estólidos para encuadrarlos y alejarlos de nosotros, ya que la preconcepción adulterada y rosada de la vida es algo insano para el alma, maliciosamente dulce para tener una clara visión de las cosas.

No obstante, ¿Por qué nos resulta atractiva la Locura? ¿Por qué nos entregaríamos a ella sin dudarlo? El poder huir momentáneamente de la realidad del día a día, en ocasiones feroz, nos hace olvidar realmente quiénes somos, destronando a nuestro yo jolgorioso y amigable para hacer salir de la crisálida a una mariposa seria y cansada. El ascetismo como principio rector amarga el existir, bloquea le felicidad, priva de lo mejor y más bonito de la existencia: el amor de la locura transitoria entre amigos, entre desconocidos, entre amantes e incluso bandidos, como rezaría aquella canción de cuyo nombre no quiero acordarme.

Un gran amigo de Erasmo, Tomás Moro, casó intelectualmente hablando con el estudioso holandés a través de un caso muy singular que se nos deja entrever en su obra Utopía; una Isla de la Felicidad donde todo es resuelto con el sentido común y la racionalidad más absoluta: sin clases sociales, donde las jerarquías no están presentes haciendo prosperar a los habitantes de la misma, siendo una suerte de catalizador para cortar de raíz las ganas de acaparar poder. Obviamente, el título de la obra de Moro, Utopía, es una sinopsis y encuadre perfecto de la Isla de la Felicidad pero todos sabemos que su existencia es completamente imposible empíricamente hablando, pero ¿y si nuestra Isla de la Felicidad está en nuestra mente y alma? Para afrontar en ocasiones nuestros problemas más acuciantes necesitamos tener el que he bautizado como “cajón de sastre del buen hombre sabio”, que no es más que un lugar creado por nosotros y para nosotros para que, en momentos de decadencia social y decrepitud interior podamos tener un refugio particular para hablar con nosotros mismos y sentirnos escuchados, porque para quién no lo sepa o no quiera verlo, el individuo con el que pasas toda tu vida eres tú; y si tú mismo no te comprendes y apoyas, amigo mío, debes preguntarte: ¿Qué es lo que rige mi vida? ¿Simplemente me dejo mecer por el viento cambiante de la existencia sin ir a ningún sitio? Como diría Marco Aurelio, una persona íntegra no debe ser ni un actor melodramático ni una prostituta libertaria, en el punto medio está la perfección, recordad: ni actor trágico ni prostituta.

Ya he divagado suficiente, ahora le vuelvo a ceder la palabra a la Estupidez. ¿Qué necesidad había de decir siquiera esto? Como si de mi gesto y mi frente no quedase lo bastante claro quién soy, o como si, en caso de que alguien mantuviera que soy Minverva o la Sabiduría, no pudiera rebatírsele al punto con una sola mirada-incluso sin que nadie medie plática alguna- que es espejo muy sincero del alma. En mí no hay un lugar para afeites, ni finjo con el rostro una cosa y escondo otra en el corazón. Soy en todos los sentidos absolutamente auténtica, hasta el punto de que no pueden enmascararme ni los que reclaman para sí el disfraz y el título de la sabiduría y se pasean como monas vestidas de púrpura y asnos con piel de león.

Se empeña en seguir, dejemos que termine: veo que estáis esperando una conclusión. Pues estáis tontos de remate si creéis que aún recuerdo lo que he dicho-La Estupidez-, después de todo el batiburrillo de palabras que acabo de soltar. Reza un dicho antiguo: “Detesto al invitado que tiene buena memoria”, este dicho es nuevo: “Detesto al lector que tiene buena memoria”. Así que, ¡Qué os vaya bien! ¡Aplaudid, vivid y bebed, distinguidos discípulos de la Estupidez!

Recordad: a menudo incluso un loco dice algo acertado.

 

 

En Colaboración con QAH| Mundo Histórico.

Vía| Rotterdam, Erasmo. Elogio a la Estupidez, Akal, Barcelona, 2008.

Imágen| El rey Bebe.

En QAH: La percepción de la vida a través de Rembrandt, ¿Historia? Historia eres tú.

 

 

 

RELACIONADOS