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¡Pobre Calvin!

Las viñetas que pueblan los periódicos y revistas nos ilustran porciones de universo que a veces hacen reír, otras nos conmocionan o sorprenden porque nos hablan de nosotros mismos. Personajes como Carlitos, Snoopy, Mafalda o Calvin, son ya clásicos de una forma de ver el mundo y nos han acompañado durante años.

Yo he disfrutado mucho con Calvin y su tigre de peluche/vivo Hobbes. En estas viñetas los padres, que basculan entre la paciencia y la crispación, y una maestra ajena por completo al mundo interior del niño, retratan con gran lucidez y mucho humor un pequeño universo que quizá podríamos llamar post-moderno.

Calvin nos hace reír por su imaginación desbordada de historias fantásticas, amante de las películas violentas, sin hermanos y al parecer sin amigos, dice preferir un dólar a un abrazo de su madre. Por supuesto, su mayor ambición es ser rico y trabajar poco. Calvin, sin embargo, tiene “otro yo”, que es ese tigre de peluche con un gran sentido común, y que aparece como su único verdadero interlocutor.

Tiburones de nieve

Calvin nos hace reír por su imaginación desbordada de historias fantásticas, amante de las películas violentas, sin hermanos y al parecer sin amigos, dice preferir un dólar a un abrazo de su madre.

 

A Calvin parece no faltarle nada. Sin embargo, hace poco creo que comprendí por qué este pequeño -tan parecido a muchos niños de verdad- huye constantemente a mundos no existentes. Sus padres aparecen en el dibujo hablando de él, que ha hecho un estropicio en la casa y que saldrá carísimo. La joven madre aboga por el muchachito  y hace una pregunta que puede parecer inocua: “¿No te arrepentirás de haber tenido a Calvin, verdad?” El marido le responde con la misma pregunta: “¿Y tú?” Ella escapa: “Yo pregunté primero”. Ninguno de los dos se atreve a decir que no se arrepiente de haber tenido precisamente a ese hijo…

De esta viñeta no he podido reírme. Expresa demasiado bien el drama de tantos niños y niñas que no han escuchado de sus padres que están contentos con ellos, tal como son. Escuchemos lo que podría decir Calvin, el pobre Calvin, y con él tantos pequeños verdaderos, de carne y hueso:

“Una vez que mis padres decidieron tener un hijo, lo deseaban perfecto. Ellos se creen muy valiosos y esperaban unos hijos iguales o mejores que ellos mismos. ¿Y qué ocurre? Que les sale un hijo concreto que quizás empieza por ser del sexo contrario al que deseaban. Y con otros valores. Ellos se sienten tantas veces desilusionados conmigo… ¡Querían un hijo! pero no a mí. A mí también me gustaría oír de mis padres que están contentos conmigo tal como soy. Que no me cambiarían por ningún otro posible. Que no sólo me soportan porque vine, sino que me aceptan con alegría precisamente por ser quien soy.”

Viñeta Calvin

“A mí también me gustaría oír de mis padres que están contentos conmigo tal como soy. Que no me cambiarían por ningún otro posible. Que no sólo me soportan porque vine, sino que me aceptan con alegría precisamente por ser quien soy” – Calvin.

 

Si Calvin, si cada niño escuchara de sus padres -dichas de verdad y de corazón- estas palabras, seguramente no tendría que huir a mundos inexistentes donde -al menos en la imaginación- es el protagonista que no consigue ser ante sí mismo y ante aquellos que le engendraron.

Vía| Leticia Soberón, dontkonw.net

Imagen| Tirburones de nieve, Cena de Calvin con sus padres, Calvin y Hobbes wargames

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