Coaching y Desarrollo Personal 


Personas


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A veces me sorprende la influencia que tienen en mí las personas que me rodean. Y ni siquiera las más cercanas, con las que convivo cada día; aquellas que están presentes en mi vida de una manera mucho más lejana e incluso quienes ni siquiera forman parte de ella, son a veces capaces de cambiar mi estado de ánimo.

Hace unos días, muy temprano, alguien me dio unos buenos días de esos que te hacen sonreír y pensar que por muy temprano que sea y por mucho que te cueste hacer lo que sea que estés haciendo, hay cosas por las que merece la pena seguir dando los buenos días con una sonrisa a alguien de quien ni siquiera sabes su nombre. Esta mujer, que me da los buenos días casi todas las mañanas sin saber mi nombre pero con la misma energía aún cuando casi no ha salido el sol, tiene tal influencia en mí, que me ha hecho reflexionar y estar hoy aquí escribiendo estas líneas.

Tampoco hace mucho tiempo,  temprano en una calle cualquiera, un hombre cuyo rostro no recuerdo y probablemente no vaya a volver a ver nunca más, también me hizo sonreír. Me crucé con él por la calle, él salía de comprar la prensa, yo aparcaba mi coche. No estaba ni muy lejos ni muy cerca de mí, y no puedo asegurar que fuera siquiera consciente de mi presencia allí, pero el caso es que el hombre comenzó a canturrear una canción cualquiera de manera alegre y convencida. Ni muy alto ni muy bajo, sin estridencias. El hombre, simplemente canturreaba felizmente para sí mismo. Y yo le escuché y le vi tan a gusto, tan contento de estar cantando con su periódico bajo el brazo, que me hizo sonreír y pensar que se puede estar contento en cualquier momento, por cualquier razón. Y que además, se puede expresar de cualquier manera. Cantando, saltando, silbando.

Me ocurre también al contrario. Hay personas que consiguen enfadarme, entristecerme, absorber mi energía. Un mal gesto o una mala contestación, pueden convertir en malo cualquier día. Casi sin enterarnos, de un minuto para el siguiente. Sin parpadear.

¿Hasta qué punto dependemos de las personas que nos rodean? Nunca podremos elegir quiénes son aquellos con los que nos cruzamos un día al comprar el pan. Ni quiénes son nuestros compañeros en la mesa de al lado de la oficina. Pero sí podemos elegir quiénes realmente deben importarnos. Quiénes siempre, queramos o no, influirán en nosotros. Porque si alguien que apenas conozco o cuya cara soy incapaz de recordar tiene la capacidad de hacer que mis días sean mejores o peores, imaginad la capacidad de influencia que tendrán aquellas que realmente me importan. Por eso la conclusión de estas líneas es pediros que elijáis bien a quienes os rodean. Elegid bien a las personas que podéis elegir. Aquellas que si pueden, harán que vuestros días siempre tengan motivos para sonreír. Y lo harán. Podéis estar seguros. No permitáis que la gente que os importa os haga daño. No permitáis que os hagan llorar quienes deben haceros reír. Elegid para que sean importantes a aquellas personas que os hagan ser mejores.

Personas, sí. Probablemente lo más importante que tenemos. Lo mejor que nos puede pasar casi siempre es una persona. Lo que más nos importa en la vida suele ser una persona. A quien más puedes llegar a querer. A quien más puedes odiar. Quienes nos hacen reír y quienes más nos hacen sufrir. Quienes nos abrazan, nos curan, nos escuchan, nos hacen aprender. Quienes nos demuestran todo lo que somos capaces de hacer. Todo lo que nos enseña a vivir viene, casi siempre, de la mano de una persona. Así que, cuidad a las personas que tenéis cerca y os hacen estar bien. Disfrutad de ellas. Abrazadlas, queredlas. No las dejéis escapar. Aprovechad cada momento y no permitáis que nunca, una persona que os importa, os haga sufrir en vez de reír

 

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