Historia 


Peripecias en la Sixtina

Los  grandes espíritus siempre han estado condenados a la incomprensión. Podríamos pensar que sus extravagancias son de menos calado por tener que mantener una fama, pero no es así. Las peculiaridades son más peculiaridades al contenerlas un personaje universal. Nuestras necedades no sobrepasan las paredes hogareñas, sus particularidades colman los rincones del orbe.

Algunos artistas han tenido a lo largo de la historia el capricho de no dejar ver el proceso de su creación artística. Cuando se prohíbe la entrada a un recinto, se niega el acceso a todo el mundo, el Papa inclusive. Fijaremos nuestra escrutadora mirada sobre la Capilla Sixtina. Hoy quitaremos el polvo al divertido capítulo que unió al egregio Miguel Ángel Buonarroti y al aguerrido Giuliano della Rovere, mucho más conocido como Julio II.

Retrato de M. Ángel en 1535.

El Pontífice, enfrascado en sus luchas regionales italianas, no descuidó el arte en ningún momento. La eterna construcción de San Pedro no impidió otros proyectos en las sagradas inmediaciones. Su próximo mecenazgo recayó sobre una inacabada obra de su querido tío, Sixto IV. Concretamente el techo. Dicha parte, estaba sumida en una decadencia impropia del citado sitio. Si bien, las zonas parietales inferiores disfrutaban de las pinceladas más eminentes de Italia (Signorelli, Boticelli, Perugino).

Durante el frío marzo de 1508 se acordó entre el florentino y el sucesor de Pedro embellecer el techo sixtino. Con alguna queja de más por parte del consagrado artista. Para Buonarroti la escultura era su verdadera profesión. Es más, en aquellos días, trabajaba jubilosamente en la tumba de Julio II, otro magno proyecto.

Sus grandes obras habían sido de escultura (Piedad, David, Baco), el encargo pues, no daba el entusiasmo inicial que pudieran tener las empresas escultóricas. Sin embargo, aceptó la aventura de colorear a 21 metros de altura. A pesar de no tener especial predilección por el arte de la pintura, ambicionó Miguel Ángel sobrepasar a los demás artistas del aposento.

Se rodeó de un conjunto de conocidos para engendrar la creación, pero el nivel de sus acompañantes distaba mucho de su genio. Una mañana, antes de llegar su tropa de ayudantes cambió el curso de los acontecimiento. Contemplando los primeros trazos de pintura, los destruyó. El último gran maestro del Renacimiento italiano no veía resultados satisfactorios en aquellas pinceladas. Decidió trabajar solo, clausurando la Sixtina, como en tiempos de cónclave.

Julio II en 1512, por Rafael Sanzio

Aquí es donde el episodio cobra un sentido un tanto irónico. El Papa Julio era muy intrometido con sus obras patrocinadas. Siempre curioso, siempre expectante, le apetecía comprobar el progreso de su bóveda. No obstante, tampoco él podía acceder a la sagrada sala.

Bien enterado de los deseos papales, Miguel Ángel entregó a un peón las llaves de la Capilla Sixtina, simuló abandonar Roma unos días, para cobrar fuerzas. La realidad era distinta. El florentino se encerró en la sala donde trabajaba, sin perder un minuto.

La salida del artista fue el momento idóneo para que los sirvientes avisaran a Julio. Era el momento de entrar. Una vez el séquito papal estuvo delante la puerta, el Pontífice fue el primero en cruzar la entrada. A los dos pasos empezaron a lloverle tablas. Buonarroti precipitó, desde su andamio, algunos objetos de la obra.

Della Rovere entró en erupción, masculló insultos que resonaron por toda la capilla. Miguel Ángel, ante el panorama creado, se largó por una ventana. Inició camino a Florencia. No quería volver a Roma. El Papa estaba molesto, él mucho más. Con tal desasosiego no se podía trabajar.

Piero Soderini, prohombre de Florencia, puso en contacto al descontento humanista con el Pontífice. Mandó al autor de media Capilla Sixtina a Roma, en calidad de embajador. Además, de estar bajo el resguardo del cardenal Volterra, su apreciado hermano.

Jonás en la Sixtina

Volterra estuvo toda la mañana destemplado y al llegar Miguel Ángel no pudo recibirlo. Así pues, la faena recayó en manos de un obispo auxiliar. Asignada su función, condujo al artista frente a Su Santidad. Julio fue interrumpido mientras meditaba por los jardines del Vaticano, apoyado en su báculo.

El obispo, presentó a Miguel Ángel, de parte de los eminentes hermanos. Añadió al final de su presentación una súplica poco decorosa, pidiendo el perdón del artista por su ignorancia. La rigidez se adueñó del rostro papal. Sorprendido por las pretensiosas palabras del obispo, al mismo tiempo que golpeaba al prelado con su báculo, le espetó: “ignorante lo serás tú”. Seguidamente, con la otra mano, bendijo a Miguel Ángel.

Desde aquél día no hubo mas chispas entre los dos grandes personajes del momento. El Papa se esmeró en sus maneras. Protegió la amistad del artista hasta el final de sus días. Buonarroti por su parte también apaciguó su carácter, estrechando vínculos con su mecenas. Aún le quedaban muchas obras que realizar al florentino, pero sin duda, ya tenía un sitio reservado en la historia.

 

Vía| VASARI, G. Vida de Miguel Ángel Buonarroti, Acantilado, Barcelona, 2007.

Imágenes| Retrato de M. ÁngelJulio IIJonás en la Sixtina

En QAH| Los amores de Miguel Ángel; El Papa Julio II y Miguel Ángel, una relación complicada; ¿Qué nos cuenta la Capilla Sixtina?

 

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