Cultura y Sociedad, Patrimonio 


Paul Gauguin, más allá de lo erótico

Autorretrato con paleta. Paul Gauguin. 1893. Colección privada.

Autorretrato con paleta. Paul Gauguin. 1893. Colección privada.

Arrogante, cínico, egocéntrico y borracho egoísta. Energúmeno que abandonó a su familia para difundir la sífilis por los mares del Extremo Oriente. Rival de sus escasos amigos y vanidoso frente a sus maestros. Pero, ¿qué hubiera sido de la Historia de la Pintura sin Gauguin?

La historiografía del arte ha tendido siempre a valorar el trabajo del pintor francés y a desacreditar a la persona que se encontraba tras este. Y es que, su largo acopio de enfermedades venéreas, sus conveniencias políticas y sus continuos altercados con Van Gogh, aún hoy lo preceden. Sin embargo, ¿fue realmente la existencia de Gauguin tan absolutamente interesada? ¿Fueron sus viajes en busca de la inspiración solo la excusa para desligarse de toda responsabilidad occidental y seducir a jóvenes indígenas? Aunque buena parte de estas acusaciones son correctas, sería muy injusto contestar que sí a todo eso.

Gauguin fue valiente como pocos, no solo en lo artístico, –donde desafió la adherencia estricta al naturalismo de los impresionistas-, sino también en lo vital. Se necesita mucho valor para renunciar a la acomodada vida de un corredor de bolsa con el fin de unirse al impresionismo y, más aún, para no desistir en su empeño artístico una vez que este grupo lo rechazara.

La andadura de Gauguin es larga, sugerente y desafortunada. Tras la enemistad con el círculo parisino de Monet, marcha a Bretaña, donde inicia su etapa posimpresionista. Con temas solo inspirados parcialmente en la vida real y un agitado cromatismo alegórico, comienza a sentar las bases del que será su propio estilo, ciertamente simbolista, que inspirará a fauves y surrealistas. El francés estaba entonces preparado para desarrollar su estética, osada y fresca, pero sentía que la ruptura con todo lo anterior aún no era suficiente. Para él, el verdadero cambio, la auténtica revolución, debía producirse tanto en el plano artístico como en el personal. ¿Y qué puede haber más opuesto a la Francia capitalista e industrial que las exóticas islas del Sudeste Asiático?

En 1891 embarca hacia Tahití.

“Me voy para encontrar la paz, para librarme de la influencia de la civilización. Solo quiero crear un arte que sea sencillo, muy sencillo. Solo quiero ver salvajes, vivir con ellos, sin más preocupación que sacar a la luz, como un muchacho, lo que mi mente conciba”. 

Paul Gauguin. El espíritu de los muertos vigila. 1892. Museo Albright-Knox, Búfalo.

Paul Gauguin. El espíritu de los muertos vigila. 1892. Museo Albright-Knox, Búfalo.

Y así fue. Inmerso en tal renovación espiritual y rodeado de la naturaleza en su estado más puro, Gauguin encuentra su talismán y fetiche artístico. Casi de inmediato y fascinado, el artista comienza a retratar lo que ve. La joven tahitiana, con el exotismo de sus ropas y labores primitivas, se convierte en el tema principal de su pintura, consiguiendo dotarla de un erotismo casi místico. Este tipo de escenas son probablemente las más conocidas del pintor, -así como las favoritas de aquellos que lo tachan de inmoral-, pero no constituyen, ni por asomo, los únicas obras que Gauguin realiza en la Polinesia Francesa. Al artista le interesaba sobremanera narrar el modo de vida prehistórico, liberado de la superficialidad del mundo moderno. Los rituales religiosos y las deidades primitivas protagonizan muchas de sus pinturas de esta etapa, en un intento por transmitir el sentido que la existencia tiene para los indígenas. De igual modo, el francés encuentra una belleza excepcional en las actividades diarias de esta cultura, colmadas de modestia, espontaneidad y paz.

Si en un primer momento el punto de vista del autor sobre el ambiente tahitiano puede pecar de “foráneo” -o “colonizador”, como otros han querido calificarlo-, esta es una actitud que claramente desaparece con el paso del tiempo. En pocos meses, nada quedaba del Gauguin que desembarcó en en las islas, aquel altanero pintor que traía, asumida del colonialismo europeo, cierta superioridad paternalista. Una vez abandonada esta postura inicial, sus obras comienzan a transmitir una profunda admiración y respeto. Así, escenas religiosas y cotidianas cargadas de sencillez y felicidad, -que aún hoy pueden observarse en esta zona del mundo-, hacen parecer muy pobres a los desarrollados y modernos países de Occidente.

De dónde venimos, quiénes somos, hacia dónde vamos. Paul Gauguin. 1898. Museo de Bellas Artes, Boston.

De dónde venimos, quiénes somos, hacia dónde vamos. Paul Gauguin. 1898. Museo de Bellas Artes, Boston.

 

Vía| CASO, ÁNGELES. Gauguin: el alma de un salvaje. Barcelona, 2012.

Más información| Gauguin en Los Trópicos

Imagen| Autorretratodesnudodeidad

En QAH| El exotismo de Gauguin ilumina el Thyssen de Madrid

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