Patrimonio 


Un paseo por el San Petersburgo de la Rusia Imperial

La caída de la monarquía rusa en 1917 y el asesinato de Nicolás II y su familia un año después supuso el fin de la Rusia Imperial y el nacimiento de una leyenda, protagonizada por la gran duquesa Anastasia Nikoláyevna, hija de Nicolás, que rodea los últimos años de la desaparecida familia real. El ocaso de la última gran dinastía que había ocupado el trono ruso, los Románov, dio paso a la instauración del régimen leninista y a la creación de la república. Hoy, Rusia continúa siendo republicana y el gobierno comunista ha ido desembocando gradualmente en un sistema político ligeramente más aperturista. A pesar de ello, la huella de la Rusia Imperial sigue viva, cien años después de su caída, en San Petersburgo, capital del imperio desde 1703 hasta 1918. 

Fortaleza de San Pedro y San Pablo

La ciudad fue fundada en 1703 por Pedro el Grande, que quería alejarse de la conservadora Moscú. A lo largo de su historia, San Petersburgo ha sufrido dos cambios de nombre motivados por los bandazos políticos que sufrió el país (fue renombrada como Petrogrado en 1914 y como Leningrado en 1924) hasta que recuperó su denominación original en 1991. A pesar del tiempo transcurrido, la ciudad mantiene vivo el recuerdo de la época de zares y emperadores en iglesias, palacios, catedrales y museos.

Tumbas de emperadores en la Fortaleza de San Pedro y San Pablo

Una parada obligatoria en la antigua capital es la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, en cuyo interior están enterrados la inmensa mayoría de emperadores rusos desde Pedro el Grande. Cuando en 1989 se abrió la tumba de la familia Románov, que fue hallada en 1979 en el bosque de Koptiakí, los restos de Nicolás, su esposa Alejandra y sus hijas Olga, María y Tatiana fueron identificados y enterrados en un panteón dentro de la fortaleza. Alexéi y Anastasia, hijos y hermanos de los anteriores, respectivamente, se les unieron en 2007, año en el que sus restos fueron encontrados. Además de ellos, la última en recibir sepultura en el templo fue María Fiódorovna, madre de Nicolás, en 2006.

Otro de los enclaves fundamentales de San Petersburgo es la Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, un santuario de estética típicamente rusa cuyas coloridas cúpulas fueron edificadas en el mismo lugar en el que fue asesinado el zar Alejandro II en 1881. El monarca fue sorprendido por la bomba que arrojó un joven revolucionario cuando se dirigía a la catedral de San Isaac, otro de los templos esenciales de la ciudad, que fue convertido en museo en 1931. Completa el podio de santuarios la catedral de Kazán, erigida en 1800 por Pablo I y consagrada a la Virgen de Kazán, muy venerada en Rusia.

Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada

Fachada principal del Museo del Hermitage

Y, si hay un punto emblemático en San Petersburgo que albergue el recuerdo más vívido del periodo imperial, ese es el Museo del Hermitage. El que fuera palacio de invierno de la familia real guarda en su interior la inmensa colección de arte reunida por Catalina la Grande. Además de las valiosas piezas que pueden admirarse en sus salas, el Hermitage también dispone de un amplísimo muestrario de joyería y vestuario perteneciente a la realeza. Uno de los atractivos más singulares del museo es la conservación de una ventana en el estudio de la emperatriz Alejandra con una inscripción grabada por la propia esposa del zar. El cristal reza ”Nicky 1902 looking at the hussars 7 March”. Era habitual que las princesas escribieran mensajes con punta de diamante en las ventanas. Lamentablemente, la mayoría de los cristales estallaron durante la Revolución Rusa y los escritos se perdieron.

Otro palacio, el Shuvalov, es el entorno privilegiado en el que se encuentra el Museo Fabergé. Allí se exponen los célebres huevos de Fabergé, creados por el joyero ruso Peter Carl Fabergé para Alejandro III y Nicolás II, los dos últimos emperadores de Rusia. Entre los huevos hay una pieza, regalo de Alejandra para Nicolás, de la que se extrae un soporte que contiene tres pequeñas miniaturas: los retratos del propio zar y de sus hijas Olga y Tatiana.

Vista central del Palacio de Peterhof

Cerramos el recorrido con una parada algo alejada de la ciudad: el Palacio de Peterhof, a una treintena de kilómetros de San Petersburgo. Fue la residencia de los zares hasta 1917 y en él nacieron, entre otros, las grandes duquesas Tatiana y Anastasia y el zarévich Alekséi. Desde los jardines del palacio, que recuerdan al Versalles parisino, se puede ver la isla rusa de Kotlin. Abierto al público de forma completa desde 1964, es uno de los últimos vestigios de la Rusia Imperial y el único palacio, junto al Hermitage, que fue testigo de la vida de los últimos miembros de una dinastía desaparecida hace ya un siglo.
Vía| Viaje de la autora a San Petersburgo

Más información| Museo Fabergé , Museo del Hermitage

Imagen| Fotografías de la autora

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