Opinión 


Pamplona: comunión con la tradición

El mes de julio de cada año, desde hace muchos años, nos trae con renovadas energías dos eventos de la máxima popularidad: los encierros de Pamplona y el Tour de Francia, que un día juntara nuestro magnífico y entrañable Indurain.

Cuando después de años de cultivar a distancia el interés por la mítica fiesta navarra, el aficionado recala en Pamplona, lo primero que se encuentra es con excepcionales reportajes periodísticos a todo color del encierro del día anterior. Es tal la exuberancia fotográfica que, siendo sin duda realista, no deja nunca de parecer mágica, sobre todo en las fotos de primer plano que todos los días, gracias a la particular destreza de los fotógrafos, componen los periódicos de la ciudad.

Le sigue luego, después de cenar en alguno de los excelentes restaurantes de la ciudad o sus alrededores, un obligado paseo por el recorrido del encierro, desde la Cuesta de Santo Domingo, pasando por la plaza del Ayuntamiento, hasta la plaza de toros. A la mañana siguiente, muy temprano, si uno merodea por las calles que recorrerá el encierro, observa con sorpresa que todo lo que la noche anterior era suciedad y desorden ha trocado en orden y limpieza exquisita. Las calles se cierran en sus accesos, se barren y, por último, se limpian con máquinas al hombro ¡hasta de polvo!

toro sanfermines

Los minutos que preceden el encierro son más bien solemnes. Los borrachos, si los hay, no aparecen; el ambiente se encuentra dominado por gentes, la mayoría de la región, con semblante serio, como preocupados por dar cumplimiento al rito de acompañar a los toros por una parte del recorrido.

Los buenos corredores permanecen solos y concentrados en algún lugar del recorrido que por tradición siempre repiten; con un periódico doblado en la mano y pendientes de la llegada de la manada.

El momento de incorporarse al encierro, el temple del acercamiento, la increíble colocación al hilo de los pitones del toro elegido, el ritmo del paso de los toros y el mantenimiento milagroso de la corta distancia entre los cuernos y el cuerpo del corredor; y, por fin, el abandono, suave, como sin molestar —por agotamiento físico— de un espacio que enseguida ocupará otro corredor; todo ello constituye una experiencia de una densidad inusitada.

Es difícil percibir más riqueza de sensaciones en menos tiempo; expresión en última instancia de las vivencias de tantos corredores anónimos silenciosos que, como los penitentes de las procesiones de Semana Santa, una vez al año llevan a cabo una especie de hermosa comunión con la tradición.

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Imagenes| Foto portada y toro

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