Reflexiones 


Palabras teñidas de odio: el fenómeno en internet

Las nuevas tecnologías han cambiado el mundo en los últimos años. Es indudable que han contribuido a hacernos las cosas más fáciles en muchos aspectos y no se puede negar que el acceso a la información se ha hecho universal. Ahora bien, este uso masivo también presenta unos claroscuros que, en ocasiones, dejan entrever algunas miserias del ser humano. Sólo hay que asomarse a los comentarios de las noticias en un periódico digital para comprobar cómo lo más abyecto aflora en comentarios anónimos parapetados bajo pseudónimos con arroba. El odio y el desprecio desacreditan a la persona que los escribe pero ponen en entredicho, dada la cantidad de los mismos, la bondad y el buen corazón que se supone hay detrás de una sociedad moderna.

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Palabras teñidas de odio

Da igual que la publicación sea generalista, sobre deportes o de crónicas mundanas, siempre surge el debate de besugos entre los que inyectan apelativos duros en una redacción repleta de faltas de ortografía y los que responden aireados con otra artillería trufada de insultos y espumarajos. Parece como si se tratase de destruir a alguien o a algo a base de una borrachera de improperios sin fin que intentan justificar que el supuesto oponente está de más en este mundo. Es cierto que el dardo en la palabra se envenena en estos casos hasta límites inimaginables, y nada haría pensar que esas mismas personas podrían estar detrás de la aparente armonía de quienes pasean por la orilla de una playa.

No sé si es una cuestión de aburrimiento, de intentar llenar un rato de ocio detrás de la pantalla de un ordenador, o tal vez de liberar de alguna manera una carga de represión insatisfecha. Se dice que esa gente no representa a la mayoría pero cada vez estoy más convencido que sí que lo hace en buena medida. A menudo vemos la violencia de algunos aficionados en los campos de fútbol o en una manifestación donde se destroza el mobiliario o se pide que se mate a tal o cual político y cómo posteriormente hay quien, sin llegar a justificarlo del todo, faltaría más, bucea en el imaginario más profundo para encontrar alguna razón que lo explique.

Hace tiempo que huyo de los debates televisivos, sobre todo si son de política o de fútbol. Ya sé lo que va a decir cada tertuliano antes de empezar, porque no se trata de argumentar ordenadamente sino de comprobar hasta dónde se es capaz de llegar, qué barbaridad va a soltar y cuál va a ser la reacción de su oponente. Entonces una descarga de adrenalina salta hasta el auditorio que esté en ese estudio, o directamente al otro lado de la pantalla, para agitar las fibras sensibles que llevamos dentro. Todo ello hace gestar  la indignación, la rabia, el odio y finalmente la ira, para que de alguna manera se tomen cartas en el asunto y se haga notar cuál es nuestra postura ante tal o cual problema. La espiral de violencia verbal no siempre atraviesa el umbral de los hechos y con frecuencia se queda sumergida en el olvido que la vorágine de la actualidad  aplasta sin piedad, pero se retroalimenta con nuevas polémicas adecuadamente nutridas desde diferentes trincheras de tensión.

Me asusta el ser humano, ese hombre que se transforma en lobo para los demás hombres;  sólo hay que echar un vistazo a la historia para comprobar cómo de brutales y sanguinarios podemos llegar a ser. Por eso entiendo que hay que tender puentes antes que pensar en dinamitarlos y que es necesario comunicarse con amabilidad porque no cuesta nada. Nuestros colores, ya sean los que apoyamos en un campo de fútbol o por los que afortunadamente ahora podemos votar en unas elecciones libres, sólo son una parte del arco iris que se despliega después de la lluvia. Ni la bondad ni la maldad son patrimonio de ninguna tonalidad, sólo que la combinación de intensidades y brillos los hacen más próximos o más lejanos a nuestros gustos y deseos; no emborronemos el cuadro de la convivencia destruyendo la paleta del pintor porque entonces no encontraremos ni pincel ni lienzo con los que reflejar la belleza del mundo que nos rodea.

Imagen| Julián Cano Villanueva

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