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Paisajes inciertos

Fotografía de Hans Haacke para la exposición  Castillos en el Aire

Fotografía de Hans Haacke para la exposición Castillos en el Aire

 

Naves industriales obsoletas, grúas abandonadas, carteles inmobiliarios descoloridos, solares vacíos, esqueletos de hormigón inacabados, forman parte de la imagen fantasmagórica de las periferias de nuestras ciudades y pueblos, congelados en un tiempo que ya no será y que sólo formula preguntas. Estos paisajes cuentan un relato en el que a la vez que se modifica la relación de las sociedades con su medio más próximo, se alteran las relaciones económicas y sociales.

Son los paisajes inciertos, fruto de un proceso acelerado y en gran medida desplanificado de crecimiento urbano, basado en la fe en el progreso (económico) ilimitado y sustentado en el desarrollo de la tecnología y las telecomunicaciones.

En base a esto, se inicia en los 60’ el fenómeno de expansión y crecimiento de nuestras ciudades ligado a la aparición del automóvil –con el beneficio de la industria petrolífera- que muchos teóricos vienen definiendo con expresiones como metástasis (2000. Naredo), Postmetrópolis (2000. E. Soja) ó Ciudad Informacional (2oo1. Castells).

En España, este proceso se acelera a partir de los años 90 en el que se liberaliza el suelo y se  introduce un matiz nuevo en el proceso urbano: la ciudad es un negocio financiero-inmobiliario, “todo es urbanizable, a no ser que se demuestre lo contrario”.

Con el rápido despliegue de lo urbano, las singularidades que configuraban los entornos de nuestros pueblos y ciudades han ido perdiendo lugares y actividades social y ambientalmente valiosas y ganando traseras urbanas y viviendas inacabadas, vacías o desahuciadas que han pasado a formar parte de los paisajes inciertos de la crisis por los que nos movemos día a día.

Crecimiento de la aglomeración urbana de Sevilla de 1930 a 2011

Crecimiento de la aglomeración urbana de Sevilla de 1930 a 2011

Han pasado a ser los espacios fronterizos y destartalados que prometían una cercanía y accesibilidad a otros territorios y que nos han separado irremediablemente de experiencias paisajísticas en nuestro entorno cercano, aquello que llamamos campo, que se convierte ahora en un lugar a la espera de ser urbanizado, refugio de la pobreza y la exclusión social, ya que a pesar de que las viviendas vacías en España se estiman en varios millones, decenas de miles de personas se encuentran sin techo.

En esos paisajes, se acopla como un guante, un doble discurso en el que ya no se habla de ecología y naturaleza, relegados ambos conceptos al mundo de lo improductivo e inútil. Han sido renovados por eficiencia energética, desarrollo sostenible y por cifras, de manera que se destierra del problema ambiental su condición crítica y humana y se acompaña en la misma proporción de justificaciones objetivas en términos de coste-beneficio y de la fe en que la misma tecnología que destruye la naturaleza es capaz de crear nueva naturaleza.

Sin embargo, los paisajes inciertos, también aguardan la esperanza de una transformación que de lugar a lo inesperado y lo creativo, recuperados por los ciudadanos como un soporte para una nueva sociedad y una nueva realidad urbana que arrebate para la democracia el monopolio del negocio financiero sobre la ciudad. Quizá nuestra principal tarea hoy es conquistar un modelo urbano y social realmente alternativo, que permita recuperar la posibilidad de una experiencia cotidiana igualitaria y cercana al territorio.

Vía| Ley 6/1998, de 13 de abril, sobre régimen del suelo y valoraciones.

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