Patrimonio 


Los otros cinco de Le Corbusier (I): Niemeyer y García Mercadal

Si de algo no entendía Le Corbusier era de ponerse límites. Consciente de que sus fuerzas físicas menguaban, su capacidad creativa se resistía a sucumbir a los achaques de la edad. Apoyándose en la imaginación de una generación en ascenso, continuó recibiendo encargos con el mismo ánimo renovador de siempre. Así, proyectos como el Hospital de Venecia (1962-1965) estuvieron inspirados en el trabajo de su discípulo Shadrach Woods para el Römerberg de Frankfurt (1963), o el concurso para el Palacio de Congresos de Estrasburgo (1964) en los trabajos de Oscar Niemeyer.

La relación que mantuvo con sus talentosos discípulos fue cordial, pese a que en su última etapa tuvo que hacer frente a la reorganización de su estudio de la rue Sèvres como respuesta a las exigencias de algunos antiguos colaboradores como Augusto Tobito Acevedo, André Maisonnier e Iannis Xenakis que consideraban su salario indigno y pedían firmar los proyectos con sus nombres. La respuesta de Le Corbusier vino en forma de carta de despido en agosto de 1959. Nunca la envió, aunque ordenó cambiar la cerradura del estudio, remitiendo las nuevas llaves a aprendices menos exigentes y mucho más jóvenes. Sus sentimientos sobre la relación maestro-aprendiz quedaron dañados para siempre, pero a pesar de la rotundidad de aquellas palabras —no leídas por sus destinatarios—, en su testamento no olvidó rendir homenaje a todos los que le ayudaron en su camino; a esas sucesivas generaciones de jóvenes arquitectos del mundo que encontraron en la arquitectura de Le Corbusier su inspiración. Veamos a algunos de ellos.

(En origen, planteábamos tratar a cinco de sus seguidores, como ya hicimos el mes pasado. La impronta tan grande de su obra nos ha llevado, no obstante, a dividir el presente artículo en dos, para poder tratarlos con la calidad que se merecen).

Oscar Niemeyer (Río de Janeiro, 1907-2012)

Oscar Niemeyer frente a la maqueta del palacio da Alvorada, Brasilia, Brasil

La arquitectura de Niemeyer puede resultar a primera vista contraria a las construcciones de Le Corbusier. Si el brasileño se adueña de la línea curva, el suizo se recrea en la recta hasta prácticamente su último periodo. Influido también por Lucio Costa, Niemeyer compartió con ambos su visión de una arquitectura ligada a la colectividad. Su fuerte militancia dentro del partido comunista le llevó al exilio en Francia tras la implantación del régimen militar de 1967 en su país. Estas ideas las trasladó a su obra de forma retórica y contundente con un lenguaje que hizo suyo. Hoy, continúa siendo el único arquitecto que ha proyectado en sólo cuatro años una nueva ciudad: Brasilia, la única capital contemporánea declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO (Río de Janeiro, 1907).

Con 29 años, Niemeyer fue a recoger a Le Corbusier al aeropuerto a petición de su maestro, Lucio Costa, director de la Escuela de Bellas Artes de Río por aquel entonces. Para él, y la joven generación de arquitectos brasileños, el desembarco del suizo, aunque breve (sólo permaneció en Brasil seis semanas), supuso un punto de inflexión entre la tradición formalista neocolonial y la modernidad. “Era un arquitecto genial, formidable, y muy creativo, pero su arquitectura era muy diferente a la mía, menos radical y menos libre”, explica Niemeyer en una entrevista. “Hablábamos mucho y al final creo que nos influenciamos mutuamente. Él, que había proclamado siempre las virtudes del ángulo recto, comenzó por despreciarlo. Por otra parte, yo amaba su arquitectura más humana”.

Esa capacidad de transcender cualquier estilo, unida a la búsqueda de una nueva arquitectura, influyeron en sus primeras obras entre 1937 y 1943. Durante aquel periodo, trabajó junto a Costa en el diseño del Ministerio de Educación y Salud, y también, en 1939, en el pabellón de Brasil para la Exposición Universal de Nueva York. Este encargo le valió la medalla de “Ciudadano de honor” por la singularidad de la estructura plástica que ambos proyectaron. Un título que no le serviría de visado para volver a Estados Unidos debido a su afiliación comunista.

Un año más tarde, en 1940, fue contratado por el alcalde de Belo Horizonte para acometer el Conjunto Arquitectónico de Pampulha, donde investigó nuevas formas en función de su entorno. El encargo consistía en un hotel, un casino, una sala de baile y una iglesia en la periferia de la ciudad. Allí, su poética del hormigón armado, dio origen a un lenguaje estético muy personal, y que podemos apreciar, en el último edificio del conjunto, la capilla de San Francisco de Asís, decorada con azulejos y frescos pintados por Cándido Portinari en la orilla del lago de Pampulha.

Una década después de su primer encuentro, Niemeyer y Le Corbusier, volvieron a encontrarse con motivo del concurso para el nuevo edificio de las Naciones Unidas, en Nueva York (1947). La idea era proyectar un edificio de altura que albergara la ONU, símbolo de reconciliación tras los desastres de las guerras mundiales. La propuesta del brasileño fue la ganadora, sin embargo Le Corbusier no estuvo de acuerdo con su planteamiento inicial que situaba a la Asamblea General en uno de los lados del solar, y no en el centro. Niemeyer aceptó la crítica, y decidió prescindir de la Plaza de las Naciones Unidas, centralizando el edificio y proponiendo a Le Corbusier que colaborasen juntos en el desarrollo del proyecto.

De nuevo en Brasil, proyectó el gran Copán, un rascacielos en forma de palmera en São Paulo, cuyas líneas curvas dieron dinamismo a su exterior, mientras que en su interior colocó ya las rampas y pasarelas características de su arquitectura. También, durante estos años previos a Brasilia, destacó la construcción de su residencia, la Casa das Canoas (1953) con una cubierta circular curvilínea de hormigón blanco en medio de una naturaleza exuberante.

Como visionario, su vida estuvo marcada por la construcción entre 1957 y 1963 de Brasilia, la nueva capital de Brasil, siendo autor de sus principales edificios que planificó junto a Lucio Costa, a instancias de su amigo –antiguo alcalde de Belo Horizonte-, el nuevo Presidente de la República, Juscelino Kubitschek. La idea era construir ex novo una capital, con sus principales sedes del Gobierno, en el despoblado centro del país como símbolo de progreso y ejercicio arquitectónico sin precedentes.

A la hora de acometer esta monumental empresa, Niemeyer, estudió la Carta de Atenas, o Carta de Planificación de la Ciudad, que se redactó en el IV CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura), de 1933. En ella se expuso la necesidad de un modelo urbanístico basado en cuatro funciones: trabajo, residencia, descanso y circulación. Sobre estos conceptos, Costa proyectó la ciudad en dos ejes principales, a semejanza de los antiguos campamentos romanos, con forma de cruz. Uno de estos ejes se remató en forma curva como un signo que limitaba con la zona a urbanizar. Así, organizó un eje para el poder público y administrativo, y otro para la vida particular y residencial, donde la circulación separase el tráfico eliminando los cruces. Sobre este plano, Niemeyer dispuso, entre otros edificios, la catedral construida en forma circular, accesible sólo a través de un túnel subterráneo, el Palacio de Congresos y el Palacio presidencial de Planalto, ambos en el Eje Monumental de la Plaza de los Tres Poderes.

Actualmente, la ciudad supera los dos millones de habitantes sobre los 500.000 para los que fue construida. Con el tiempo, Brasilia, se ha convertido en una urbe en forma de autopista muy alejada de su planteamiento social inicial con grandes espacios libres donde la escala humana queda reducida. Los obreros, que fueron alojados en barracones en los límites de la zona piloto, se quedaron en la ciudad y llegaron más, creándose una infraestructura periférica de ciudades satélites. “Hoy en día se critica a Brasilia, se la acusa de ser inhumana, fría, impersonal. Vacía, en suma”, se justificó el arquitecto. “No es culpa nuestra [de Lucio Costa y Oscar Niemeyer] si se ha convertido en víctima de la sociedad capitalista”.

La realidad se impuso sobre la planificación de su utópica capital, y tuvo que abandonar el proyecto en el momento que se iniciaba un golpe militar en Brasil. Niemeyer marchó a Francia como exiliado político, desde 1967 hasta 1979, invitado por Charles de Gaulles. En París, diseñó la sede del Partido Comunista francés, un edificio de formas orgánicas, con una planta sinuosa, elevada sobre pilares en cuya parte baja construye un auditorio semisubterráneo con cúpula. Después de ese encargo, Europa no tardó en rendirse a sus formas. En Italia construyó la sede de la editorial Mondadori, entre 1968 y 1975, en las afueras de Milán, y después en Argelia, edificó la mezquita, el centro cívico y la Universidad de Constantine.

En 1982, decidió volver a Río, tras la caída del régimen y la convocatoria de unas elecciones democráticas. De este periodo, sobresalen proyectos tan dispares entre sí como los CIEPs (Centros Integrados de Educación Primaria), centros educativos para los niños de las favelas, o el conocido como Sambódromo de Río, construido entre 1983 y 1984, pasarela de samba en Carnaval y centro escolar y recreativo el resto del año, que remató con una escultura monumental en forma de tanga.

En clave menos festiva crea el Memorial de América Latina, en São Paulo, una imponente construcción de 20.000 metros cuadrados inaugurada en 1989 que simboliza la “nación latinoamericana” y que remató también con una escultura, esta vez, en forma de mano ensangrentada, símbolo del “sufrimiento de un continente eternamente subyugado”. Tres años más tarde a este conjunto se unió el edificio del Parlamento Latinoamericano (Parlatino).

Por supuesto, volvió a Brasilia, donde construyó el memorial del expresidente Kubistchek: un sepelio subterráneo, con una columna en cuya cúspide colocó la escultura del expresidente, protegido por una semiesfera de hormigón en forma de hoz. De su segunda etapa en Brasilia es también el Centro Cultural Banco do Brasil, el Teatro Municipal, el Museo y la Biblioteca, unos edificios que mantenían los principios estéticos de la arquitectura de Niemeyer basados en la prioridad de la forma bella y sorprendente, el hormigón armado y los grandes esfuerzos estructurales.

Durante las siguientes dos décadas de producción, el ya nonagenario arquitecto continuó creando algunos de sus edificios más representativos en Brasil, por un lado, el Museo de Arte de Niterói (1991), frente a Río, al otro lado de la Bahía de Guanábara como una pieza arquitectónica sobre su enclave natural. Y, por otro lado, en Curitiba, el Centro de Arte Oscar Niemeyer (2002) como nuevo edificio en forma de ojo. Uno de sus últimos trabajos, y el único en España, fue el Centro Cultural Oscar Niemeyer de Avilés, en Asturias, cuya primera piedra se colocó en abril de 2008 siendo inaugurado en 2011. Alabado por su estilo genuino para dibujar curvas con cemento, fue galardonado con el premio Pritzker (1989) y el Príncipe de Asturias de las Artes (1989), a los que debe sumar otros galardones como el premio Lenin de la Paz (1963), el León de Oro de la Bienal de Arquitectura de Venecia (1996), el premio UNESCO de la Cultura (2001) y el Imperial de Japón (2004).

 


Fernando García Mercadal (Zaragoza, 1896 – Madrid, 1985)

García Mercadal (izquierda) junto a Le Corbusier (derecha) en El Escorial

La estancia de Le Corbusier en nuestro país fue breve, pero el revuelo que despertó a su paso por Madrid y Barcelona fue mayúsculo. Invitado por el arquitecto zaragozano, Fernando García Mercadal, el suizo impartió en mayo de 1928 dos conferencias en la Residencia de Estudiantes con el fin de difundir el ideario del Movimiento Moderno entre los jóvenes estudiantes de arquitectura en Madrid. Un encuentro que se completó con la visita de algunos de los grandes nombres del momento: Walter Gropius, Erich Mendelsohn, Theo van Doesburg, Sigfried Giedion y Edwin Lutyens. El acontecimiento despertó gran interés por parte de la intelectualidad madrileña, pese a las críticas de algunos arquitectos, entre los que se contaba Luis Lacasa, quien criticó su afán racionalista y su aura de arquitecto mediático.

García Mercadal, en su papel de cicerone, organizó una visita a Segovia, Toledo y El Escorial, lugares donde Le Corbusier pudo apreciar la sencillez de la arquitectura popular castellana. De sus impresiones en nuestro país dejó el texto España: “Las gentes de aquí están alimentadas de las savias más admirables (árabe, judía, italiana, griega). Pienso que abundará la imaginación. Y el hidalgo, elegante, hombre moderno, con clase, se asombrará, con una desenvoltura aparente, de esa austeridad apasionada que tan bien mantiene a distancia a los imbéciles”.

Más tarde, viajó a la ciudad condal, atendiendo a la llamada de su futuro discípulo Josep Lluís Sert, que codirigió junto al suizo, las reuniones del CIAM en la aplicación de la Carta de Atenas. En Barcelona, su trabajo tuvo mayor calado y sus charlas desembocaron en el Plan Macià (1933), un proyecto que llevaría a cabo junto a Pierre Jeanneret y el histórico Grupo de Arquitectos y Técnicos Catalanes para la Realización de la Arquitectura Contemporánea (GATCPAC), al que pertenecía Sert y cuyo principal impulsor fue García Mercadal. Para este Plan, Le Corbusier, preveía la destrucción de la mitad de la parte antigua de la ciudad donde se crearía un espacio basado en la íntima relación entre los bloques de viviendas, las avenidas arboladas y las plazoletas que constituyen las manzanas. Al final del estudio, Sert realizó una estimación del presupuesto que sobrepasó en mucho lo esperado. Finalmente, el Plan no se materializó debido al estallido de la Guerra Civil, aunque más tarde se hicieron algunos intentos de llevarlo parcialmente a la práctica.

Miembro de la conocida Generación del 25, García Mercadal no solo fue el hombre que trajo a Le Corbusier a España, sino que influyó con su espíritu revolucionario a toda una generación de arquitectos. Habiendo terminado sus estudios en 1921 en la Escuela de Arquitectura de Madrid, presentó un templo monumental para la Pradera de San Isidro, logrando la beca para la Real Academia Española de Roma en 1923. De allí, viajaría por Europa durante cuatro años, durante los cuales conoció de primera mano el Movimiento Moderno.

En Viena, conoció la arquitectura y los interiores de Adolf Loos, asistió a un curso a cargo del arquitecto de la Bauhaus, Peter Behrens (creador de la Nave de turbinas de la empresa AEG), y recibió clases de urbanismo racionalista de Hermann Jansen y del arquitecto expresionista, Hans Poelzig. Mientras tanto, en España, dio a conocer sus ideas a través de una serie de artículos en la revista Arquitectura. Uno de ellos, Theo van Doesburg y principios De Stijl, está considerado el primer manifiesto de la arquitectura moderna en nuestro país. A su paso por la capital francesa visitó la Exposición de Artes Decorativas donde se encontraba el pabellón de Le Corbusier, al que conoció a través de Christian Zervos, el director de la revista Cahiers d’Art.

Entre sus obras destaca el Rincón de Goya (1926- 1928), en Zaragoza, un espacio formado por un pabellón, con biblioteca y sala de exposiciones, rodeado de jardines de carácter racionalista para recordar al pintor en el centenario de su muerte.

Desde 1929 trabajó en el estudio de Secundino Zuazo, promoviendo un estudio de la arquitectura habitacional basada en la funcionalidad, la reducción de los costes y la higiene de la vivienda básica. Todo ello, motivó que organizara en 1929 una convocatoria para presentar a concurso diseños de lo que llamó “vivienda mínima”. Esta actividad se ha relacionado con un escrito de 1930 que llevó por título La casa popular en España, donde expuso sus ideas para una vivienda popular, digna, racional y barata.

Fue cofundador de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética en 1933, y ese mismo año, elaboró un proyecto que fue elegido ganador del concurso nacional de arquitectura convocado para dotar de una nueva sede al Museo de Arte Moderno que se iba a construir en la prolongación del paseo de la Castellana de Madrid, pero que nunca llegó a realizarse. De ese mismo año son los Jardines de Sabatini, junto al Palacio Real de Madrid, diseñados por él bajo criterios historicistas, dejando a un lado sus ideas racionalistas para adaptarse a las exigencias de la arquitectura del XVIII.

Nombrado arquitecto jefe de la Oficina de Urbanismo, Parques y Jardines del Ayuntamiento de Madrid en 1932, ocupó el cargo hasta 1940. En su ejercicio, realizó en 1935 un proyecto de reforma del jardín de la fachada del Museo del Prado hacia el paseo, aprovechando los cedros existentes y eliminando el resto de arbolado para facilitar la visibilidad del edificio. En el proyecto se proponía sustituir la estatua de Velázquez, de Aniceto Marinas, por un estanque, trasladándola a la fachada norte; pero esta modificación tampoco llegó a realizarse.

Tras la guerra civil no pudo volver a ejercer como arquitecto hasta 1946. Después, una vez rehabilitado, fue nombrado Arquitecto del Instituto Nacional de Previsión, por lo que se dedicó hasta su muerte a diseñar establecimientos de sanidad, entre los que destaca el Gran Hospital de Zaragoza de 1947 o el ambulatorio de la esquina de las calles Modesto Lafuente con Espronceda de Madrid, que data de 1950.

Vía| Frampton, Kenneth, Le Corbusier. Madrid: Akal Arquitectura, 2002; Jotdown; El Cultural; Diéguez Patao, Sofía, Fernando García Mercadal, pionero de la modernidad, Madrid, Artes Gráficas Municipales, 1997.

Más información| Lahuerta, Juan José (ed.), Le Corbusier y España. Barcelona: Centro de Cultura Contemporánea, 1997; Baker, Geoffrey H., Le Corbusier. Análisis de la forma. Barcelona: Gustavo Gili, 1994

Imagen| Niemeyer, García Mercadal

En QAH| Los cinco de Le Corbusier, Le Corbusier, creador humanista

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