Patrimonio 


Los otros cinco de Le Corbusier (II): Ando, Williams y Salmona

Si por algo ha triunfado la arquitectura planteada por Le Corbusier ha sido por su fácil adaptabilidad a todo tipo de espacios en cualquier parte del planeta. Así, muchos de sus continuadores tomaron este modelo dado y lo hicieron suyo según su propia sensibilidad. Decían de él que no era sencillo trabajar a su lado; superada la admiración inicial, algunos se quedaban a su sombra y otros acabaron cogiendo sus bártulos para irse con sus propias ideas a otra parte. El resto, que no le conocimos en persona, nos dejamos cautivar por su aura de visionario genial como le ocurrió a uno de estos creadores y pensadores de formas del siglo XX. Padre espiritual para Tadao Ando –le puso el nombre del arquitecto a su perro-, guía distante para Amancio Williams y arquitecto con ínfulas para Rogelio Salmona. Una vez más tomémosle el pulso a Le Corbusier a través de las obras de sus seguidores.

Tadao Ando (Minato-ku, Osaka, 1941)

Tadao Ando de espaldas al Modern Art Museum of Fort Worth, Texas, Estados Unidos

Tadao Ando nunca fue buen estudiante pero si un observador atento. Cada mañana desde su ventana veía trabajar a un carpintero al otro lado de la calle. “Con ojos jóvenes y sensibilidad, observé como modificaba la madera”, explicaba en una entrevista. “Así llegué a comprender el equilibrio absoluto entre una forma y el material del que está hecho.”

Años más tarde un álbum de Le Corbusier, cayó en sus manos. “Por aquel entonces sentí que su espíritu estaba en mí. Para apoderarme plenamente de él, practiqué el método budista que ordena copiar meticulosamente los textos sagrados. Calcaba repetidamente los croquis de Le Corbusier y así me convertí en el heredero del espíritu inflexible de ese hombre, resistente a los valores establecidos y al sistema social imperante”. Su atracción por las formas diáfanas de Le Corbusier fue tal que no dudó en viajar a París para conocer al arquitecto, en 1965, con 23 años y apenas dinero en los bolsillos. Ando partió de Yokohama, pasando por Najodka y tomó el Transiberiano desde Jabarovsk. Desde Moscú viajó a Finlandia, y semanas después, a finales de septiembre, llegó a París. “Desgraciadamente, no pude encontrar nunca a Le Corbusier. Había muerto el 27 de agosto”, pero eso no le desanimó, y dejando a un lado la tradicional forma de construcción japonesa en madera, comenzó a estudiar arquitectura (de forma autodidacta) interesándose por la utilización del hormigón, que se empleó en Japón masivamente durante la posguerra. Por el contrario, Ando empezó a crear con el hormigón lugares para restaurar la unidad entre la casa y la naturaleza (luz y viento) que en su opinión se perdió en el proceso de modernización: “La razón principal es crear un lugar para el individuo, una zona para uno mismo dentro de la sociedad”.

Con este material, y ayudado por la luz, el arquitecto japonés proyecta un orden constructivo basado en cuadrados geométricos, círculos, triángulos y rectángulos, que se ajustan cuidadosamente a la ocupación humana. “Pienso que la arquitectura se torna interesante cuando se muestra este doble carácter: la máxima simplicidad y, a la vez, toda la complejidad posible”. Así, su atención se centra en las relaciones de sus amplios volúmenes, el juego de luces en sus paredes y su secuencia procesional.

Su periplo del año 1965 no se detuvo en París. Desde España –donde realizó el Pabellón de Japón para la Expo ’92-, fue a Italia, la India, África, Estados Unidos… Intrigado por el uso dinámico del hormigón armado, su práctica no se limita únicamente al aspecto constructivo, sino que ha ido creciendo unida a la filosofía o a los poetas zen, siendo el responsable del Templo del Agua de Honpukuji, cuyos fieles, de la secta shingon, celebran sus rezos bajo un lago artificial de flores de loto. Además de numerosas estructuras de inspiración religiosa, Ando ha diseñado museos y edificios comerciales que incluyen oficinas, fábricas y centros comerciales, pero su carrera profesional surgió con proyectos residenciales. Uno de sus primeros encargos fue una casa en su Osaka natal, en 1976, llamada la Casa Azuma por la cual recibió el premio mayor del Instituto de Arquitectura del Japón, en 1979.

Uno de sus proyectos de viviendas más importantes es Rokko, realizado en dos fases. En su primera fase se construyó veinte unidades de vivienda iguales, con una terraza, cada una de diferente tamaño y colocación en la distribución. La segunda fase, comprendió cincuenta unidades en 1993. Fueron construidas en hormigón reforzado con un marco rígido y ubicadas sobre un terreno pendiente en una colina de sesenta grados con vistas a la Bahía de Osaka. Por este proyecto, Ando recibió el Premio de Diseño Cultural en 1983.

Hoy, continúa construyendo residencias, pero también otras estructuras. Algunos contienen una nueva dirección como su Iglesia de la Luz, para el culto cristiano, mientras que el Museo de los Niños de Hyogo y el Museo de Bosque de tumbas, de Kumamoto, son ejemplos de su uso frecuente de escaleras y espacios subterráneos.

Tercer japonés en obtener el prestigioso premio Pritzker, tras el terremoto de Kōbe en 1995, tuvo un papel importante en el reordenamiento del nuevo frente marítimo de Hyogo. Entre sus obras más destacadas durante el cambio de siglo están el Awaji Yumebutai de Hyogo (1997), el Modern Art Museum de Forth Worth, Texas (2000), la Langen Foundation (2004), donde el agua, el vidrio y el hormigón vuelven a ser los protagonistas, la pareja de Casas 4×4 (2006) y la Casa en Sri Lanka (2011), dos obras íntimas donde el arquitecto japonés adapta la construcción al entorno.

 


Amancio Williams (Buenos Aires, 1913 – 1989)

Amancio Williams exhibiendo una maqueta de su “bóveda cáscara”. Foto: Revista Summa

Durante sus estudios de ingeniería, Amancio Williams conoció la obra de Le Corbusier a través de uno de sus maestros. El conocido arquitecto había estado en Buenos Aires, en 1929, dando unas conferencias que se habían materializado en un libro, bajo el título Precisions, cuya lectura por parte del joven estudiante fue decisiva en el desarrollo de su particular enfoque constructivo basado en la investigación.

Su primer contacto con el maestro suizo fue por carta. En 1946, Williams se presentaba y le remitía unas muestras de su trabajo, escribiendo: “Muy querido y gran maestro: quien escribe es un hombre que usted no conoce y que le conoce a usted a través de sus obras publicadas”. A lo que Le Corbusier respondió: “Querido amigo: recibí la carpeta que usted me destinara. La he examinado con vivo interés, he leído su carta con alegría y le agradezco la simpatía que me demuestra. Usted tiene mucho talento. Todo esto respira el aire del mar abierto, el océano y la pampa”. Bajo estas líneas, adjuntó una invitación para la reunión del CIAM, a la que asistió como representante argentino. Esta complicidad continuó tras aquel primer encuentro con el encargo de dirección de uno de los tres proyectos firmados por Le Corbusier en América, y la única que pudo ver realizada en vida allí: La Casa Curutchet en La Plata, a partir de 1930, convertida en monumento nacional desde 1987. Durante el proyecto Williams asumió el proyecto en calidad de intérprete: re-dibujó más de 400 planos sobre los 16 bosquejos ya dados para abordar la construcción como si la hubiera ideado él mismo.

En el plano arquitectónico, Le Corbusier destacó dos elementos claves: la construcción de una vivienda unifamiliar y el consultorio del doctor, en un terreno de dimensiones limitadas entre medianeras. Al diseñarla, dividió la casa en dos volúmenes claramente separados: la zona de consultorio al frente y la zona de la vivienda atrás, ambas articuladas por el patio y la rampa de acceso. Esta rampa se encontraría articulada a la puerta de entrada, organizando la circulación interior en la forma de una promenade ascendente, obligando a recorrer la casa de manera vertical, y ofreciendo un interesante juego de perspectivas.

Su fachada se define por la ausencia del muro con columnas aisladas y una trama de rectángulos en el primer y segundo nivel. En la planta baja, la conservación de un árbol permitió liberar este espacio, actuando como bisagra en el recorrido de los dos volúmenes. Al fondo en el segundo cuerpo, ligado a la rampa, y cruzando un patio semiabierto se encuentra el volumen privado de la casa resuelto en cuatro niveles. Sobre los techos del consultorio se halla la terraza-jardín, que permite apreciar la plaza y el resto del espacio verde que rodea la construcción. Le Corbusier supo aprovechar la orientación de la parcela y sus condiciones para obtener las mejores vistas y la mayor cantidad de luz natural.

Además de los cinco puntos esenciales de la arquitectura moderna: pilotis, planta libre, ventanas horizontales, terraza-jardín y fachada libre, en la Casa Curutchet encontramos signos del lenguaje arquitectónico empleados por Le Corbusier en la mayoría de sus obras: muros curvos y luz cenital en los baños, puertas pivotantes, brise soleils, rampas, escaleras abiertas, muros y espacios con doble altura.

En el proceso, Williams cuestionó algunas de sus operaciones. El maestro aceptó de forma positiva sus críticas y le otorgó en adelante ciertas licencias tras su completo estudio del proyecto que terminó en febrero de 1951. Sin embargo, en 1954, el trabajo conjunto entre ambos arquitectos en la casa Curutchet finaliza repentinamente debido a los retrasos en los plazos de construcción. En 1951, Williams renunció, asumiendo la dirección Simón Ungar y finalmente el ingeniero Alberto Valdés. Las relaciones con Le Corbusier se deterioran, nuevamente, cuando Williams solicitó su apoyo para encontrar un promotor que se interesara por la construcción de su “gran sala de conciertos”: “(…) mi querido Amancio, no sé si es usted ingenuo de nacimiento, pero cuando se hace arte en serio como usted lo hace, es necesario asumir las consecuencias. Espero que se dé cuenta de mi poder, pero mis posibilidades de acción llegan hasta ahí”, respondió.

El arquitecto argentino, que ya contaba con una sólida trayectoria desde que lograra proyectar la Casa sobre el arroyo (1943-1945) —que diseñó para su padre el compositor Alberto Williams—, no consiguió el suficiente apoyo político y económico para llevar a cabo su obra. Tampoco fue así en el proyecto, de 1942, que realizó junto a su esposa, Delfina Gálvez Bunge y Jorge Vivanco, para unas residencias en la ciudad de Buenos Aires, llamadas, Viviendas en el espacio. En ellas planteó una solución plástica, realmente espacial, que procuraría un mejoramiento social: dar a cada vivienda un jardín, dotarla de sol, aire, luz e intimidad. Así, el techo de una es el jardín de la siguiente, gozando de una buena orientación, total independencia y grandes espacios libres. Los elementos mecánicos se hallan reducidos y la pendiente –dado que el terreno tenía un desnivel natural entre frente y fondo– facilitaba las instalaciones sanitarias.

En 1951 y 1952, crea las “bóvedas cáscaras” (de 5 cm de espesor) que soportan una carga extraordinaria en virtud de su forma y pueden mantenerse en equilibrio por sí mismas. De planta cuadrada, ofrecen muy poca resistencia al viento, desaguando por su centro a través de una columna hueca. Colocadas unas al lado de otras pueden ser suprimidas algunas de sus partes, o varias de ellas, formándose así aberturas triangulares o rombos de lados curvos. En honor a su padre, Williams quiso emplear la “bóveda cáscara” para el Monumento del fin del milenio.

Otros de sus proyectos que no lograron materializarse fueron, por un lado, la propuesta para el aeropuerto de Buenos Aires. Inspirado en las ideas de Le Corbusier, se trataría de una isla artificial en el Río de la Plata conectada por una autopista y sistema de metro ubicado a un par de kilómetros del centro de la ciudad de Buenos Aires; y por otro lado, la llamada ciudad que necesita la humanidad, entre 1974 y 1989, un proyecto de ciudad lineal que tenía como precedente el estudio del español Arturo Soria, La Ciudad Lineal de Le Corbusier y la Ciudad Metro-Lineal de Reginald Malcolmson. La ciudad de Williams presentaba muchísimas ventajas. Entre ellas, se eliminarían las distancias entre el lugar de la vivienda y el del trabajo, ya que sólo habría que salvar una diferencia de niveles, y desaparecería también la oposición entre la vida de la ciudad y del campo, ya que al pie de aquélla se podría arar.

 


Rogelio Salmona (París, 1929 – Bogotá, 2007)

Rogelio Salmona observando una de sus maquetas

Le Corbusier aterrizó en Bogotá, en 1947, tras el rechazo de la ONU a llevar a la práctica su proyecto para el edificio de las Naciones Unidas en Nueva York. En el aeropuerto le esperaba un joven estudiante de arquitectura, Rogelio Salmona, quien fue escogido como traductor durante su visita. Durante esos días el arquitecto suizo tomó notas de un posible plan de remodelación para la capital colombiana que se acabaría abandonando debido a su carácter utópico y el clima de inestabilidad que reinaba en el país a consecuencia del “bogotazo”. Ante esta situación, los padres de Salmona decidieron enviar a su hijo a París para completar sus estudios en el taller del maestro. Era el verano de 1948, y para su sorpresa, Le Corbusier no le recordaba y se negó a contratarlo, pero finalmente accedió a que el joven permaneciera en su “atelier” como aprendiz no remunerado.

Su primer trabajo en el taller fue como asistente del mexicano Teodoro González de León durante el desarrollo de algunos proyectos para el ATBAT (Atelier des Bâtisseurs), creado por Le Corbusier en 1945, lo que obligó a Salmona a abandonar sus estudios de arquitectura en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes. No obstante, gracias a los cursos de historia del arte, dictados por Jean Cassou en la Escuela del Louvre (donde fue compañero de la crítica de arte argentina Marta Traba), y en los seminarios de Sociología del Arte por Pierre Francastel en la Escuela Práctica de Altos Estudios, consiguió completar su formación, al tiempo que ampliaba su círculo social, entre los que se contaban algunos compatriotas como Gerardo Molina, Alberto Zalamea y Germán Samper. Éste último, ingresó en el taller de Le Corbusier con la ayuda del arquitecto griego Georges Candilis, uno de sus colaboradores. Ambos aprendices acompañaron a Le Corbusier a la presentación del VII Congreso del CIAM en la ciudad de Bérgamo (1949), viaje que les abrió un panorama arquitectónico diferente al francés.

A partir de 1953, el tándem Salmona-Semper trabajó en proyectos como las casas Roq et Rob en Roquebrune-Cap Martin (1949), la villa de Madame Manorama Sarabhai y la Alta Corte de Chandigarh (1951), el museo y el club náutico de la misma ciudad (1952), el plan urbano para Marsella Sur (con similares deficiencias con respecto al de Bogotá enunciadas por ambos), o las casas Jaoul en Neuilly-sur-Seine (1951). En estas últimas, el colombiano investigó acerca de las diferentes posibilidades espaciales y estructurales de las bóvedas.

Tras la partida de Samper, colaboró con el venezolano Augusto Tobito, intermediario entre Salmona y Le Corbusier para efectos de la planificación de Punjab y la culminación del proyecto de Chandigarh. En su reducida colaboración para el proyecto de la capilla de Notre Dame du Haut en Ronchamp (1950), Salmona trabajó bajo la dirección del arquitecto y escultor local André Maisonnier, quien destacaría el carácter contestatario del colombiano. Pero sin duda, el encuentro más relevante para Salmona fue el de Iannis Xenakis, ingeniero y compositor de origen griego, militante del partido comunista, quien alimentó su compromiso político.

Decepcionado por su labor en el taller, Salmona presentó su renuncia a Le Corbusier y pasó a integrar el equipo de trabajo del CNIT en el barrio de La Défense (1956), uno de los proyectos más importantes de la década en la región parisina en lo que se refiere al empleo de nuevas tecnologías, en cuya construcción Salmona tuvo la oportunidad de trabajar unos meses antes de su regreso definitivo a Colombia en 1957.

Ya en Bogotá se vinculó al medio académico, y simultáneamente, inició su práctica arquitectónica con proyectos de vivienda individual, multifamiliar y estudios urbanos, que rompían con los cánones establecidos. El proyecto más destacado de esta época fue las Torres del Parque (1970), no solo por su arquitectura sino por el tratamiento de sus espacios públicos, destacándose por un amplio uso del ladrillo y del hormigón con elementos brutalistas. Este material le convirtió en el mayor exponente estético de la arquitectura colombiana. También es importante en su obra el uso del agua como elemento conector mediante canales, espejos de agua, piscinas y estanques, que toma de la tradición árabe.

Merece la pena destacar, entre otras obras, la Casa de Huéspedes (1982) en Cartagena, obra influenciada por la arquitectura militar colonial, a la cual incorpora múltiples patios, canalizaciones y bóvedas. Destaca en su práctica el uso utilitario y ornamental del ladrillo en el Archivo General de la Nación (1991), mientras que en el edificio de Postgrados de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional (1998) y la Biblioteca Pública Virgilio Barco (2001), sintetiza su inquietud por componer espacios dinámicos, sorpresivos e integrados en el paisaje. El Centro Cultural Gabriel García Márquez (2007) construido en hormigón, se inserta en el centro histórico de Bogotá y con él demuestra su continuo estudio de las formas y materiales.

Entre sus proyectos póstumos cabe citar la ampliación del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO) finalizado el pasado año, integrado en el Parque de la Independencia y rediseñado por Salmona en los años 60, dentro del marco de la construcción de las adyacentes Torres del Parque.

Vía| Frampton, Kenneth, Le Corbusier. Madrid: Akal Arquitectura, 2002; El País; Fundación Amancio Williams; Fundación Rogelio Salmona; The Pritzker Architecture Prize

Más información| Lahuerta, Juan José (ed.), Le Corbusier y España. Barcelona: Centro de Cultura Contemporánea, 1997; Baker, Geoffrey H., Le Corbusier. Análisis de la forma. Barcelona: Gustavo Gili, 1994

Imagen| Tadao Ando, Amancio Williams, Rogelio Salmona

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