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Oposité en Madrid

Villa y Corte de Madrid. Castillo famoso, según se dice y, también, rompeolas de las Provincias españolas, es una Capital de opositores porque, con vaivenes mínimos, ha sido la sede creciente de una Administración Española también creciente en extensión y en número.

Antaño, los opositores vivían en Madrid porque aquí residían sus familias o porque las mismas aquí les enviaban por considerar la cercanía a las Sedes Públicas y Ministerios, una ventaja. Los primeros, no era raro, procediesen de progenie opositora. En sus casas vivían, además, con más tranquilidad, reposo y acomodo. Daban un buen porcentaje de discretos aprobados.

Los opositores de provincias, vivían en pensiones y colegios mayores de Madrid como auténticos bohemios. Recordaban, en ocasiones, a quienes acudían a Milán a aprender los secretos del bel canto y vegetaban como podían para tomar café en el Biffi y otros establecimientos de la Gallería, a dos pasos del Scala. En las casas de huéspedes en donde pululaban los opositores, como pequeñas enciclopedias palpitantes, se respiraba ese cierto ambiente bohemio tan particular pero que, sin embargo, no hacía perder de vista que la Administración tiene el criterio fundado de no buscar intelectuales sino funcionarios.

Lo cierto es que, tanto para unos cuanto para otros, las oposiciones eran, son y serán siempre una trinchera dura de tomar. Recta, como la única puerta de un paraíso de difícil ingreso, arduamente defendido. Estrecha como ojo de aguja, por el que se accede a una vida estable y respetada. A fuerza de ser común, todo opositor, sea cual fuere su origen, se mimetiza con los de su especie y adquiere los caracteres y estigmas físicos que le dejan sus habituales vigilias. Seres pálidos, ojerosos, de vista cansada, insomnes por la frecuente ingestión de café, que caminan abstraídos repitiendo in mente las decenas y decenas de temas que constituyen los generosos programas que ofrece la Administración Pública.

El opositor bien preparado ha de poseer una serie de condiciones competitivas, bien naturales, bien preparadas al efecto, que exceden del saber. Ha de cuadrar la recitación de los temas que le toquen en suerte. Ha de hablar con voz bien modulada, usar leves recursos para enfatizar sutilmente, no perderse en cosas accesorias. Para el Tribunal ha de sonar como un MP3 que contenga arias de tenor sin defecto. Y, aún, ha de entrar por la vista con un aspecto comunicativo, digno y, a la vez, discreto. Un examen de oposiciones es a estos efectos, en cierto modo, como una ejecución. Se puede ver en los viejos grabados, que el General Diego de León se vistió de gala frente a los soldados que inmediatamente le iban a fusilar. La indumentaria se cuida para ese menester. Ternos oscuros y corbatas a juego. Corbata rojo oscuro si dominas el temario y aspiras a las primeras plazas. Corbata azul marino si sales a la arena solamente a defender tu posición.

Temidas oposiciones. El sistema de acceso al empleo público siempre criticado, pero jamas variado. Jean Piaget dijo una vez que la meta principal de la educación era desarrollar a hombres y mujeres que fueran capaces de hacer cosas nuevas, no simplemente de repetir lo que otras generaciones habían hecho; hombres y mujeres creativos, inventores y descubridores. La segunda meta de la educación era la de formar mentes que fueran críticas, que pudieran verificar y no aceptar todo lo que se les ofrecía. Pero, quizá por respeto reverencial de aquellos que hemos sentido en carne propia las oposiciones, el sistema permanece. Por no depender ello de método alguno. Permanece incluso en un País como España, que no ha sido parco en relevos políticos y sociales desde que el sistema de oposición se impuso.

Vía| José Joaquín Jiménez Vacas

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