Historia 


Oigo rugir al jaguar: La organización militar azteca

Guerrero águila

Representación de guerrero águila

La organización militar azteca era extrapolable a la de otras civilizaciones antiguas europeas, donde la tropa básica estaba compuesta por plebeyos mientras que los cuerpos de élite o profesionales estaban formados por nobles bien equipados. Sin embargo y a diferencia de en otros ejércitos, los guerreros extraordinarios podían ser ascendidos al rango de noble y ser admitidos en las sociedades de guerreros águila o jaguar, cuerpos expertos y privilegiados de la sociedad mexica. La formación se realizaba en los telpochcalli (como una escuela de oficios, donde también se les integraba en un gremio civil) para los plebeyos, mientras los hijos de los nobles iban al calmecac (donde además del arte de la guerra estudiaban astronomía, matemáticas y era donde se formaban los jueces, sacerdotes y magistrados). Posteriormente, los nobles eran integrados en las sociedades guerreras (siempre que hubieran alcanzado un cierto número de capturas) para continuar su entrenamiento como guerreros jaguar (ocelopipiltin) o guerreros águila (cuauhpipiltin), y eventualmente algún plebeyo destacado en acción de guerra o que hubiera obtenido gran número de cautivos. Se estima que para acceder a la sociedad de los jaguares –este animal simbolizaba la oscuridad, las tinieblas y la muerte, su rugido era augurio de guerra o catástrofes; en la cultura maya, el dios Kinich Ahau, dios Sol, se transforma en jaguar para poder viajar por la noche al mundo de los muertos, su piel moteada es el cielo y las estrellas– cada guerrero debía capturar doce cautivos en dos campañas consecutivas, es decir un mínimo de seis en una y seis en la otra; para la sociedad de las águilas (el águila se relacionaba con la luz y la nobleza, la vida) con seis eran suficientes. Particularmente, los guerreros jaguar solían proceder de los estratos bajos que habían progresado a base de su fiereza en batalla, por ello eran desplegados en primera línea como fuerza de choque o como guardaespaldas de los nobles, mientras que los guerreros águila solían desempeñar funciones más sutiles como mensajeros, espías o embajadores. La flor y nata de la sociedad guerrera mexica eran los cuachicqueh (guerreros rapados) que se caracterizaban por ir con la cabeza rapada excepto un enorme mechón de pelo por encima de la oreja izquierda; para ingresar en este cuerpo era necesario había capturado a seis cautivos además de haber desempeñado docenas de hazañas militares. En su iniciación los cuachicqueh juraban no dar un paso atrás en la batalla a riesgo de morir apaleados por sus propios compañeros si faltaran al juramento.

Los rangos iban proporcionalmente a la excelencia del guerrero desde los jóvenes plebeyos sin experiencia en batalla, pasando por las sociedades de guerreros hasta el tlacochcalcatl o “gran general”, sobre el que se encontraba únicamente el propio tlatoani. Los grandes generales y los generales debían nombrar sucesor antes de iniciarse la batalla en caso de que fueran baja para ser reemplazados inmediatamente y no dejar a las huestes descabezadas en medio de la contienda.

Guerreros jaguar aztecas

Guerreros jaguar aztecas en el frente de batalla

La inteligencia militar era de gran importancia en el mundo azteca ya que suponía una forma rápida y eficiente de obtener información sobre sus enemigos, para saber no solo el número de sus ejércitos sino la orografía del terreno donde se combatiría. Generalmente estas funciones las realizaban los comerciantes ambulantes mexicas que viajaban por todo el imperio mercadeando y también intentado obtener información del clima político de cada ciudad estado, si sus ciudadanos tenían intención de rebelarse o estaban satisfechos con el gobierno de Tenochtitlán. El resto de funciones de espionaje las realizaban espías “formales” adiestrados para ello como guerreros águila.

La escasa diplomacia de la que hacían gala los aztecas era realizada por los embajadores, que eran enviados a las ciudades objetivo previamente a la declaración de guerra para exponer los motivos y explicar a sus nobles las ventajas que supondría convertirse en un protectorado y los beneficios del comercio con Tenochtitlán, la capital. Por lo general, se pedía a cambio oro o piedras preciosas además de la subyugación militar del territorio y su apoyo como aliados militares en otras campañas. Una vez que el embajador presentaba la oferta, la ciudad-estado contaba con veinte días para dar una respuesta. Si la respuesta era negativa, la capital enviaba a otros embajadores más agresivos que en vez de poner hincapié en las ventajas comunes, hablaban de la destrucción y matanza que realizarían las fuerzas de Tenochtitlán cuando llegaran a la ciudad. Tras pasar otros veinte días para aceptar las condiciones, el embajador “llevaba la (declaración) guerra” a la ciudad ya sin advertencias u ofertas y el ejército mexica era enviado la ciudad con la intención de arrasarla y tomar a sus ciudadanos como cautivos para sus rituales religiosos.

Captura

Captura de enemigos para sacrificios

Una vez en guerra, el combate se entablaba en líneas de forma que los guerreros más experimentados ocupaban las primeras líneas mientras que los jóvenes lanzaban flechas desde las últimas y solo se les permitía combatir para cazar cautivos cuando el enemigo estaba derrotado y en fuga. El resto de líneas se mantenían firmes hasta que en cierto momento podían romperse y dejar paso a la lucha individual, mano a mano. Es importante decir que en estas batallas el objetivo no era matar al oponente sino inmovilizarlo o lisiarlo para poder llevarlo maniatado a la capital como ofrenda ritual, esto explica que la mayor parte de las armas aztecas fueran contusas con más intención de romper huesos e incapacitar que de matar. Tanto la táctica como el objetivo del combate fueron una de las causas principales (además de la tecnología inferior) por las que los conquistadores españoles pudieron deshacerse de los numerosos ejércitos aztecas sin mayores dificultades (ya que los aztecas intentaban no matar a los españoles, mientras que éstos tiraban a matar).

Por último, la prueba de la innegable belicosidad de la civilización azteca mexica se observa tanto en los rituales del nacimiento como de la muerte. Ya que para su sociedad la actividad guerrera era esencial en la vida, en la religión y en la cultura, los niños al nacer recibían un escudo y una flecha ricamente decorados como filiación de guerrero. Una vez se cortaba el cordón umbilical, esos símbolos eran posteriormente llevados a un campo y enterrados por un guerrero profesional de prestigio en ceremonia del nacimiento de un nuevo guerrero azteca. Con la muerte ocurría algo similar, y cada fallecimiento de un guerrero llevaba implícita una ceremonia ritual. Si la muerte se producía en batalla, el cuerpo era incinerado en el lugar donde había caído, no en su ciudad, y a su familia se llevaba de vuelta una flecha del fallecido que posteriormente sería ricamente adornada con las insignias del dios Sol y quemada. Sin embargo, si había sido consecuencia de un ritual religioso o sacrificio se encomendaría su cuerpo a los dioses quemando su corazón.

En la cultura azteca se creía que los guerreros caídos en combate y las mujeres que fallecían en el parto iban al mismo lugar del otro mundo, ya que consideraban que el parto era una guerra en sí. El duelo por los guerreros muertos era algo sagrado y el luto se extendía unos ochenta días en los que sus familiares se abstenían de lavarse en espera que el alma del guerrero arribara al paraíso de Tonatiuhteotl, el dios Sol. Si el guerrero era un águila, el funeral se realizaría en el santuario de los guerreros águila de Tenochtitlán y junto a sus cenizas se enterrarían ídolos de águilas y jaguares de arcilla, joyas y artefactos de oro para que en el paraíso pudiera lucirlos y fuera reconocido por sus hazañas en batalla.

Vía|Socialhizo

Imagen|Guerrero, JaguarCaptura

En QAH| La noche más triste de Hernán Cortés

RELACIONADOS