Historia 


Oigo rugir al jaguar: el militarismo azteca

Desde su descubrimiento por los conquistadores españoles que llegaron a Sudamérica en el siglo XV y XVI, las culturas precolombinas autóctonas de México, Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, sobre todo, han tenido en la cultura y opinión pública españolas un halo de misticismo casi romántico debido a la extraña paradoja de progreso, ritualismo y barbarie que acompañan a las civilizaciones azteca (últimamente se prefiere la denominación mexica para aquellos asentados en México) y maya, entre otras.

Según la necesidad dramática del momento, las compañías audiovisuales de ficción han sabido aprovechar estas circunstancias para exaltar, por exigencias de guion, tanto los conocimientos en materia de ciencia como la astronomía o las matemáticas aztecas, y los extraordinarios avances de acequias y regadío; como los masivos sacrificios rituales en honor a los dioses. A diferencia de lo que se cree habitualmente, los sacrificios no se realizaban solo en honor a Quetzalcóatl (azteca) o Kukulkán (maya), sino que cada una de las deidades tenía sacrificios rituales en su honor, rigurosamente realizados en base, tiempo y forma a lo que establecían sus calendarios, de forma que en unas fechas se realizaban para consagrarse con un dios y en otras con otro. Sin embargo, y a pesar que el número de víctimas podría haber sido malinterpretado o exagerado, podemos decir sin temor a equivocarnos que tales rituales de sacrificio humano existieron y se llevaron a cabo periódicamente, como las pruebas arqueológicas indican.

Aztecas

Si bien es posible que el punto más realista y menos interpretable de la cultura mesoamericana azteca sea la extensa militarización de su civilización. Esto es así ya que la sociedad mexica estaba centrada casi exclusivamente en la expansión territorial, y predominio político y militar sobre otros pueblos vecinos, poniendo a disposición de la guerra toda la maquinaria del estado. Por ello, es natural que la forma más habitual de relación diplomática entre ciudades-estado o con otros pueblos o culturas fuera la guerra como medida coercitiva para el control de la región del Yucatán. Además, la propia religión y rituales aztecas se basaban en la expansión, la conquista y la subyugación de sus enemigos como forma casi única de complacer a los dioses, por lo que ni se imaginaba la concepción de una sociedad pacífica. Teniendo esto en cuenta y como es lógico, las políticas que hoy en día podríamos llamar de gobernación del estado se centraban en la correcta formación de guerreros cualificados y en base a ello cada azteca recibía una formación militar básica desde la infancia ya que para muchos era la única forma de ascender en la pirámide social y dejar de ser plebeyos o mazehualtzin. Curiosamente, la sociedad azteca era una de las pocas civilizaciones en las que la valía de un guerrero se medía de forma absolutamente meritocrática donde se destacaba por sus logros y habilidades militares especialmente medibles por el número de cautivos (maltin) que era capaz de reunir en batalla para los sacrificios; por ello pocos puestos militares eran exclusivos para la nobleza. La guerra y las incursiones en poblados vecinos eran las principales fuentes de víctimas para los festivales rituales de los mexicas así mismo como impulsores de tanto la economía como la religión del estado azteca.

Es curioso que Moctezuma tenía una armería real en su palacio donde se almacenaban lanzas (tepoztopillis), espadas-garrotes de obsidiana (macuahuitls) y escudos (chimallis), además de diversas armaduras (ichcahuipillis), como preparativos de guerra. Según diversas crónicas, estas armas y armaduras estaban hechas de obsidiana o sílex y madera, pudiendo llevar metales y piedras preciosas incrustadas en ellos como decoración, atendiendo al rango del guerrero.

Rey

Gran sacerdote dirigiéndose a la ciudad

Respecto a los objetivos y fines de las prácticas militares aztecas, fundamentalmente podemos atribuirles dos: el sometimiento político de sus rivales (con la obtención de botín o tributos y la fidelidad de la ciudad-estado) y la toma de cautivos para las ceremonias rituales (que a su vez eran una forma de mercancía y sustentaban la economía). En último lugar y relacionado con los otros dos, las expectativas que la nobleza ponía en el hueyi tlatoani (“gran orador” literalmente, equivalente a rey o dictador), que debía cumplir, así como las expectativas que tenían los plebeyos de ascender socialmente en las guerras. Ésto era tal que la primera medida del tlatoani electo era siempre una campaña militar con el propósito por un lado de demostrar su fuerza militar y dotes de líder y por otro de exponer que su gobierno sería tan firme contra las rebeliones como su antecesor, además de obtener un buen suministro de cautivos para su ceremonia de coronación. Una sucesión de campañas fallidas contra otros altepetl (ciudades-estado) rebeldes que hubieran sido dominadas por el anterior tlatoani suponían un funesto augurio y la duda de capacidad de gobierno; solían acabar en el envenenamiento y muerte del gobernante a manos de la nobleza territorial.

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Oigo rugir al jaguar: La organización militar azteca

Vía|Socialhizo

Imagen|Aztecas, Sacerdote

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