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¿Nos gusta sufrir?

analgesia

Cada vez más intentamos evitar el dolor, anestesiándonos.

La vida humana, ya desde el hecho mismo de la corporalidad, comporta la posibilidad de padecer dolor; sea dolor físico por enfermedad o traumatismos, o sufrimientos morales, fruto de las relaciones humanas, de los eventos de la existencia y del modo como se asuman o no las realidades cotidianas. Esta evidencia habría de situarnos en un punto de partida de normalidad para la gestión de los problemas y la eventual aceptación del sufrimiento, pero no siempre es así. Curiosamente, en diversos momentos históricos y las culturas la educación de los niños no ha encontrado el espacio para una educación equilibrada en este sentido, que favorezca una relación sana con el sufrimiento. Un enfoque realista que prepare a la persona para los imprevistos de la vida y para aprender a digerir algunas dosis de contrariedad y dolor.

Muchos psicólogos dicen que en nuestra cultura estamos formando cada vez más ciudadanos “intolerantes a la frustración”, incapaces de aceptar la más mínima oposición o contraste con sus apetencias o con su bienestar, y que se hunden cuando deben afrontar por sí mismos los embates de la vida. Tan es así que nos hallamos en la “sociedad de la analgesia”, en una cultura que evita a sus miembros, en todo lo posible, la confrontación con el dolor. El tiempo y el desarrollo de la vida misma, sin embargo, suelen encargarse de enseñarnos más o menos dulcemente a reaccionar con mayor flexibilidad y madurez.

Sentimientos encontrados

Si bien la mayoría de la gente dice que no le gusta sufrir, y en muchos casos es cierto, es asombroso constatar cómo también hay innumerables personas que no sólo no evitan el sufrimiento, sino que se lo provocan –usualmente a ellos mismos y a los demás-, al grado de que no saben vivir sin una dosis de molestia, dolor o incomodidad. Y no es ésta una referencia a las personalidades patológicas o tendencias sexuales llamadas sado-masoquistas, aunque estén en esa línea. Se trata de actitudes de la vida diaria en las que una persona busca constantemente el papel de víctima y se mantiene en él porque, a pesar de todo, le ofrece ventajas. En Análisis Transaccional se llama jugar a ‘pobre de mí’ o a ‘¿verdad que es horrible?’.

¿Paradójico? En el fondo, según la mayoría de las escuelas psicológicas humanistas, el eje de estas actitudes está en la imagen de uno mismo. Si la persona –casi nunca conscientemente- tiene una imagen pobre y reducida de sí misma, en el sentido de que cree que no es digno de ser feliz, sencillamente no se permitirá serlo. Encontrará siempre motivos para estar incómodo, fallar en su trabajo, encontrará gente que lo desprecie, etc. etc. Con frecuencia esta situación está basada en mensajes muy esquemáticos y primitivos que recibió en su infancia, mensajes que nunca cuestionó y que se grabaron a fuego en su memoria. Estos mensajes obran como “núcleos organizadores” de su concepto de sí mismos. Frases tan frecuentes como “este niño es muy malo”, o “tú tienes la culpa”, que provocan risas entre los adultos, si se repiten mucho, lograrán convencer al niño de que, en efecto, es malo y merece ser castigado. Si no encuentra nadie que lo castigue, lo hará él mismo.

Salir del círculo

Es muy arriesgado definir una actitud madura y sana ante el sufrimiento y el dolor. Pensemos en los rasgos de heroísmo y altruismo, cuando personas o grupos se entregan a una causa noble aún al costo de su propia comodidad e incluso de su propia vida; tales rasgos constituyen una gran aportación a la vida social y en pocos casos pueden reducirse a una realidad patológica. Pensemos en la capacidad de comprensión y la madurez que muchas personas logran cuando han pasado experiencias de dolor. El conocido psiquiatra Viktor Frankl obtuvo de su espantosa experiencia en un campo de concentración, una gran riqueza de observaciones sobre las cuales basó su sistema terapéutico, tan útil para miles de personas.

El sufrimiento no es para ser siempre buscado ni siempre evitado. Es un elemento de la vida humana con el cual hemos de aprender a convivir sin hacer de él el ingrediente habitual de nuestra existencia. Cuando se entra en un círculo inútil, estéril, de sufrimiento evitable, hay una carga de patología que habría que sanar en lo posible.

Vía| Leticia Soberón

Imagen| Anestesia, dolor.

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