Cultura y Sociedad 


¡No creer en Santa Claus es como no creer en las hadas!

En el que es probablemente el día más mágico del año, en esta ocasión me limito a dejar testimonio de la importancia de preservar la ilusión, especialmente la infantil, recopilando una dulce anécdota de 1897.

Virginia O´Hanlon, una niña de ocho años, hija de Philip O’Hanlon, médico forense, tomó la iniciativa de escribir una carta al diario The Sun de Nueva York, cuyo editor era entonces Francis P. Church:

Estimado Señor:
Soy una niña de ocho años. Algunos amiguitos míos dicen que Santa Claus no existe. Pero mi papá dice “si sale en The Sun, entonces sí”. Por favor, dígame la verdad, ¿existe Santa Claus?

Lógicamente sensibilizado, Francis Pharcellus Church (que había sido corresponsal de guerra durante la Guerra Civil Americana, época en la que fue testigo del sufrimiento humano y de su paralela falta de fe y esperanza en el mundo) se apresuró a escribir su respuesta a modo de editorial del periódico, bajo el título “Is There a Santa Claus?”, que fue, y probablemente sigue siendo, el editorial más reimpreso de toda la prensa en inglés:

«VIRGINIA, tus amiguitos están equivocados. Seguramente están influidos por el escepticismo de una época tan escéptica. No creen si no ven. Piensan que no puede existir nada que no sea comprensible para sus pequeñas mentes. Todas las mentes, Virginia, tanto si son niños como adultos, son pequeñas. En este gran Universo nuestro el ser humano es poco más que un insecto, una hormiga, en su intelecto, comparado con el infinito mundo que le rodea, en comparación con aquella inteligencia capaz de abarcar todo conocimiento y verdad.

Sí, VIRGINIA, Santa Claus existe. Es tan cierto como el amor, la generosidad y la devoción, y tú sabes que estos abundan y le dan a tu vida su mayor belleza y alegría. ¡Qué triste sería el mundo si no existiera Santa Claus! Sería tan triste como si no existieran las VIRGINIAS. Entonces, no habría inocencia infantil, ni poesía, ni romanticismo para hacer llevadera nuestra existencia. No tendríamos más gozo que el de ver y sentir. La eterna luz con la que la infancia ilumina el mundo se extinguiría.

¡No creer en Santa Claus! ¡Es como no creer en las hadas! Podrías decirle a tu papá que contratase empleados que observaran atentamente todas las chimeneas en Nochebuena, pero incluso aunque no vieran a Santa Claus descender por ellas, eso ¿qué probaría? Nadie ve a Santa Claus, pero eso no significa que no exista. Las cosas más auténticas del mundo son aquellas que ni los niños ni los adultos pueden ver. ¿Has visto alguna vez hadas bailando en el jardín? Claro que no, pero eso no demuestra que no estén ahí. Nadie puede concebir o imaginar todas las maravillas que no se ven o pasan desapercibidas en el mundo.

Puedes romper un sonajero y ver lo que produce el ruido en su interior, pero hay un velo sutil que cubre el mundo invisible que ni el hombre más fuerte del mundo, ni toda la fuerza unida de todos los hombres más fuertes de la historia, podrán jamás rasgar. Sólo la fe, la alegría, la poesía, el amor, el romanticismo pueden descorrer esa cortina y ver e imaginar su belleza sobrenatural y todo su esplendor. ¿Es todo esto real? Ah, VIRGINIA, en este mundo no hay nada más real y duradero.

¡Que no hay Santa Claus! Gracias a Dios, Santa Claus vive, y vivirá para siempre. Dentro de mil años, Virginia, diez veces diez mil años más, él seguirá alegrando los corazones de los niños.»

Pasados los años, Virginia se hizo profesora. Gracias a aquella carta infantil recibió correspondencia de “fans” durante toda su vida. Murió en 1971, a los 81 años.

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Vía: Letters of Note, compiled by Shaun Usher
La traducción es mía.

Imagen: Virginia O’Hanlon, circa 1895.

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