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Niños en busca de identidad: no les robemos sus límites

         Fue en torno a los años sesenta cuando empezó a popularizarse, a partir de los Estados Unidos, una tendencia educativa fuertemente impresionada por los postulados freudianos sobre la frustración y los traumas que resultaban de reprimir las tendencias naturales e instintos infantiles. Así pues, como reacción ante los peligros –reales- de una educación basada en el dominio y la represión, se caminó en sentido opuesto y se comenzó a evitar a toda costa contrariar a los pequeños, para que crecieran “libres” y sin cortapisas, satisfaciendo en todo momento sus deseos. Al niño debía dejársele hacer aquello que más le apeteciera, suprimiendo cualquier regaño que cortara en flor sus iniciativas. Poco a poco los pedagogos y maestros, las jóvenes madres y la opinión pública fueron asumiendo como indiscutible y absoluto este postulado, y en sus aplicaciones se ignoraron las voces que reclamaban equilibrio y matices entre ambos extremos.

Una parte del complejo panorama humano actual puede explicarse, tal vez, en esa manera de educar. Sin atribuir a ese solo factor lo que hoy vemos, no se puede evitar que nos lo evoquen la alta tasa de ansiedad y depresiones y la escasa tolerancia hacia el sufrimiento y la frustración que se dan con frecuencia en la generación más joven.

Pero… ¿por qué habría que ponerse límites a un pequeño que no sabe lo que hace? Imaginemos a una persona que llega a un cuarto completamente oscuro. No sabe qué forma tiene la habitación, ni si hay muebles u objetos peligrosos. Con las manos extendidas a ciegas, el sujeto intentará tocar alguna cosa, un muro o algún punto de referencia para empezar a hacerse una imagen del lugar donde está. Si cada vez que se acercara a la pared ésta se retrajera unos centímetros, la persona empezaría a vivir un estado de ansiedad por falta de marcos de referencia. En cierto modo el niño es así: para conocerse a sí mismo y conocer el mundo en el que vive, requiere saber hasta dónde puede llegar; dónde termina él y dónde empieza el mundo de los demás. Es esencial para la formación humana saber que los propios actos tienen consecuencias, a veces dolorosas. Cuando el pequeño toca los límites permitidos a su acción y se le frena, quizá pueda tener un acceso de ira, pero crecerá mucho más sano y seguro.

Es importante marcar límites a los niños pero siempre adoptando un estilo de comunicación democrático.

Es importante marcar límites a los niños pero siempre adoptando un estilo de comunicación democrático.

Para marcar límites al pequeño no hace falta recurrir a la fuerza, lo importante es hacerlo con amor y empezar a tiempo: desde la cuna cuidando el ritmo de vigilia y sueño, luego la enseñanza sobre lo limpio y lo sucio, y más cuando inicia su autonomía de movimientos. Frases como “aquí no puedes gritar”, o “sólo puedes jugar a la pelota en el patio” irritan a todos los niños del mundo, pero les sirven como puntos de apoyo para construir la “columna vertebral” de su personalidad y desempeñarse en el mundo más sanos y seguros. Sin estos límites les será muy difícil llegar a saber quiénes son e incluso qué desean. Más aún: sin ellos se dificulta mucho el crecimiento de su libertad. La experiencia terapéutica demuestra que los adultos que fueron niños mimados tienen una identidad poco definida, soportan con dificultad las contrariedades y les cuesta mucho asumir la realidad.

En el no fácil camino por el cual cada ser humano descubre quién es, qué desea y qué puede hacer, la familia y la sociedad no sólo no son impedimentos, sino son la condición de posibilidad para que este proceso culmine con éxito. No es por la vía de “robarles” sus límites como favoreceremos que las nuevas generaciones alcancen una auténtica madurez y felicidad.

Vía| Leticia Soberón

Imagen|Estilo democráticoLímites

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