Reflexiones 


Navidad, Navidad, falsa Navidad

Esta época del año me tiene muy confundida. ¿O sea que, en realidad, todo el mundo tiene la capacidad de ser amable y considerado pero elige ser un sinvergüenza durante el resto del año?

Siempre creí que era la mejor fecha para volver a casa cuando estabas lejos, pero este año me han entrado ganas de que me tragase la tierra nada más bajarme del avión. De repente todo el mundo me estaba preguntando qué quería como regalo, que me apurase decidiendo, que la Nochebuena estaba al caer. Es que, además de Navidad, yo también celebro mi cumpleaños. Imaginaos qué difícil es entonces para mí escapar a esa fiebre consumista que afecta a todas las familias en Diciembre. ¿Acaso alguien se ha parado a preguntarme qué tal me va? No, me preguntan mi talla de zapatos o si querré gambas en el entrante.

Mires donde mires, todo son excesos.

Mires donde mires, todo son excesos.

Ese tiempo que perdemos yendo al centro comercial a última hora para comprar algo a alguien y quedar bien, ¿por qué no invertirlo en verle, escucharle y pasar un buen momento? ¿Hay algo más valioso para regalar que un poco de nuestro tiempo? Pero a ver quién es el valiente que aparece con las manos vacías después de no haber visto a esa persona durante un año. Ése es el problema; nos olvidamos de que hay otras 364 oportunidades para demostrarles que nos importan.

De repente todos se acuerdan de quienes lo pasan mal y participan en recogidas de alimentos y donaciones, pero la mesa del comedor sigue estando igual de llena que siempre, con comida para alimentar a un regimiento y con bebida para hacer cantar al más tímido. Mires donde mires todo son excesos y, entre el ruido y el frenesí, se nos pasan por alto los detalles más importantes, como por ejemplo, que las mujeres cocinan y los hombres esperan sentados el segundo plato.

Un montón de desconocidos te saludarán y te desearán unas felices fiestas y un montón de personas de las que ni te acordabas llenarán tus tablones en las redes sociales con felicitaciones de lo menos sentido y de lo más cutre. Quizás no vuelvas a saber de ellos hasta las Navidades siguientes, pero han tenido el detalle de pensar en ti por cinco minutos. Y el teléfono… mejor apagarlo. No hay nada peor que ver una mesa de comensales respondiendo mensajes de Whatsapp y compartiendo vídeos estúpidos. Mientras eliges los emoticonos adecuados se te enfría la sopa.

No me malinterpretéis, no odio la Navidad, tan solo me parece que últimamente esta celebración se nos está yendo un poco de las manos. Menos mal que entre los que me rodean todavía encuentro a gente especial que es capaz de convertir cualquier momento en una fecha señalada y disfrutar de las cosas simples y auténticas, sin importar qué día esté marcado en el calendario.

Imagen | Familias con Diabetes

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