Cultura y Sociedad, Historia 


Napola: otro tipo de educación

 

El horror del régimen nazi es algo que hoy en día no se nos escapa a ninguno.

Entre muchas de las brutalidades que componen las paginas mas negras de la historia de la humanidad, las Napolas (o escuelas de educación nazi) son uno de los innumerables datos necesarios para entender (o al menos intentarlo) el alcance de esta ideología.

Uno de los principales anhelos de los simpatizantes con el régimen, era formar a jóvenes alemanes en una educación que permitiera convertirlos en los futuros dirigentes políticos, capaces de llevar a Alemania a la grandeza que ansiaba conseguir el III Reich.

Las NPEA o Napola (Establecimiento de Educación Nacional-política) eran escuelas donde se preparaba a una selecta minoría de alumnos entre los 10 y los 18 años.

Estos centros empezaron a funcionar el 3 de Mayo de 1933, cuando fueron inaugurados tres de ellos, asociados a la Hitlerjugend (las conocidas como Juventudes Hitlerianas) pero costeados por el Ministerio de Educación. En 1936, la SS se hace con el control de las Napolas tras haber ido ganando influencia en ellas progresivamente.

La educación que se impartía en este tipo de centros era ante todo estricta, multidisciplinar y prolongada durante años.

Una vez completaban su formación, los alumnos se disponían a comenzar sus estudios universitarios o a ingresar en alguna escuela de ingeniería.

Se proporcionaba una enseñanza académica completa, que abarcaba historia, geografía, música, arte, idiomas, política, matemática, biología, física…etc.

Se alentaba la especialización, tanto académica como deportiva. Algunas Napolas se destinaban a formar científicos, otros, a lingüistas…etc. para así, conseguir tener profesionales de todas y cada una de las ramas.

Precisaban jóvenes sanos, anímicamente activos y, como no, racialmente puros. Todo aquel que no cumpliera todos estos requisitos podía descartar de antemano ingresar en una de estas instituciones: ni miopes, ni sordos, ni ninguna persona que presentara algún tipo de discapacidad recibía consideración alguna.

Pero pese a que se cultivaban todo tipo de disciplinas, ­­­la educación física era la base del adoctrinamiento: entrenaban a los jóvenes en remo, boxeo, esgrima y todo tipo de actividades que fomentara el ejercicio y el culto al cuerpo. Todo lo que hiciera falta para inculcar a los niños desde pequeños la conciencia de caballero de armas que todo lo puede.

B. Baumann, un hombre que formo parte de estas escuelas, dejó escrito un testimonio de lo que fue el momento de demostrar que estaban preparados para ser considerados “hombres de honor” para Alemania:

“Y llegó el día de la prueba de valor. Nos condujeron a una habitación en el primer piso del primer pabellón, cuya ventana daba directamente sobre la explanada principal de Schulpforta. La ventana estaba abierta y una rampa de madera, atravesada, llevaba directamente hacia la ventana. Entonces se nos reunió a los que íbamos a someternos a la prueba junto a la pared posterior de la habitación, se nos entregó una nota escrita y se nos soltó una pequeña conferencia. Luego deberíamos recorrer un trecho sorteando obstáculos para llevar un mensaje lo más rápidamente posible a un punto señalado de antemano. Quien llegase el primero con la nota a la habitación sería el vencedor. Impresionante y arriesgado, pensé yo entonces. Daba por supuesto que volveríamos al cuarto con los huesos rotos. Con todo no pude evitar detenerme cuando estaba ya en la rampa. Luego miré desde la ventana una lona tendida a modo de cama elástica, y salté. Después, una vez en el suelo, recorrí el circuito de cestas y barreras trazado en lo que fue jardín conventual, atravesando el arroyo y el campo de Schulpforta.

En previsión de caídas se había cortado la superficie de témpanos un par de metros, a un lado y otro de la cuerda, de modo que no pudiésemos caer en el hielo sino en el agua.
El final parecía un número de rodeo. Teníamos que cabalgar a lomos de un caballo que aún no había aceptado la silla. El animal giraba en un círculo, atado a un ramal. El alumno se lanzaba a la grupa y tenía que aguantar todo lo que pudiese. Para los cursos superiores era una diversión grandiosa ver cómo los nuevos trataban de hacerse con el caballo y caían sin excepción. Cualquiera podía romperse los huesos y algunos de nosotros terminamos así. Los educadores lo comentaban después citando a Nietzsche: “Alabado sea todo aquello que nos hace más duros”.”

Vía| Extrados

Imagen| Extrados

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