Reflexiones 


Música: el lenguaje de las emociones

Recientemente se han publicado declaraciones del Ministro de Educación donde alegaba que las educaciones artísticas distraen de las demás asignaturas.

Hoy no voy  a relatar las múltiples cualidades de la música en el organismo, pero quiero hacer hincapié en la importancia a nivel antropológico y emocional:

Cuando nacemos, el timbre de voz de nuestra madre nos calma, es una melodiosa voz que jamás olvidaremos, al igual que la de nuestro padre, hermanos abuelos y seres queridos. Lo primero que aprendemos es conocer esos timbres que marcarán nuestra vida y a los que dedicaremos nuestro afecto. En esta temprana etapa conocemos nuestras primeras piezas musicales: las nanas, que nos ayudan awedding-495271_640 conciliar el sueño.

Posteriormente, en nuestra infancia, descubrimos cuándo estas personas están felices, están orgullosos de nosotros, están tristes, necesitan ayuda, están enfadados… tan solo con escuchar su voz.

Es también en nuestra niñez cuando descubrimos los amigos y el juego, que va acompañado habitualmente de canciones: “el corro de la patata”, “dónde están las llaves”, “tengo una muñeca”, y la melodía de los dibujos animados: Barrio Sésamo,  Teletubbies, …que han determinado nuestra infancia.

Cuando somos adolescentes, nos refugiamos en la música para dar salida a los sentimientos y definimos nuestros gustos musicales. Cuántas generaciones de jóvenes habrán forrado sus carpetas con fotos de sus cantantes favoritos, cuántas tardes melancólicas habrán pasado escuchando baladas con su primer desamor, y cuántas veces se habrán disfrazado emulando a sus ídolos. ¿Y esas largas colas de espera para poder ir a verlos? ¿Y la cantidad de meses ahorrando para poder sacar las entradas y llevar su merchandising? El primer baile, la primera fiesta…

Luego llega nuestra edad adulta, nos enamoramos, perdemos a los primeros familiares, nos graduamos, y en todo este camino nos acompaña la música: la canción con la que nos conocimos; el réquiem a ese ser querido que se fue, la música que le gustaba, la que le unía a mí; el Gaudeamos Igitur, o la Sarabanda Académica de nuestra graduación, con la que siempre recordaremos la etapa de estudiantes de nuestra vida y valores como el sacrificio y el esfuerzo.

Llega nuestra boda, y un momento tan especial también requiere una música especial, que mantendremos eternamente en nuestra memoria.

Es curioso que en el ocaso de nuestra vida, cuando nos olvidamos de nuestros recuerdos a causa de la vejez, si recordamos melodías que nos provocan determinados sentimientos.

En definitiva, la música no nos distrae, es inherente a nosotros, nos acompaña toda la vida, nos evoca sentimientos, forma parte de nuestra cultura y nuestro folklore, y como tal debemos amarla y defenderla siempre.

 

Vía|  Texto cedido por la autora

Imagen| Tomada de pixabay.com

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