Historia 


Mujeres y cristianismo. Breve recorrido histórico

Entre los discípulos de Jesús de Nazaret hubo numerosas mujeres, por ejemplo María Magdalena. Solía resaltar en su doctrina elementos positivos de ellas como su fortaleza para amar y su fe sencilla mientras rechazaba el desprecio y marginación a los que se condenaba a la mujer en el judaísmo. Fueron las mujeres quienes permanecieron junto a la cruz donde murió: María, su madre, María Magdalena junto con María la esposa de Cleofás (hermana de María madre de Jesús), María la madre de Jacob y José, la madre de los Zebedeos.

Santa Cecilia

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En las comunidades cristianas dirigidas por San Pablo, las mujeres desempeñaron un papel importante. Él no dudó en mostrar palabras y gestos hacia las mujeres en sus cartas. Las saludaba con cariño resaltando sus cualidades, las cuales consideraba auténtico patrimonio del cristianismo: grandeza de espíritu y su fe. Ellas trabajaron activamente en las comunidades paulinas enseñando y evangelizando, pues iban a otros lugares a predicar, desempeñando una labor reconocida por San Pablo en sus cartas como necesaria para la evangelización. Mencionó, especialmente, a Febe, Prisca, Trifena y Trifosa, María, Preside y Julia. Hay otra mujer cuyo nombre no indica, Madre de Rufo y hermana de Nereo. Están, también, Claudia, Cloe, Apfia. Evodia, Síntique y Ninfas. Ayudaron en la predicación del Evangelio, la formación de los catecúmenos y ofreciendo sus casas como lugar de oración.

Con el paso del tiempo los varones ganaron mayor protagonismo en la Iglesia que las mujeres. Hubo, no obstante, quienes se rebelaron según algunos textos apócrifos y extra canónicos. En los Hechos Apócrifos de los Apóstoles, por ejemplo, se relata como en Asia Menor, las mujeres se resistieron a perder protagonismo en la Iglesia decidiendo permanecer célibes, obteniendo mayor participación eclesial. Tertuliano, San Irineo o San Cipriano mencionan la existencia de grupos dirigidos por mujeres en los que ellas se encargaban de bautizar, predicar, enseñar o misionar, incluso de presidir algunas celebraciones litúrgicas.

Hubo mujeres que no se rebelaron pero quisieron consagrarse a Dios y servir a la Iglesia: el grupo de las Vírgenes. En el Concilio de Elvira (305 d.C.) se menciona su existencia al hablar del Pactum Virginatis. Eran mujeres que decidieron vivir en celibato, algo que no estaba bien visto en Roma, pues la ley establecía que los hombres y mujeres debían contraer matrimonio. Algunos romanos, sin embargo, no lo vieron del todo mal, como el emperador Septimio Severo, para quien estos cristianos (había también varones) que se abstuvieron durante toda su vida del acto conyugal “en la búsqueda apasionada de la honestidad han ido mas lejos que los verdaderos filósofos”. Con esta frase hizo un alegato a favor de una virginidad defendida por algunas corrientes filosóficas. Mientras no tuvieron estructura social, las Vírgenes permanecieron bajo la tutela de su Pater Familias o un tutor nombrado por este, pues una mujer no debía vivir sola. Al principio no llevaban velo, pues era un elemento propio de la mujer casada. En el siglo II es probable que ya lo llevaran, pues según Tertuliano “No es una falsedad que tu (la mujer consagrada) pases por casada ¿no estás desposada, por tu virginidad, con Cristo? Si él manda que las prometidas de los otros lleven el velo, con mayor razón lo han de llevar sus propias desposadas”. Este autor resaltó el valor de quien por decisión personal quería ser virgen sin que, por ello, se la juzgase como si hiciera algo malo. A la hora de vestirse, las mujeres vírgenes no debían llevar las túnicas hasta los pies, por ser causa de soberbia. Tampoco podían vestir túnicas demasiado cortas, por resultar impúdicas. La virginidad fue considerada una forma fuerte de apostolado: tenían por misión cuidar a los enfermos y confirmar a los demás en la fe. Esta labor tiene especial relevancia durante la época de las persecuciones, pues las mujeres vírgenes mostraron gran valentía. Fueron personas especialmente preparadas para la evangelización, tal como dice San Cipriano en su Carta a las Vírgenes.

Con el monacato, aparecieron congregaciones religiosas que vivían en un monasterio. Tras el Concilio de Cartago (398 d.C.), las mujeres cuyos padres habían fallecido debían vivir en comunidad. En época medieval se extendió esa obligación a toda mujer que quisiera permanecer virgen. En 1970, tras el Concilio Vaticano II y el nuevo Ritual de Consagración para las Vírgenes, se ha vuelto a aceptar la existencia de mujeres que permanecen en la virginidad durante toda su vida sin tener, por ello, que vivir en una comunidad. Además de estas vírgenes, hubo mujeres que, tras la muerte de sus maridos, decidieron convertirse en lo que se conoció como Viudas cristianas. Una vez fallecido su marido la mujer viuda permanecía célibe durante el resto de su vida quedando enteramente al servicio de la Iglesia.Hubo mujeres, como la nombrada Febe, que ejercieron el diaconado en la iglesia de Cencreas. Las diaconisas tenían como misión predicar y atender a los enfermos de la comunidad. Algunas de ellas también instruían a las mujeres de los catecúmenos, distribuían las limosnas de los fieles y enseñaban la ceremonia del bautismo. Normalmente se consagraban como diaconisas las viudas de, al menos, sesenta años, que no hubieran tenido más de un marido y que hubieran dado una buena educación a sus hijos. Durante su vida debían sido personas hospitalarias, ayudado a los atribulados y practicado toda obra buena. Se dedicaron a obras de caridad y misericordia. El diaconado femenino permaneció en la Iglesia Católica hasta el siglo X y en la Ortodoxa hasta el XII.

Hoy en día las abadesas realizan una labor similar en sus monasterios. En Francia, hasta la Revolución Francesa, perduraron vestigios de diaconisas en ciertas iglesias. Un ejemplo lo tenemos en las monjas cartujas de Saleth, quienes en el altar desempeñaban el oficio de diácono y subdiácono tocando los elementos litúrgicos. También el caso de la abadía de San Pedro (en Francia), cuya abadesa cantaba la epístola y llevaba manípulo (estola pequeña) en la mano (al contrario que los diáconos, quienes lo llevaban en el brazo).

Vía| Luis Glinka: La mujer en la Iglesia Primitiva. Random House Mondadori, 2003.

Más información| Carmen Bernabé (Editora) Mujeres con autoridad en el cristianismo primitivo. Editorial Verbo Divino

Imagen| Santa Cecilia

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