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Mírate

Me alegraría poder decir que soy la única que no lo tiene, pero mentiría. Me gustaría sorprenderte diciendo que no lo necesito, pero volvería a mentir. Y es que yo también tengo un espejo en casa. Bueno, hablando con sinceridad, yo también tengo más de un espejo en casa…

¿Te has planteado alguna vez para qué los pusiste? Podríamos construir una lista en la que el fin último de sus usos sería uno solo: analizarnos. Comprobar si salgo lo suficientemente guapo a la calle, si me pinté bien los labios, decidir que aquello que me compré ya no me favorece, que los tacones me matan pero frente al espejo me estilizan, que aún no amorticé el dinero del gimnasio, que debo beber más agua y gesticular un poco menos, que la crema antiarrugas ya es de por vida, que este verano no me puse tan moreno como esperaba, y que la celulitis me amarga. En definitiva, volver a comprobar -día tras día- que aún no aprendí a quererme. Que me entrené para exigirme, pero no para aceptarme y que regalarme una sonrisa me cuesta.

Imaginarnos una vida sin espejos puede resultar de lo más arriesgado y, por qué no, de lo más divertido. Pero quizás ahora no vaya tan lejos mi deseo, no. No siempre la solución es desprenderse de las cosas y abandonarlas. Puede que simplemente pase por aprender a usarlas. Echarle imaginación y encontrar la manera única de hacerlas nuestras.

Y entonces así, poder levantarme cada mañana y -frente al espejo de mi habitación- sonreír por este nuevo día. Correr al baño y, al salir de la ducha, sentirme renovada frente al espejo para comenzar de nuevo. Al salir de casa, ver el destello de sol que -atravesando el balcón- se refleja en el espejo del salón y agradecer el cálido brillo que el día me regala. Bajar en el ascensor y utilizar el espejo para decirme: ¡Vamos, convierte este día en inolvidable!.

Subir al coche y, por el retrovisor, regalarle una sonrisa al conductor que paró tras de mí en el semáforo. Llegar a la oficina y, en el espejo de la entrada, encontrar la ilusión por volver a dar lo mejor de mí en este día. Quedar para cenar y disfrutar de todas las risas que comparto con las personas que quiero frente al espejo del restaurante.

Volver a casa y, al cepillarme los dientes, encontrar la complicidad en mi mirada recordando todo lo bueno que viví. Lavarme la cara y, al secarme con la toalla, ser capaz de perdonarme frente al espejo por lo que hoy no regalé al mundo.

Y, justo entonces, decirme a mí misma: Ojalá mañana encuentre un par de espejos más que me ofrezcan de nuevo saborear la vida.

Imagen| El mundo en fotos

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