Historia 


Miedo y asco junto al Monte Sorrel

A falta de Auschwitz o el gulag de Nazino -también llamado por el escalofriante nombre de la ‘Isla de los Caníbales’-, encabeza mi particular ranking de lugares horribles visitados uno de aquellos en los que después de un pormenorizado recorrido, al abandonarlo, salí con más canas de las que ya peinaba al entrar: la Colina 62, al Sureste del Saliente de Ypres (Bélgica).

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El pasado 2 de junio se cumplía un siglo del inicio de la batalla del Monte Sorrel. Oficialmente, la misma, vería su conclusión el día 13 del mismo mes, si bien es cierto que sobre esta castigadísima elevación de los campos de Flandes se continuó disparando durante buena parte del resto de la Primera Guerra Mundial.

El mencionado combate supuso el bautismo de fuego de la Tercera División de las Fuerzas Expedicionarias Canadienses que hasta la fecha había permanecido estática en roles defensivos. Estacionada en la primera línea del vértice más oriental del Saliente face to face with the Enemy-, su posición dominaba el frente desde las moderadas alturas del Monte Sorrel y las dos colinas adyacentes conocidas como 61 y 62 por su elevación en metros sobre el nivel del mar. En un campo de batalla llano como era el belga, la posesión de aquellas cotas se hacía perentoria para observar y atacar al enemigo. Hasta ese momento aquellos estratégicos altozanos habían estado en manos de los Aliados, pero Alemania estaba decidida a que cambiasen de mano. Y así ocurrió hace justo 100 años.

Amanecía el 2 de junio de 1916 cuando, como diría a Ernst Jünger, se desató la tempestad de acero. El mismo autor, que se comió cuatro años de Primera Mundial y aún tuvo ganas de participar en la Segunda, tiene otro evocador símil para referirse a lo que desencadenaron los teutones aquella mañana: el triturador “fuego de tambor”. Escuchen el estruendo del redoble y sustituyan las baquetas por obuses que percuten contra un parche representado por trincheras que, por secciones completas, se volatilizan en segundos. Árboles reventando en miles de astillas de metralla mortal. Soldados que saltan por los aires cuando no se convierten, literalmente, en carne de cañón, bien picada.En determinados sectores las bajas llegaron al 90% y hasta el mismísimo general de la División -Malcolm S. Mercer-, que desafortunadamente se encontraba inspeccionando sus posiciones, murió con los tímpanos reventados y una pierna inservible, víctima del ‘fuego amigo’ con el que las baterías de la Commonwealth intentaban replicar. En vano.

Tras aquel terrible bombardeo, poco después del mediodía, cuatro minas estallaban bajo las líneas canadienses en el Monte Sorrel. Esa era la señal para el asalto. Batallones y batallones de infantería avanzaron entre una nube de polvo y humo, conformando siniestras oleadas de espectrales sombras Feldgrau. A decir de los pocos supervivientes su cadencioso paso era sosegado, como sabedor de que tras aquella brutal tormenta de fuego no habría oposición. A los que resistían, aturdidos por las explosiones, los neutralizaron con granadas o espetaron en bayonetas. Un éxito. Tanto es así que, de no haber cumplido las órdenes a rajatabla como buenos (y cuadriculados) alemanes, si en lugar de consolidar el terreno recién capturado hubiesen seguido avanzando como valientes, muy probablemente, podrían haber tomado Ypres, el particular dedo inglés que se metía en el ojo de sus líneas y tantos desvelos les causaba. Pero no, aquella jornada se conformaron con el pájaro en mano… Al otro lado de las trincheras, ante aquella nueva amenaza, los Aliados llegaron incluso a plantearse abandonar el famoso Saliente, su símbolo de resistencia como para los franceses era Verdún. La nueva situación obligaba a destinar más tropas y recursos a la zona pero esto era casi imposible. En dicho verano todos los esfuerzos bélicos se volcaban en la inminente gran ofensiva sobre el frente del Somme -la mayor concebida hasta la fecha de toda la historia militar sólo superada por el Desembarco de Normandía- y los alemanes eran muy conscientes de ello. Había que resistir con lo que restaba o poco más. De hecho, no sólo eso. Tenían que recuperar lo perdido, al precio que fuese.

El Teniente General Julian Byng, ahora al mando del Cuerpo, ordenó un contraataque inmediato para aquella misma noche. Sin apenas preparación, las tropas que se movilizaron tardaron varias horas más de las previstas en llegar a sus posiciones de asalto y para cuando las alcanzaron ya amanecía. La señal de inicio establecida fue el lanzamiento de bengalas, mas al ser disparadas varias no estallaron y sólo algunos efectivos saltaron la trinchera, a plena luz del día, para reconquistar el terreno. Pese a que algunos canadienses consiguieron hacer retroceder a los fritzies en determinados lugares y se establecieron precariamente a la defensiva, en general aquel desesperado combate fue repelido suponiendo un rotundo fracaso segador de muchas vidas.

El 6 de junio Alemania volvió otra vez a la carga haciendo estallar bajo las líneas aliadas del ‘Hot Corner’ de Hooge otras cuatro minas (en la actualidad, los cráteres que formaron hasta la capa freática se han convertido en un bucólico lago).

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La maniobra se repetía; los infantes se lanzaron para rematar la faena, en este caso haciendo uso de una terrible y nueva arma llamada a convertirse en un clásico a la hora de ‘limpiar’ las posiciones asaltadas: el lanzallamas. La práctica totalidad del Saliente estaba en sus manos y las baterías enfilaban a merced la ciudad de Ypres. La situación no podía ser más nefasta cuando, para colmo de males, el tiempo empeoró imposibilitando cualquier contraofensiva.

Pero aquel impasse, en realidad, benefició a los canadienses. Ahora sí, con la debida preparación planearon un arrojado ataque de reconquista sobre el Monte Sorrel y nuestra Colina 62. El mismo se lanzó la madrugada del día 13, con nocturnidad y alevosía después de cuatro días de bombardeo pesado de distracción sobre las líneas enemigas, cuyos defensores estaban desconcertados al no recibir el protocolario asalto que esperaban tras cada uno de ellos. Pero aquella noche sí habría lucha. A la 01:30 los aliados saltaron la trinchera protegidos por una barrera de fuego y humo movida por un furioso viento. Además llovía, pero el agua no apagaba su sed de venganza mientras avanzaban por el lodazal del inerte paisaje lunar formado por la artillería. Tras un sangriento combate cuerpo a cuerpo, en sólo una hora hicieron retroceder a los alemanes hasta casi todas sus posiciones originales previas y se atrincheraron a la espera de contrataques, que llegaron, pero no consiguieron desalojarles. El frente volvió a estabilizarse con los oponentes separados entre sí a poco más de 100 m. La arrasada Colina 62, a partir de ese momento, quedó en el incierto limbo de la ‘tierra de nadie’

Hoy día, aquel campo de batalla es una suerte de visitable museo de los horrores llamado Sanctuary Wood. Este desconcertante nombre proviene de los primeras fases de la guerra cuando esta zona, otrora boscosa, se utilizaba para proteger a los heridos en la retaguardia. Al poco de salir de Ypres por la Menin Gate -donde figuran los nombres de los casi 55.000 soldados de la Commonwealth que combatieron en la zona y cuyo cadáver sigue en paradero desconocido-, a la derecha, tomando el desvío hacia la carretera Canadalaan -por razones obvias- al poco se llega a un cementerio donde yacen 636 aliados reconocibles, algunos de los cuales participaron en la batalla del Monte Sorrel, y otros 1353 sin identificar. Ya descansan en paz.

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Sigan por el mismo camino, verán que asciende flanqueado por arces traídos desde Canadá. Están ustedes en la Colina 62. Una centuria atrás, subirla no era tan fácil. En la cima se yergue el memorial, como parte de los cinco en honor a las fuerzas que cruzaron el océano para combatir por la libertad de Bélgica durante la Gran Guerra. Su diseño aterrazado no hace sino enfatizar aún más la pendiente natural, eleva. Dense la vuelta y observen en la lotananza las torres de Ypres, ponderen el valor estratégico: ¿Cuánta sangre valía esa altura?

Tras el ascenso, la katábasis catártica. A mano izquierda tienen el Sanctuary Wood Museum y las trincheras de la Colina 62. Ambos, en la actualidad, son de propiedad privada, pero si se paga algo más de un par de óbolos te permiten la entrada al infierno terrenal. También tienen bar, tómense un trago duro, doble, antes de pasar…

La Colección expuesta -o acumulada directamente- no tiene desperdicio, pero no esperen nada al uso. Si les gustan, como a mí, los viejos uniformes, las antiguallas y todo tipo de artefactos del mal, este es su sitio; pan caliente. El polvo, las telarañas y el olor a humedad terminan por conformar la escena. No dejen de mirar a través de las máquinas las fotografías estereoscópicas de la época, el horror de la guerra en 3D.

Pero hasta aquí, para qué engañarnos, hemos venido a pisar trincheras. Eso sí, accedemos a ellas bajo nuestra propia responsabilidad ya que como reza un letrero en su entrada -en inglés, francés y neerlandés (los alemanes, que se apañen)-, “la Dirección no se responsabiliza de los accidentes”. En el umbral uno se pregunta si no hubiese sido mejor ir a celebrar el cumple de su chica a París y comprarle rosas en vez de amapolas

Lunes 26 de octubre de 2014 (832 Photoshop)

Estas son las posiciones de la Commonwealth, la primera línea del frente. Sin duda, unas de las zanjas mejor conservadas que podemos recorrer un siglo después de la batalla. Casi se diría intactas, casi. En aquellos costurones históricos, si ha llovido, hay barro y huele a podrido. Aquel fango gris que llegaba a las rodillas -o más allá- a los pobres soldados que las defendieron, aquel olor…que, esperemos, sólo sea el producto de la descomposición orgánica del bosque. Ya no hay boches al otro lado, asómense tranquilos a un parapeto y observen los embudos producidos por los obuses, hay decenas, al igual que restos de proyectiles, bobinas de alambre de espino, todo tipo de quincalla oxidada y hasta troncos de árboles que también cayeron víctimas de la contienda.  Si tienen lo que yo no tuve y una linterna, adéntrense en las fauces oscuras del túnel, pero no tengo ni idea de dónde termina; ármense de algo más que valor, nunca se sabe.

Aquella fue la visita más sombría de la que tengo recuerdo. Allí, pese a la reverenciosa quietud y el silencio de los concurrentes, se mascaba la tragedia. Más de 8000 canadienses sucumbieron, fueron heridos o desaparecieron en aquella batalla; del otro bando casi 6000 ¿Para qué? En 1918 todo aquello cambiaría de mano, otras dos veces. Más cadáveres. Después vendría la Segunda Guerra Mundial, decenas de millones de muertos. Supongo que puse mi peor cara al pensar que, en aquel ya lejano octubre de 2014 -como ahora-, Alemania volvía a dominar Europa, aunque fuese económicamente.

En la declinante luz del ocaso otoñal recuerdo que de pronto sentí miedo y asco, junto al Monte Sorrel. Pero no estaba solo, no in No Mans Land

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A Celia Tolón Ferrón,

que pronto se va a Bélgica y me consta que le gusta la Historia…

Vía| CAVE, N., Sanctuary Wood and Hooge. Ypres, Barnsley, Pen & Sword Military, 2013 (1993); HOLT, M., HOLT, V., Battlefield Guide to Ypres Salient and Passchendaele, Barnsley, Pen & Sword Military, 2011 (1996).

Imágenes| Ángel Carlos Pérez Aguayo.

En QAH| Especial sobre la Primera Guerra Mundial.

 

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