Cultura y Sociedad, Historia 


Mi reino por una botella: la rebelión del güisqui (II)

Retomamos la cuestión donde la dejamos. El prudente Washington, que a diferencia del joven e impetuoso Hamilton sí que había luchado en una guerra de verdad, intenta una última solución amistosa. Envía una comisión presidencial a los rebeldes, intimándoles a rendirse y prometiendo el perdón por sus actos. Éstos votan y por mayoría acuerdan aceptar la propuesta del Presidente; pero Hamilton, al conocer que no todos habían votado a favor, se mantiene en sus trece y exige sumisión total, continuando la marcha al frente de sus 13.000 hombres. Para más inri, desobedece la orden del Presidente de castigar el saqueo con pena de vida, y da carta blanca a sus milicianos para sustentarse de la tierra y así avanzar más rápido, sin la carga de carros de bastimentos que ralentizarían la marcha.

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El Presidente Washington pasa revista a sus tropas en Fort Cumberland (Maryland) antes de que marchen sobre Pensilvania.

Arribado al oeste de las montañas Allegheny, Hamilton no encuentra ni un alma donde se supone que deberían estar los rebeldes, que se han desvanecido en la bruma. No halla los alzamientos armados, las revueltas campesinas ni el terror revolucionario a la francesa con los que había azuzado a Washington para autorizar el uso de la fuerza. Rien de rien. A pesar de ello, Hamilton permite que continúen los saqueos y desencadena una ola de arrestos indiscriminados producto de su paranoia, pues pretende celebrar un juicio espectáculo a su vuelta a Filadelfia para justificar el ardor de su empresa y sus crecientes costes. Sin embargo, entre unas cosas y otras sólo fueron procesados 20 arrestados, de los cuales sólo dos fueron finalmente declarados culpables e inmediatamente indultados por Washington. La mayoría de los rebeldes se escabulleron del ejército de Hamilton y se adentraron más y más en la frontera, asentándose en lugares recónditos fuera del control del gobierno para seguir destilando güisqui a sus anchas y libre de impuestos. Entre otros, muchos de estos colonos se asentaron en Kentucky, que desde entonces se ha ganado la fama de centro histórico de producción de güisqui estadounidense (bourbon).

Haciendo balance de la Rebelión del Güisqui, cuando ésta terminó en 1794 sólo podían contarse cuatro rebeldes y un miliciano muertos en escaramuzas, así como 12 milicianos muertos por causa de accidentes o enfermedades durante las marchas. La efectividad del impuesto creado por Hamilton fue muy reducida, en la medida en que la mayoría de los rebeldes escaparon a la represión del gobierno y continuaron destilando su güisqui felizmente y libres de todo impuesto en las zonas más alejadas del país, donde escapaban a toda posibilidad de control gubernamental. Además, en 1801 Thomas Jefferson, enemigo jurado de Hamilton, fue elegido Presidente y entre sus primeras medidas se contó la abolición del impuesto sobre el güisqui.

Sin embargo, lo que sí es importante resaltar de este curioso episodio es que se trató de uno de los primeros enfrentamientos en los que la Federación vencía a las pretensiones estatalistas que rehusaban obedecer a un poder central fuerte, dialéctica que se mantendría durante todo el siglo XIX y buena parte del siglo XX. En efecto, una parte importante de la historia de los EE.UU. tras su independencia de Inglaterra, es la de la lucha tenaz, progresiva y sigilosa (casi siempre) entre los dos modelos políticos de la federación (abogando por un poder central fuerte, dotado de recursos propios y capaz de imponer su autoridad a los estados federados en última instancia) y de la confederación (apoyando un espíritu de libertad de los estados federados, que delegarían en la Federación sólo unas funciones mínimas como la defensa, las relaciones exteriores o la moneda). De todos es conocido que esta pugna alcanzaría su clímax durante la Guerra de Secesión (1861-1865).

A modo de conclusión, sirva la reflexión final de Edward Strosser, cuya crónica hemos empleado para hacer esta humilde relación de hechos, sobre estos acontecimientos:

« La represión de la rebelión por parte del ejército federal había funcionado. El imperio de la ley ya no sería desacatado abiertamente nunca más, al menos en Pittsburgh. Los impuestos y las rentas se pagarían. El valor de la tierra aumentaría. Los terratenientes ausentes ya no tenían nada que temer. Habían hecho restallar el látigo. El gobierno federal estaba allí para quedarse

Vía| Breve historia de la incompetencia militar (Capítulo III), Edward Strosser

Imagen| George Washigton

En QAH| Mi reino por una botella: la rebelión del güisqui (I)

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