Cultura y Sociedad, Historia 


Mi reino por una botella: la rebelión del güisqui (I)

 

En la breve historia de los Estados Unidos de América pueden encontrarse numerosas anécdotas curiosas, pero quizás una de las menos conocidas y más sorprendentes es la del levantamiento de los destiladores de güisqui contra el gobierno federal en las postrimerías del siglo XVIII.

Pongámonos en contexto. En 1790, el Secretario del Tesoro Alexander Hamilton concierta el llamado Pacto de Asunción de Deuda, en virtud del cual el gobierno federal de los EE.UU. asumía toda la deuda contraída por los estados federados durante la Guerra de Independencia contra Inglaterra (1775-1783). Para financiar esta deuda, el hábil Hamilton, arquitecto de las primeras estructuras estatales de la Federación de EE.UU., decide crear un nuevo impuesto, puesto que hasta ese momento sólo quedaban sometidas a gravamen las importaciones inglesas (y ninguno de los productos locales). Mientras le da vueltas a qué productos gravar, llega a sus oídos que los colonos de la frontera de Pensilvania destilan güisqui casero con los restos de la cosecha de maíz, que usan como moneda de cambio en operaciones de trueque y para aliviar las penurias de la guerra constante contra los nativos americanos, especialmente dura en ese rincón del joven país.

Alexander Hamilton, a quien la posteridad juzgó acreedor de la dignidad de figurar en los billetes de 10 dólares.

El nuevo impuesto queda aprobado en 1791, pero es ignorado parsimoniosamente por los colonos de Pensilvania, quienes argumentan que no se hizo la guerra contra el inglés para que ahora el nuevo gobierno pretenda imponerles impuestos sin representación (motivo principal de la Guerra de Independencia). Los colonos se organizan en la Mingo Creek Association y tras proclamar que se niegan a pagar el impuesto sobre el güisqui, se dotan de una milicia propia para hacer frente a una hipotética intervención militar del gobierno federal. Al poco tiempo, se hacen conocer por el nombre de un personaje ficticio, Tom the Thinker, que encarnará sus pretensiones durante toda la contienda. El malestar de los colonos ante las crecientes presiones y amenazas del gobierno federal llega a tal punto que ese mismo año la multitud, disfrazada de mujer, de indio o de negro (para simbolizar que el gobierno, al imponerles un impuesto sin representación, les había convertido en ciudadanos de segunda, sin derechos de participación política) unta de brea y cubre de plumas de gallina al recaudador de impuestos y le expulsa a patadas de Pensilvania.

En reacción a esta provocación abierta, Hamilton logra que el Congreso apruebe la Ley de la Milicia (Milita Act) en 1792, instrumento legislativo que otorgaba al Presidente (George Washington por aquel entonces) el mando supremo de las milicias estatales (dado que la Federación no contaba por entonces con un ejército permanente) en caso de rebelión, sin la necesidad de consultar ni recabar la aprobación del Congreso y con el único y liviano trámite de que un magistrado del Tribunal Supremo certificase la realidad de dicha rebelión. No fueron pocas las críticas que se alzaron contra Hamilton en esos días, acusándole de estar detrás de la rebelión para justificar la creación de un ejército federal permanente, paso previo a proclamarse rey. Estas acusaciones ya venían persiguiendo a Hamilton a lo largo de su carrera a causa de su marcado federalismo, que chocaba con la postura estatalista predominante entonces.

En este punto, debe señalarse que sorprende a la razón, cómo un individuo tan inteligente, genial financiero y hábil gobernante como Hamilton, fue incapaz de encontrar una solución distinta a la represión armada. El Presidente Washington, conocedor del ardor guerrero de su Secretario del Tesoro, logró refrenar sus ansias por marchar con las milicias estatales y reprimir la revuelta a golpe de bayoneta. Así, no es hasta 1794 cuando se precipitan los acontecimientos y Hamilton marcha sobre Pensilvania. Ese año se produce un enfrentamiento armado entre el general Neville, inspector de tributos de Pensilvania, y la milicia de la Mingo Creek Association, durante el cual los rebeldes incendian la casa del general, aunque este logra escapar. Tom the Thinker, agitado por el abogado local Braford, un ferviente admirador de Roberpierre, levanta un ejército de 7.000 hombres para marchar sobre Pittsburgh y demostrar por los hechos al gobierno federal que los rebeldes están dispuestos a defender la bondad de sus derechos con la fuerza de sus armas. Sus habitantes evitan el desastre maniobrando hábilmente, recibiendo a los rebeldes con buenas palabras sobre lo elevado de su causa contra la opresión gubernamental y ofreciéndoles güisqui gratis (y libre de impuestos, gracias a Dios), con lo que les mandan de vuelta a casa sin mayores incidencias. Sin embargo, este gesto constituye la excusa perfecta para Hamilton para esgrimir la Ley de la Milicia; y tras la renuncia del Secretario de Guerra Knox a aceptar el encargo de batirse el cobre contra sus conciudadanos, Hamilton convence a Washington para que le nombre Secretario de Guerra provisional.

En la segunda parte de este artículo continuaremos la narración de lo sucedido y averiguaremos el desenlace de tan singular episodio.

 

Vía| Breve historia de la incompetencia militar (Capítulo III), Edward Strosser

Imagen| Alexander Hamilton

 

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