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Mi curva del cambio en una pista de esquí

He pasado un fantástico puente de diciembre sumergida en pistas de esquí.

Todavía recuerdo la primera vez que pisé una pista y una tabla de snowboard. No hace mucho, calculo que unos 5 años más o menos cuando empujada por las palabras de mi amiga decidí adentrarme en este mundo de forma irreversible.

La primera sensación fue de inseguridad total. En primer lugar, porque estoy acostumbrada a moverme con las piernas, (llámame loca) y claro, con la tabla cualquier mínimo paso se convertía en una gynkana, cual concursante del Grand Prix.  Y, en segundo lugar, porque cuando fijé mis pies a la tabla e intenté ponerme de pie, no era capaz ni de levantar el culo dos centímetros sin caerme de nuevo.

Y allí estaba yo, en Borreguiles, que para quien no lo sepa es una pista de iniciación para principiantes, pero para mi en ese momento era como la cima del Himalaya y no podía ponerme de pie, ¡con lo sencillo que parece en una situación normal! Pero claro, allí, con la ropa de un astronauta y con los pies amarrados a una tabla, fuera totalmente de mi zona de confort, la dificultad de tan simple acto se multiplicaba por 10.

A punto estuve de tirar la toalla, quitarme las fijaciones, coger la tabla y echar a andar hacia el bar que hay al final de la pista.

Pero no, intenté adaptarme al medio que me rodeaba, tras muchas caídas logré ponerme de pie y eso me animó unos minutos, lo mismo que tardé en volver a caer, porque mi estabilidad con la tabla brillaba por su ausencia. Pero nada hizo que me rindiera, yo quería hacerlo como las cientos de personas que me esquivaban y me adelantaban, hasta que después de muchos intentos conseguí mantener el equilibrio y desplazarme sin caerme, unos metros al menos.

A día de hoy, después de algunos años de práctica, me queda mucho por aprender y por perfeccionar. Las caídas han disminuido, pero siguen presentes en mis visitas a las pistas, que suelen ser menos de las que me gustaría. Este año incluso, me plantee si estaba perdiendo el tiempo, porque sentía que no avanzaba desde que empecé, ya mantengo el equilibrio, controlo las frenadas y puedo moverme en la dirección que quiera. Pero yo quiero más, quiero ir de espaldas, dar saltos e ir más rápido.

Al final te das cuenta de que nadie aprende por cabeza ajena y que si quieres avanzar tienes que caer muchas veces por tu propio pie y levantarte una vez más.  Rápido o lento, pero sin dejar de avanzar.

Esta anécdota personal, simplemente es una metáfora de la vida misma. Todos, absolutamente todos, estamos constantemente sumergidos en curvas del cambio. ¿Habéis oído hablar de ellas? Aquí os la muestro gráficamente:

Llamada a la aventura: El cambio puede llegar por decisión personal o impuestos por las circunstancias. En mi caso fue decisión personal porque fui yo quién decidió ir a la nieve.

Negación y miedo: Cuando experimentamos las consecuencias negativas podemos sentirnos asustados e incluso paralizados por las perspectivas futuras. Es importante ser capaz de gestionar eficazmente estos sentimientos destructivos. Buscar una visión objetiva y evitar anclarse en el pasado. Me siento reflejada en mi historia, cuando intentaba moverme con una tabla amarrada a los pies, fuera de mi zona de confort (que serían las piernas) y en un entorno desconocido.

Travesía por el desierto: Llevamos un tiempo trabajando para superar la crisis y aún no vemos resultados. Sentimos frustración y deseo de abandonar (el bar de final de pista era muy tentador). Es fundamental ser fuertes. Recurrir al apoyo de personas que han pasado por una situación similar o guiarnos por situaciones personales pasadas.

Nueva realidad: Empezamos a notar resultados y a cobrar confianza en nosotros mismos y en nuestras decisiones. Debemos tener claro nuestro objetivo y no distraernos.

Crear nuevos hábitos: Etapa final del proceso, llegados aquí, debemos hacer una reflexión sobre todo el proceso. Hacer autocrítica objetiva. Aprender de los errores. Ante todo, debemos ser capaces de saber quiénes somos, aceptarnos. luchar por mejorar lo que podemos y tomarnos con sentido del humor lo que no podemos cambiar.

En definitiva, todos pasamos por innumerables curvas del cambio en nuestra vida y por sus diferentes etapas. Hay curvas que pueden durar un segundo, como cuando alguien nos cambia una reunión en el último momento o curvas que pueden durar años, como puede ser la pérdida de alguien querido. Lo importante es avanzar, fase a fase, con la velocidad que más seguros nos haga sentir.

Si en estos momentos, puedes detectar en qué fase o en que curva del cambio te encuentras, ¡enhorabuena, eso significa que estás vivo!

“Ningún viento es favorable para quién no sabe a dónde va”

 Séneca

Vía| Pilar Jericó

Imagen| Curva del cambio

 

 

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