Opinión 


Mensajes en botellas: mucho más que un sistema de comunicación

Para nadie será una sorpresa saber que la posibilidad de que un mensaje en una botella lanzado al mar llegue a una costa a cientos, quizás miles, de kilómetros, que sean leídos y además contestados por otras personas es casi nula. Lo más normal es que la botella se quede dando vueltas en el inmenso océano siendo arrastrada por las corrientes marinas y sin ningún destino en concreto.

Teniendo esto en cuenta muchos podríamos pensar, ¿por qué la gente sigue lanzándolas? Puede que sea por una necesidad innata del ser humano por comunicarnos y ser escuchados, quizás sea por romanticismo, estén realizando algún tipo de experimento o porque busca un nuevo tipo de reto. Aunque no tengamos muy claros los motivos está claro que desde casi el principio de los tiempos al ser humano le ha apasionado lanzar mensajes en botellas y aquí os lo vamos a contar.

Teofrasto, filósofo griego y pionero lanzador de botellas

Cuando antes hemos dicho que desde casi el principio de los tiempos se lanzaban botellas al mar no mentíamos. Aunque hubo que esperar hasta que existieran las botellas de vidrio para ver la primera botella navegando, una vez que esto ocurrió se convirtió en una práctica habitual de los marinos desde hace siglos. Aunque si tenemos que señalar a todo un pionero en este arte este tiene que ser sin ninguna duda Teofrasto, uno de los grandes filósofos griegos, discípulo de Platón y Aristóteles.

En el año 310 antes de Cristo, Teofrasto lanzó al mar Mediterráneo varias botellas para demostrar su teoría de que este mar estaba formado por corrientes del océano Atlántico. Actualmente, este rudimentario pero eficaz sistema sigue siendo utilizado por los oceanógrafos de todo el mundo para estudiar las corrientes globales, así como para determinar la velocidad de los vientos y hasta para localizar bancos de peces.

El barril de Cristóbal Colón

Ni siquiera el mismísimo Cristóbal Colón pudo resistirse a la idea de transimitir un mensaje a través del océano. Ocurrió, según su bitácora el 14 de febrero de 1943, poco antes de regresar de su primer viaje a “Las Indias”, cuando una gran tempestad, con olas tan grandes como un tsunami, le hizo pensar que no podrían regresar a España.

Colón, obsesionado con que su gran descubrimiento se perdiera si naufragaba, lo que le privaría de poder compartirlo con todo el mundo, sobre todo con la Corona Española que había financiado su travesía. Parecía que el mar se quería tragar todas las maravillas que había encontrado al otro lado del mundo.

“Esta noche creció el viento y las olas eran tan espantables, contraria una de otra, que cruzaban y embarcaban al navío, que no podía pasar adelante ni salir de entre medias velas y quebraban en él. Ninguno de los marineros pensaba escapar, teniéndose todos por perdido”, dejó recogido el genovés en su cuaderno de bitácora.

Ante este temor, el marinero no utilizó una botella, sino un barril de madre en el que introdujo un pergamino encerado en el que, según el cronista Fray Bartolomé de las Casa, “rogaba mucho a quien lo hallase que se lo llevase a los Reyes y contaba todas las maravillas con las que se había encontrado en el nuevo mundo”.

El mensaje, según dicen los expertos, estaba escrito en levantisco, una peculiar jerga que solían utilizar los navegantes de la época para comunicarse entre ellos y que utilizó para que nadie pudiera dudar de su autoría. Irónicamente pocos días después, el 17 de febrero, la tempestad amainó y llegaron a las Islas Azores sanos y salvos, pero el barril nunca, jamás, apareció.
Vía|https://dreambottles.net

Más información| Mensajes en botellas

Imagen| https://dreambottles.net

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