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Mensajes al aire

Deambulo por el paseo marítimo sin rumbo fijo, disfrutando del sol en la cara, la brisa en el pelo y el olor a sal y a barcos. Las olas rompen contra el costado de las rocas, explotando en un sinfín de espuma blanca que salta como chispas. Es pleno diciembre, no hay casi nadie en la playa. En la orilla, un grupo de gaviotas avanzan con ese caminar gracioso, abren un poco las alas pero sin decidirse a volar. Un niño pequeño camina de la mano de su madre, con la torpeza e inseguridad de quien acaba de aprender a andar, dando pasitos, mirando a todos lados, descubriendo un mundo con cada nueva escena.

 

De pronto, se suelta y echa a correr, riendo y moviendo los brazos, desprendiendo tanta luz como energía, con la vista fija en las gaviotas. A medida que se acerca, las gaviotas corren alborotadas, hasta que despliegan las alas y emprenden el vuelo hacia los ventanales de los edificios que dan al paseo, se confunden con los aviones de papel que alguien tira desde una de las ventanas.

 

Un avión cae a mis pies. Y luego otro, y otro más. Me agacho a cogerlos y veo que tienen algo escrito. Voy recopilando todos los que encuentro a mi alrededor. Son muchísimos, se me llena el regazo de aviones de papel. Me siento en un banco y voy desplegando los aviones. Todos llevan palabras de amor, todos están escritos a la misma persona. Los mensajes me llenan por dentro y me hacen sonreír, vuelvo a sentir ese cosquilleo en el estómago que se siente cuando algo te hace realmente feliz. Sé que no son para mí, ni siquiera conozco a la persona que los ha escrito, pero no me importa. Ese día de diciembre, me vuelvo a enamorar.

Gaviota y barco

 

Imagen| Gaviota

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