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Mejorar la transparencia y la democracia mediante las tecnologías sociales

Las tecnologías digitales, con internet a la cabeza, están cambiando por completo el panorama de las relaciones sociales. A pesar de la enorme influencia que están teniendo, puede decirse que el cambio que se ha experimentado en muchos ámbitos, como el de las relaciones personales, el educativo o el económico, todavía no ha desarrollado todas sus posibilidades en el ámbito político.

 

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Estas tecnologías constituyen una nueva oportunidad para facilitar la transparencia y permiten organizar una participación mayor y mejor de los ciudadanos en la vida política, mejorando de manera decisiva el funcionamiento de los sistemas democráticos, que tienden a anquilosarse y a pervertirse si no están permanentemente abiertos a mejoras y reformas.

Aunque la presencia de las tecnologías sociales en el ámbito político es todavía minoritaria, existen ejemplos muy reveladores de su potencial.

Las tecnologías sociales nos ofrecen oportunidades únicas para mejorar la calidad de nuestras democracias

Las tecnologías sociales permiten la mejora de la calidad democrática en dos grandes aspectos: el establecimiento de sistemas eficaces de transparencia en la elección y la gestión, que es la base sin la cual la democracia poco puede hacer, y la mejora en intensidad y calidad de la participación ciudadana en la toma de decisiones políticas y la administración cotidiana.

Establecimiento de sistemas eficaces de transparencia en la elección y la gestión: existen herramientas tecnológicas (subastas electrónicas, concursos públicos, etc.) que al realizarse en el entorno digital han aumentado la transparencia del proceso y han permitido una mayor visibilidad de los actores y sus intereses, lo que se traduce inevitablemente en mayor eficacia en la adjudicación de los recursos públicos, y en el control de su gestión por las administraciones. Las tecnologías sociales permiten a los ciudadanos y a las instituciones civiles disponer de la información relevante y poder analizar con detalle las decisiones de la administración pública.

Aumento y mejora de la participación: parece evidente que el universo de las redes sociales permite aumentar la participación ciudadana en la formación de estados de opinión, en la propuesta de acciones concretas y en el control y denuncia de situaciones de abuso o mala gestión del espacio público democrático.

 

Las tecnologías sociales abren la posibilidad a la ciudadanía de participar directamente en la toma de decisiones: experiencias como las de la localidad de Jun (Granada-España) en la que Twitter juega un papel fundamental en la gestión política y en la cohesión social, permiten albergar expectativas positivas respecto de las tecnologías digitales para la participación política. Asimismo, las experiencias de presupuestos participativos o de deliberación en el entorno digital permiten evaluar iniciativas concretas de toma de decisiones políticas a través de medios electrónicos.

Ambos factores influyen decisivamente en el aumento de la calidad de la democracia, en el desarrollo económico y en la madurez de los ciudadanos.

Este nuevo sistema de participación conlleva, sin embargo, unos riesgos que no debemos perder de vista:

La participación digital plantea retos en tres escenarios que hay que tener en cuenta: la llamada brecha digital, que puede acentuar la estratificación social, la necesidad de controlar al controlador, y la cuestión de la escala.

Brecha digital y estratificación social: no toda la población tiene la misma cultura de uso, ni el mismo acceso a dispositivos tecnológicos y a conexiones suficientes para poder ejercer su participación política. Además de esa deficiencia de partida, sólo un porcentaje relativamente pequeño de los ciudadanos que tienen la posibilidad de participar mediante estas tecnologías ejercen ese derecho. Se trata de un porcentaje que es variable en los distintos países, pero que todavía no es muy amplio en ningún caso.

La mayoría de las personas reducen el uso de las redes sociales al entretenimiento o a las relaciones personales. Las tecnologías por sí solas no han sido un estímulo suficiente para la participación política.

Controlar al controlador: aunque las tecnologías digitales aumentan las posibilidades de control y transparencia de las democracias, es importante advertir que también pueden ser un instrumento para la difusión de rumores, acusaciones infundadas, calumnias o información simplemente falsa y/o desenfocada. Ello hace necesario que las redes sociales y su poder difusor hayan de compatibilizarse con los sistemas de garantías que eviten el acoso y fomenten la responsabilidad de los emisores. De esta manera, se podrá salvar la confusión existente entre el ejercicio de la transparencia y la utilización de las redes sociales como herramienta política al servicio de campañas malintencionadas y calumniosas.

Resolver la cuestión de la escala: aunque tenemos experiencias de participación democrática digital, casi todas ellas se producen a una escala pequeña. No sabemos hasta qué punto los mismos mecanismos digitales de participación pueden funcionar más allá de lo local, en el ámbito  estatal o lo global.

¿Qué podemos hacer? Tanto a nivel institucional como político y ciudadano, son varias las cosas que aún se pueden hacer, entre otras:

–       Superación de la brecha digital: hay que plantear el debate acerca de si el acceso a internet ha de ser un derecho. En algunas localidades y países europeos está recogido como tal. En la medida en que sea un derecho, la sociedad se comprometerá en dotar a los ciudadanos de la posibilidad de insertarse en el medio digital para poder participar activamente en la política.

–       Alfabetización digital: es decisiva la educación en el medio digital para todas las generaciones como la mejor herramienta para generar una ocupación cívica del espacio digital. Esto debe estar contemplado en las políticas educativas de los Estados.

–       Fomentar la participación en entornos no digitales: las tecnologías digitales no aseguran la participación política ni poseen la fórmula mágica para su fomento. Sigue siendo imprescindible abrir espacios de participación en entornos no digitales, así como tratar de armonizar y potenciar la participación digital y la participación física.

El ejemplo de un pueblo de 3.000 habitantes

Existen destacados ejemplos de empleo de la tecnología para mejorar la participación ciudadana. En el pueblo granadino de Jun, de tan solo 3.000 habitantes, se realizó hace diez años la primera experiencia piloto de votación electrónica no presencial. Durante las elecciones generales y autonómicas de 2004 se creó un sistema de urna electrónica que permitía votar por Internet y mediante el teléfono móvil. La experiencia pionera fue un rotundo éxito y demostró la capacidad de la tecnología en un proceso electoral. Hasta tal punto resultó, que los cantones suizos y los estados americanos de Ohio y Florida copiaron la iniciativa. De factura completamente española –fruto de la colaboración entre Telefónica, Indra, el propio Ayuntamiento de Jun y la Junta de Andalucía-, traspasó fronteras instaurándose por su efectividad. Sin embargo, y lamentablemente, en España no pudo repetirse esta experiencia ya que la Junta electoral no dio el visto bueno.

Pero las tecnologías sociales no sólo permiten una participación remota más eficiente y cómoda una vez cada cuatro años. Posibilitan también conocer y participar en el día a día de la gestión de los gobernantes y en las decisiones que afectan a la convivencia. Jun se ha convertido en este sentido, gracias al compromiso y la apuesta por las tecnologías sociales de su alcalde José Antonio Rodríguez Salas, en un pueblo emprendedor que va marcando el camino.

Lejos de amilanarse tras el rechazo a las urnas electrónicas, los plenos municipales se celebran en abierto, siendo retransmitidos on-line, en directo, “vía streaming”. Twitter se ha convertido en una herramienta valiosa y práctica que facilita a los ciudadanos de este ayuntamiento la oportunidad de comentar, votar y aportar propuestas que conciernen al pueblo. Los mensajes se van conociendo en tiempo real y son proyectados en el pleno, además de usar esta red social para marcar los temas a abordar y que éstos sean de interés común.

Estos atractivos proyectos, desarrollados a pequeña escala, constituyen un ejemplo de lo que podría llegar a ser el sistema electoral del futuro, esperemos no muy lejano, una teledemocracia no manipulada y abierta que multiplique las posibilidades de participación y control por parte de los ciudadanos. Esto supone hacer más corresponsable la toma de decisiones políticas, aumentar las oportunidades para ejercitar el derecho al voto y facilitar un gobierno abierto. Estas posibilidades poco a poco se irán instaurando o, al menos, eso sería lo deseable, a través de la adaptación de la tecnología a las necesidades reales de la población, y animando a la población a incorporar la tecnología en su participación ciudadana habitual.

 

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María Font Oliver – José Luis González-Quirós

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