Salud y Deporte 


Me van a operar: ¿Qué es el preoperatorio?

A lo largo de nuestra vida, a pesar de que nos enorgullezcamos de tener una salud de roble, no estamos exentos de tener que pasar por un quirófano para una intervención quirúrgica, ya sea leve o grave, programada o urgente.

Se puede estimar, aunque la variabilidad en este sentido es muy amplia, que una persona pasará por quirófano una media, como mínimo, de dos veces a lo largo de su vida; pudiendo a su vez clasificar ambas intervenciones como: músculo-esquelética, generalmente por traumatismos o fracturas óseas durante la infancia o la juventud, o bien la senectud, y otra orgánica o visceral, ya en nuestra edad adulta o vejez.

Una de las intervenciones más frecuentes en personas sanas, y activas, durante su juventud es por fractura en extremidades, generalmente radiocubital, metacarpo o interfalángica, de codo, de muñeca, peronea, o de rodilla por rotura de ligamentos o meniscos; los hombros dislocados también pueden necesitar reparación quirúrgica, aunque la mayoría de luxaciones pueden reducirse mediante maniobras específicas como la técnica de Kocher para el hombro. Las fracturas costales también son frecuentes.

Por otra parte, es relativamente infrecuente que un sujeto joven necesite una intervención por patología visceral, sobre todo si no posee enfermedades congénitas. En la edad adulta puede ser necesario intervenir hernias, frecuentes en personas con profesiones que requieran un trabajo físico importante o la carga constante de peso, aunque son intervenciones generalmente muy sencillas y con un pronóstico excelente. Si queremos citar algún tipo de intervención visceral en la juventud tardía y edad adulta, las más frecuentes son las apendicectomías (por apendicitis), y las colecistectomías (por litiasis en la vesícula biliar), además de las hernioplastias o herniorrafías citadas anteriormente.

En la vejez es cuando comienzan a aumentar las probabilidades de ser intervenido por diversas patologías, siendo relativamente frecuentes a causa de tumoraciones, ya sean benignas o malignas, o fracturas patológicas óseas. En los varones, la hipertrofia benigna de próstata supone posiblemente el mayor porcentaje de intervenciones viscerales. En cambio, en mujeres los procesos quirúrgicos se centran en tumoraciones mamarias, habitualmente en fases muy precoces del proceso carcinogénico. Las varicosidades vasculares en las piernas también son frecuentes, mediante la técnica CHIVA. Respecto a las fracturas, las de cadera con prótesis tanto totales como parciales son muy extendidas en ambos sexos a partir de los 70 años. Otras patologías frecuentes son las litiasis renales, y en menor medida las obstrucciones intestinales, los cánceres de colon, recto, próstata, pulmón, vejiga, etc. Las intervenciones quirúrgicas cardiovasculares han descendido muy considerablemente gracias al desarrollo de la cardiología y radiología intervencionista y al cateterismo, siendo cada vez más infrecuentes los puenteados o los bypass coronarios.

Sea lo que fuere lo que nos lleva a la camilla, la realidad es que nos informan de la necesidad de intervenirnos para revertir cierta patología, y a tal fin nos piden un preoperatorio. Pero, ¿qué es un preoperatorio?

El preoperatorio es la etapa en todo proceso quirúrgico que es previa a la intervención o cirugía en sí misma y se refiere tanto a las evaluaciones prequirúrgicas como al tiempo inmediatamente anterior a entrar en el quirófano. Tal proceso es obligatorio es toda cirugía que conlleve estancia y recuperación postoperatoria, y es recomendable en la mayoría de las que no. Tiene dos funciones principales: la preparación del paciente para que llegue a la intervención en un estado óptimo, y la obtención de información complementaria y estudios de extensión sobre la salud del paciente y su anatomía para que la cirugía sea lo más segura, rápida y controlada posible.

En la gran mayoría de los hospitales es el Servicio de Anestesiología quien se encarga de gestionar y evaluar a los pacientes durante el preoperatorio, aunque puede no estar de más realizar consultas con Cardiología o los departamentos implicados en el seguimiento de la patología de base de paciente, especialmente en casos complejos o con comorbilidad importante. Los cirujanos se responsabilizan de pedir los estudios de extensión o de imagen que sean necesarios para conocer perfectamente la anatomía y topografía regional de la zona intervenida. Durante el preoperatorio inmediato, ya en antequirófanos, es muy habitual que le pregunten al paciente las mismas cuestiones varias veces, se realiza así mediante protocolo, de forma que las respuestas que se dan al cirujano, anestesista e instrumentista deben ser las mismas.

La batería de pruebas más típica en la consulta de Anestesia es: bioquímica sanguínea con hemograma, radiografía de tórax o abdomen y electrocardiograma en reposo, sumado a una exploración completa, con especial atención a la vía aérea y la cavidad bucal con la escala Mallampati que pronostica la dificultad de intubación. Complementariamente se pueden solicitar un ecocardiograma, prueba de esfuerzo o espirometría en aquellos pacientes con comorbilidad cardiaca o pulmonar moderada.

El Servicio de Cirugía puede ampliar lo anterior con pruebas de imagen como RNM, TAC o más específicas como las endoscopias. Además, Enfermería por lo general realiza varios test de funcionalidad general que ayudan a pronosticar el estado tanto físico como neuropsiquiátrico del paciente; la edad ha dejado de ser un criterio tan fundamental y ha sido desplazada por el índice de Karnofsky, entre otros.

Todo ésto, actuará como predictor de tolerancia a la cirugía y recuperación postoperatoria, así como el riesgo vital que el paciente afrontará durante la intervención.

Es muy importante realizar correctamente cada paso ya que no siempre se declaran aptos a los pacientes para operarse, esto ocurre cuando el riesgo que entraña la intervención es superior al margen de beneficio que tendría con ella, dicho de otra forma, si el estado del paciente no es suficientemente óptimo para resistir la operación o la recuperación no se operará, en corto plazo o definitivamente.

Ser declarado no apto para la cirugía en el preoperatorio no siempre implica imposibilidad de operarse, en muchas ocasiones solamente es un retraso temporal durante el cual se optimiza el tratamiento, se dan complementos (como el hierro), o se prepara mejor al paciente (poniéndolo a dieta, por ejemplo). En otras ocasiones, el no apto será definitivo, en todo caso para ese servicio y hospital, es posible que en otros con mejor equipamiento, experiencia o medios se considere intervenir al paciente, aunque con riesgos quirúrgicos altos es infrecuente.

Es muy importante recordar que un no apto no es una negativa subjetiva en deseo a operar al paciente por parte del cirujano o anestesista, sino una consideración técnica objetiva para proteger al paciente de intervenciones comprometidas o que podría acabar con su vida por un riesgo mortal excesivo. No obstante, hay casos en los que tanto el paciente, como su familia, aceptan el riesgo animados por la esperanza de una solución tan improbable como milagrosa, es en esos casos cuando el cirujano y el equipo quirúrgico deben ceñirse a la razón y la sabiduría del maestro:

A veces se salva a un paciente operándolo, a veces no haciéndolo”.

Vía|Servicio de Cirugía FHJ, Servicio de Anestesiología FHJ

Imágenes|Cirugías, Preoperatorio, Pasos, RxTorax

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