Reflexiones 


Me duele España

Igual que la costa no es una raya sino un espacio que marca la marea, la identidad nacional no es una ideología concreta.

Igual que la costa no es una raya sino un espacio que marca la marea, la identidad nacional no es una ideología concreta.

La situación no es nueva; desde comienzos del siglo XX se ha venido gestando una forma de pensamiento que ha llevado a buena parte de los españoles a un pesimismo sin precedentes en ninguna otra parte del mundo. Es cierto que nuestra historia está llena de malas decisiones, desencuentros, injusticias y enfrentamientos pero no creo yo que sea muy diferente en eso a otros países de nuestro entorno. No somos peores que ellos y desde luego que nadie se preocupe: nos ha quedado claro que no somos los mejores de la clase.

Ni tan siquiera esta última etapa de democracia, única donde las haya y en la que hemos subido como la espuma en todos los niveles, ha servido para enterrar de una vez esa sensación de que los españoles somos de segunda división y por supuesto incapaces de vivir en un estado de derecho verdadero. Ahora, que la crisis ha castigado duramente la economía y se han ido descubriendo numerosos casos de corrupción, buena parte de la población ha retomado aquellos mantras, nunca olvidados del todo de que, en definitiva, somos un desastre y nuestra propia configuración como país podría ser de otra manera ¿por qué no, visto lo visto?. Ni que decir tiene que este estado de cosas ha ido favoreciendo las posturas separatistas de aquellos sectores de algunas regiones que siempre han tenido claro su objetivo. Ellos han ido creciendo a la vez que en el resto del país se ha difuminado el sentimiento de ser español, identificándose de forma malintencionada con posturas políticas trasnochadas de la derecha más rancia. El resultado final ha configurado un Estado autonómico en el que hemos potenciado los regionalismos, en algunos sitios de forma colosal, reduciendo la nación española a una mínima expresión que sólo la selección de fútbol ha acertado a sacar de vez en cuando.

No acierto a imaginar un supuesto práctico en el que mi país ya no sea mi país y yo pase a tener otra nacionalidad diferente a la que tengo ahora. No sería, desde luego, una cuestión baladí, como parece que muchos creen cuando dicen que no tendría importancia para ellos que se separa Cataluña o el País Vasco. Tal vez para esa gente la identidad nacional no sea tan importante como yo siento que es para mí, sólo quisiera dejar claro que ese dolor por mi país que ya sintieron Unamuno y otros mucho antes que yo, no nos identifica en modo alguno con ideologías fascistas, ni conservadoras y que, por supuesto, nos equipara a cualquier ciudadano de los países de la Unión Europea, en los que la identidad nacional es esencial en sus vidas.

En QAH| El peligro de la demagogia

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