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Masáis, costumbres milenarias en el siglo XXI

Tanzania. Amanece. Desde el jeep que nos lleva al siguiente campamento divisamos una pequeña mancha anaranjada en el margen de la carretera. A medida que nos acercamos la mancha va tomando forma alargada convirtiéndose poco a poco en la silueta de una persona. Esbelta, de porte distinguido a pesar de las parcas telas en tonos rojos y azules que le cubren. Al pasar por su lado, los ojos que nos miran fijamente resaltan en su pequeña cara de piel oscura. No aminora el paso, no suelta la lanza que lleva en su mano. No hay duda, es un masái.


Los masáis son un pueblo milenario que habitan en Kenia meridional y Tanzania septentrional. Todavía hoy en pleno siglo XXI mantienen sus costumbres intactas. Su principal actividad económica es el pastoreo, por lo que tradicionalmente ha sido una sociedad nómada. Hasta tal punto influye el ganado en la cultura masái, que su dieta se basa exclusivamente en tres alimentos: carne, leche y sangre. Sí, desayunan leche mezclada con sangre.

Si visten de rojo es para ahuyentar a los animales de mayor tamaño, como pueden ser los elefantes o los rinocerontes. Pero sus principales enemigos son los felinos, de los cuales se protegen con la lanza que siempre llevan consigo. Una punta de la lanza está pensada para ayudar a recorrer las largas distancias que hacen a diario en busca de pastos para el ganado. La otra es afilada para clavársela a aquel león que ose molestar a sus animales.

Aparte de las telas con las que se cubren el cuerpo, su indumentaria sólo se compone de unas sandalias, curvas porque están fabricadas por ellos mismos con caucho de ruedas de coche (estas mismas sandalias han inspirado las populares, y carísimas, MBT). Además, los masáis se adornan con vistosos collares y suelen alargar los lóbulos de sus orejas para colgarse pesados pendientes.

La sociedad masái se organiza en grupos de edad masculinos.  La posición social de un hombre se mide en número de animales e hijos. No tienen jefes, aunque sí un líder espiritual. Creen en un dios que habita en todas las cosas, las buenas y también las malas.

Las mujeres masái son las encargadas de construir las cabañas donde viven. Un poblado se compone de varias de estas cabañas dispuestas en forma de círculo y protegidas por una valla. En el medio del círculo dormirán los animales. Las casas están hechas de ramas entrelazadas, hierba y excremento de vaca para el revestimiento. Tienen forma cilíndrica, baja altura y tamaño reducido, si bien dentro pueden dormir varias familias. Sin apenas ventilación, se cocina dentro de ellas.

Algo que no deja de sorprender al viajero que conoce la cultura masái, son sus cantos y la forma que tienen de bailar, pegando saltos verticales que difícilmente alguno de nosotros podría superar, animándose los unos a los otros a entrar en el círculo, felicitándose con sus voces indescifrables.

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