Economía y Empresa, Jurídico 


Margaret Thatcher en contexto: mito y realidad de su política económica (2 de 2)

(Consultar primera parte del artículo)

Primera batalla: la inflación

Hasta que Margaret Thatcher llegó al poder, la receta clásica para amortiguar cualquier choque macroeconómico, fuese interno o externo, era la aplicación de políticas de estímulo de la demanda; las políticas fiscales se centraban en incrementar el gasto y la inversión públicas para incentivar el consumo privado, mientras que las políticas monetarias se basaban en la inyección de liquidez a la economía vía bajada de los tipos de interés y/o incremento de la oferta monetaria vía impresión de dinero. De hecho, así respondieron los bancos centrales a la primera crisis del petróleo de 1973, política que solo sirvió para disparar la inflación hasta niveles nunca vistos desde los años 20.

Margaret H. Thatcher

Thatcher cambió por completo este escenario. Lo primero que hizo fue anunciar un plan de reducción progresiva de la oferta monetaria vía la subida tipos de interés (un +4% entre 1979 y 1981). Su gobierno aplicó las máximas de la teoría monetarista – surgida de la Escuela de Chicago y defendida académicamente por Milton Friedman y George Stigler –, cuya principal tesis es que los cambios en la cantidad de dinero de una economía alteran las variables reales (renta, empleo) a corto plazo.

Sin embargo, la inflación no se redujo a la velocidad esperada, y en 1981 se situaba en el 11% (aunque, recordemos, en 1975 había llegado al 27%). Los motivos son macroeconómicos: el ajuste de la oferta monetaria no se trasladó automáticamente a los salarios, ya que estos seguían anclados a las expectativas inflacionistas. Por ello, los salarios continuaron incrementándose de media un 20% en 1980 y un 15% en 1981. Paralelamente, la subida de los tipos de interés condujo a una apreciación de la libra del 25%. Resultado: los productos británicos se vendían un 25% más caro al exterior. El resultado inmediato fue la pérdida de competitividad, que condujo a la recesión de 1979-1980.

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Figura 1: Evolución de los tipos de interés reales y la inflación en el Reino Unido (1979-1990). Fuente: Office for National Statistics.

El gobierno de Thatcher había aprendido la primera lección: las variables nominales (precio, oferta monetaria) no siempre afectan automáticamente a las variables reales a corto plazo. Se requería, pues, incidir en las variables reales mediante el uso de la política fiscal y las reformas estructurales. Thatcher, a pesar de que lo intentó, no pudo aplicar al 100% las tesis monetaristas.

Principales hitos: reforma laboral, bajada de impuestos, liberalización del mercado de capitales y privatizaciones

La polémica reforma del mercado laboral, que Thatcher inició en 1981, se centró en apartar a los sindicatos de las decisiones en contratación y política salarial, desactivando así su capacidad de influencia en política macroeconómica. Entre otras medidas, abolió la mala praxis del “closed shop”, por la cual solo los afiliados a un sindicato determinado podían ser contratados; eliminó los complementos al subsidio de paro básico y aplicó impuestos al mismo. El resultado del conjunto de estas políticas fue la flexibilización de la contratación y del despido, hecho que a la larga ha permitido al Reino Unido adaptar mejor su capital humano a los requerimientos del mercado y registrar tasas de paro por debajo de la media europea.

Respecto a la política fiscal, los impuestos sobre las rentas del trabajo y del capital se redujeron. En concreto, en sus once años de mandato, Thatcher redujo el tipo marginal máximo del impuesto sobre la renta del 83% al 40%, y el básico del 33% al 25%. Respecto al impuesto sobre los beneficios empresariales (Corporate Tax), para las pequeñas y medianas empresas pasó del 42% al 25%, y para las grandes del 52% al 35%. Estas políticas, sumadas a la eliminación de los controles de capitales, impulsaron la inversión tanto interna como procedente del extranjero. La Figura 2 muestra como la Inversión Extranjera Directa se incrementó en el Reino Unido de forma exponencial, comparada con los principales países europeos:

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Figura 2: Inversión Extranjera Directa en diferentes países europeos (1970-1990). Fuente: Grahame Allen & Aliyah Dar (2013).

Otro dato importante es que, a pesar de la reducción de impuestos, los ingresos fiscales se incrementaron sustancialmente. En este escenario jugó un claro papel el incremento de los impuestos indirectos, fundamentalmente el IVA, que pasó del 8% al 15%. Actualmente, el IVA estándar en el Reino Unido es del 20%:

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Figura 3: Evolución de los ingresos fiscales en el Reino Unido (1964-1990). Fuente: HM Treasury.

Por último, cabe destacar la intensa política de privatizaciones de empresas públicas que llevó a cabo Margaret Thatcher: British Aerospace, British Petroleum, British Airways, British Telecom, British Gas y la British Airport Authority. Este hecho sin duda conllevó un gran beneficio para el consumidor, ya que el aumento de la competencia se trasladó en un incremento de la oferta, una mejora del servicio y precios inferiores al precio de monopolio. Solo para citar un ejemplo curioso: antes de la privatización de British Telecom, el ciudadano británico que quisiera incorporar un contestador automático para su teléfono no podía hacerlo por su cuenta, sino que tenía que pasar por un filtro burocrático con la compañía monopolística y esperar días hasta que los operarios iban su casa y le instalaban el aparato.

El Thatcherismo en 8 variables:

1. CRECIMIENTO DEL PIB: A excepción de los dos recesiones de 1979 y 1990, de las que hablaremos más adelante, el Reino Unido creció por encima de la media europea durante los años del manado de Thathcer. Posteriormente, el crecimiento fue sostenido hasta la crisis de 2007:

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Figura 4: Evolución de la tasa de crecimiento del PIB en el Reino Unido y en la Europa de los 27 (1980-2012). Fuente: International Monetary Fund.

2. RENTA PER CÁPITA: Entre 1979 y 1990 la renta per cápita en el Reino Unido se duplicó, pasando de los 7.980 $ anuales a los 16.100 $. Entre las economías avanzadas, solo el Japón superó esta tasa de crecimiento. En valores absolutos, no obstante, el PIB per cápita del Reino Unido en 1990 aún seguía por debajo de países como Alemania, Francia y los Estados Unidos. De hecho, a partir de 1980, las tasas de crecimiento del PIB per cápita del conjunto de los países europeos iniciaron una divergencia con las de los Estados Unidos, aún vigente hasta el día de hoy.

3. RENTA DISPONIBLE: La renta disponible media en el Reino Unido se incrementó en un 74% durante la era Thatcher. Entendemos renta disponible como aquellos ingresos semanales de que disponen trabajadores y pensionistas una vez asumidas las deducciones por gastos de vivienda – es decir, pagos de alquiler / hipoteca, primas de seguros y los gastos estructurales (agua, gas, luz). En valores absolutos, el incremento fue generalizado: des del 10% de los trabajadores y pensionistas con menores ingresos, hasta el 5% más rico. En valores relativos, sin embargo, el incremento fue substancialmente mayor para los trabajadores y pensionistas con mayores ingresos, como muestra la Figura 5:

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Figura 5: Evolución de la renta disponible en el Reino Unido (1961-1990). Fuente: Institute for Fiscal Studies.

A la vista de los datos, se puede afirmar que el poder adquisitivo se incrementó para todos los británicos entre 1979 y 1990, si bien se trató de un incremento desigual. Asimismo, cabe tener en cuenta que la inflación se redujo del 17% al 7%, por lo que, solo considerando esta variable, el poder adquisitivo se incrementó en un 10%.

4. ÍNDICE DE MISERIA: El Índice de Miseria (que agrega inflación y tasa de desempleo) se redució en un 4%:

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Figura 6: Evolución del Índice de Miseria en el Reino Unido (1971-1990). Fuente: Office for National Statistics.

5. DESIGUALDAD: Según el Índice de Gini, la desigualdad en términos de renta se incrementó en el Reino Unido, pasando de 0.253 puntos a 0.339 (donde 0 es máxima igualdad y 1 es máxima desigualdad). Los sucesivos gobiernos nunca redujeron en gran medida estos niveles de desigualdad, siendo el Índice de Gini en 2009 de 0.357.

6. DESINDUSTRIALIZACIÓN: Habitualmente se considera a Margaret Thathcer como la pionera de la desindustralización en el Reino Unido. Sin embargo, observando las cifras de la Figura 6, vemos como el peso de la industria en el conjunto del PIB británico ya había iniciado un declive importante desde 1970:

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Figura 7: Evolución del peso de la indústria en el PIB del Reino Unido (1970-2010). Fuente: The Guardian

Importante destacar que los sucesivos gobiernos no revirtieron esta tendencia, más bien lo contrario: el ritmo de desindustrialización se incrementó.

7. GASTO PÚBLICO: A pesar que se considera a Thathcer como la principal culpable del desmantelamiento de estado del bienestar, sorprende comprobar que, durante los primeros años de su gobierno, el gasto público se incrementó, y no solo con respecto al PIB (hecho que se podría asociar a la recesión de 1979), sino también en valores absolutos. De hecho, entre 1979 y 1990 el incremento en valores absolutos del gasto público anual fue del 140%. Premiers laboristas, como Tony Blair, han llegado a porcentajes menores de gasto público respecto al PIB respecto a los de la era Thatcher.

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Figura 8: Evolución del gasto público como porcentaje del PIB en el Reino Unido (1963-2013). Fuente: HM Treasury.

8. PRECIO DE LA VIVIENDA: Entre 1979 y 1990 el Reino Unido vivió dos recesiones (caída del PIB durante dos trimestres seguidos). De la de 1979 ya hemos hablado en la primera parte de este artículo. Respecto a la de 1990, la causa fue el mismo “boom” económico del período 1981-1988. Durante este período se generó un clima de confianza en el consumidor, hecho que hizo incrementar los créditos al consumo y, especialmente, las hipotecas. El mercado inmobiliario vivió un período de auge y los precios de los inmuebles se incrementaron sustancialmente (ver Figura 9). Un factor importante fue la Housing Act de 1980, por la cual los inquilinos de las “council houses”, o viviendas públicas, tenían derecho a comprar sus casas al ayuntamiento:

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Figura 9: Evolución del precio de la vivienda en el Reino Unido (1952-2011). Fuente: Nation Wide.

La misma dinámica expansiva de la economía, sumada al auge del precio de los inmuebles, hizo que el gobierno subiera en 6 puntos el tipo de interés entre noviembre de 1987 y noviembre de 1989. Este incremento provocó que el coste del crédito y los intereses hipotecarios fueran más elevados, hecho que supuso el estancamiento del mercado inmobiliario y, subsecuentemente, la caída del precio de los inmuebles. Paralelamente, la libra se apreció (por la misma lógica que durante la recesión de 1979), hecho que perjudicó las exportaciones británicas y deterioró la Cuenta corriente hasta un -4% del PIB en 1990.

A pesar que estas recesiones disminuyeron la tasa de crecimiento del PIB a niveles inferiores de la media europea, la recuperación en ambos casos fue relativamente rápida. Es decir: se trató de recesiones en forma de “V” y no en forma de “U” (ver Figura 4), hecho que implica que la caída del PIB es en un primer término muy drástica, pero la recuperación de la senda del crecimiento es relativamente rápida una vez se ajustan los desequilibrios macroeconómicos.

Conclusiones: ¿Margaret Thatcher supuso un punto de inflexión a mejor o a peor?

El mundo de los años 80 no tenía nada que ver con el de la década de los 50, cuando se fundaron las bases del modelo de contrato social de la Postguerra. Bretton Woods ya no existía, los tipos de cambio flotaban libremente y la hegemonía estadounidense veía como Japón y los Tigres del sureste asiático le hacían sombra. Las tasas de crecimiento registradas durante la Edad Dorada quedarían como un hecho histórico que nunca más se volvería a repetir en el mundo occidental.

Las economías europeas ya habían agotado el “gap” industrial que las separaba de la economía de referencia: los Estados Unidos. En la primera parte de este artículo ya analizamos algunos de los motivos: auge de los costes laborales (debido al incremento de la factura energética), disminución de los beneficios empresariales y disminución de la productividad por trabajador y por hora trabajada.

A este escenario cabe añadir el cambio generacional. En los años 70 las generaciones que habían vivido la guerra y la Postguerra empezaron a retirarse, en beneficio de los más jóvenes. Las nuevas generaciones se sentían excluidas del contrato social que construyeron sus padres, y por ello estaban menos dispuestas a hacer sacrificios y a aceptar moderaciones salariales a cambio de incrementar las ganancias de la empresa: el pacto social entre estado, sindicatos y empresarios se había roto. Los nuevos ciudadanos habían crecido en un contexto donde el estado garantizaba todas y cada una de las circunstancias de la vida privada de una persona: nacimiento, enfermedad, paro, muerte. Aquellos privilegios por los que sus padres habían luchado y se habían sacrificado ahora eran vistos como derechos inalienables, obviando el enorme coste social y económico que representaban.

El estado ya no podía garantizar el crecimiento sostenido y el pleno empleo en base a las exportaciones y a la acumulación de capital (modelo extensivo). Las economías occidentales tenían que hacer el cambio estructural hacia un modelo de crecimiento intensivo: innovar en lugar de copiar tecnología, especialización productiva, flexibilización del modelo de relaciones laborales y un capital humano más especializado y mejor formado.

En todo cambio estructural hay ganadores y perdedores. Cambiar de modelo económico significa priorizar unos sectores y prescindir de otros; eliminar antiguas normas y aplicar otras nuevas. Y eso fue lo que experimentó el Reino Unido bajo el mandato de Margaret Thatcher: todos los beneficiarios del modelo de estado de Postguerra, descrito ampliamente en la primera parte de este artículo, evidentemente salieron perdiendo con el cambio. Se trata de los trabajadores asalariados de las industrias pesadas del Norte de Inglaterra, los mineros y los trabajadores públicos, todos ellos protegidos por un tejido asociativo muy sólido. También los empresarios y accionistas de aquellas empresas y sectores que gozaban de una ultraprotección por parte del estado salieron perjudicados.

Por este motivo las políticas de Thatcher se pueden ver como un atentado contra estas instituciones, pero también como reformas necesarias a un modelo agotado. A partir de los años 80 todas, absolutamente todas las economías avanzadas tuvieron que hacer frente a medidas similares de las que Thatcher fue pionera: privatización de las empresas públicas, aplicación de la libre circulación de capitales y transición del modelo industrial al modelo servicios. La diferencia es que algunos países aplicaron estas reformas más tarde y con presiones externas (léase España).

Por otro lado, ninguno de los gobiernos posteriores a Thatcher ha revertido el sentido de las reformas estructurales llevadas a cabo por la Premier, sino que más bien las han continuado. Este aspecto es especialmente significativo: indica que la vuelta atrás, hacia el modelo de Postguerra, ya no era posible debido a que el contexto global había cambiado. Incluso Suecia, modelo por excelencia del Estado del bienestar, tuvo que aplicar reformas muy severas en los años 90 para, precisamente, garantizar su continuidad y su viabilidad.

Con las herramientas del análisis económico que se han presentado en estos dos artículos, el lector ya tiene algunos elementos más para valorar si el thatcherismo fue positivo o negativo para el Reino Unido.

A mi entender, su mejor aportación va más allá de la política doméstica: fue la de cuestionar abiertamente el modelo de Postguerra y tener la valentía de enfrentarse a los lobbies que lo defendían a capa y espada. Advirtió al mundo que, para evitar el declive de las economías occidentales frente a los nuevos competidores del poder global, era necesario revisar el modelo de contrato social. Alguien dijo que el principal mérito de Margaret Thatcher fue salvar a la socialdemocracia de la socialdemocracia misma. A tal afirmación, yo añadiría esta interesante reflexión de Marc Levinson, economista e historiador norteamericano:

“En la medida en que liberalizaron mercados, Thatcher y Reagan no favorecieron el capital, pues los capitalistas tienden a arrugar la nariz ante mercados más libres casi tanto como los sindicalistas. El cierre de fábricas, la reducción del empleo y el traslado de la producción a países de bajo coste son respuestas del mercado a los escasos rendimientos del capital, no indicadores de un elevado rendimiento. Los capitalistas se sentían mucho más satisfechos en los viejos tiempos, cuando la competencia era mucho menos intensa, los vinos selectos figuraban en la carta y quedaba tiempo para jugar a golf en el club el miércoles por la tarde. El negocio ya no es así.
 
El viejo contrato social no puede ser salvado y no debería serlo: fue concebido para otra época. El reto actual se cifra en redactar un nuevo contrato social apto para una era de rápidos cambios tecnológicos, intensa competencia, elevada movilidad de los trabajadores y disminución de la población activa. Pretender que puedan volver los buenos tiempos de antaño no facilitará la tarea. Los gobiernos no pueden traerlos de vuelta y nosotros tampoco deberíamos quererlo así”
 

Vía | EICHENGREEN, Barry: The European Economy since 1945. Princeton University Press, 2007. | LEVINSON, Marc: Gobiernos, mercados y contrato social. La Vanguardia Dossier, Nº 42, Año 2012.

Imágenes | The Economist | Office for National Statistics (UK)  | Grahame Allen & Aliyah Dar |HM Treasury | International Monetary Fund | Institute for Fiscal Studies |The Guardian.

Más información| The Guardian| US News.

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