Cultura y Sociedad, Historia 


Marat: La muerte, el traje que mejor sienta

“Basta que sea muy desgraciada para que tenga derecho a vuestra benevolencia”. Estas son las palabras que se pueden leer en la carta que Marat sujeta en su lánguida mano según el cuadro de Jacques-Louis David.

Si en vida tuvo algo que agradecerle al pintor, sin duda alguna el agradecimiento debió ser post-mortem: David plasmó a Marat como un verdadero mártir en un terreno que podía hacer plenamente suyo, el lienzo.

En pocas palabras Marat no sólo resultaba un monstruo por su profesión, en la que se afanaba a conciencia, identificando y ejecutando traidores a la República y violando claramente los motivos e ideales que llevaron a los revolucionarios a tomar la Bastilla.

El “amigo del pueblo” como era conocido, aquejado por una aguda psoriasis, se pasaba la vida recluido en casa, dentro de la bañera con un pañuelo empapado en vinagre sobre la cabeza, ya que no podía soportar el calor. Su cuerpo estaba cubierto por eccemas que se lo comían vivo y su cara era comparada a menudo con la de un sapo.

Pero aun así, metido en agua todo el día y con una caja boca abajo como mesa improvisada continuaba con su labor de mandar “traidores” al cadalso.

Tres días después de la última visita del pintor a Marat, una perfecta desconocida hija de una familia de la nobleza rural, llamada Charlotte Corday lo asesinó.

Charlotte se consideraba republicana hasta la médula, pero como muchos otros, estaba harta del estado de paranoia y terror que habían implantado Robespierre y Marat.

Para conseguir audiencia con él, la joven le envió una carta en la que le prometía una jugosa lista de antirrepublicanos.

El 12 de julio, fue recibida por el “amigo del pueblo” en su baño, siempre bajo la atenta vigilancia de su cuidadora y amante: Simone. En un momento en el que Simone tuvo que salir para preparar una medicina, Charlotte aprovechó para sacar un cuchillo del forro de su vestido y clavárselo en la clavícula seccionándole la carótida. 

Los esfuerzos de todo el servicio de la casa fueron inútiles, ya que no pudieron parar el manantial de sangre que brotaba del pecho del Marat. La asesina no hizo nada por escapar.

Nada más llegar la noticia de la muerte a la Convención, se acuñó un eslogan: “Marat Martyr” y se le pidió a David su retrato conmemorativo.

El pintor tenía fresco el escenario del asesinato dada su reciente visita, pero lo modificó por completo: los insurrectos reclamaban liberté, egalité y fratenité, pero no necesariamente verité y mucho menos cuando la verdad era tan truculenta.

David optó por ocultar el gusto decorativo del homenajeado, eligiendo un fondo oscuro que hacía resaltar la rotundidad marmórea con la que fue retratado.

Los ojos se negaban a cerrarse del todo. La lengua se empeñaba en salir de la boca y hubo que cortarla. Las pústulas se tornaban verdes a causa del calor, pero David las obvió por completo, representando únicamente unas tenues manchas rojizas sobre su piel.

 A ras de suelo libran una dura batalla la pluma de ganso que a aun se erguía en su mano y el cuchillo que cercenó su vida tirado en el suelo, aunque en la realidad la empuñadura era de ébano, pero David la pinto de marfil para resaltar las manchas de sangre.

Como colofón, la cabeza ladeada nos remite a un Cristo en pleno descendimiento, algo que llama la atención teniendo en cuenta que la Revolución era atea, pero pintar a un mártir sin aludir a la imaginería cristiana era difícil, teniendo en cuenta que llevaba incrustada en la mente colectiva varios siglos. Esta pose, sumada a la limpia herida que muestra en el pecho tan parecida a la lanzada del sayón en el costado de Cristo, lo convierte en un perfecto mártir.

Una obra maestra que sólo costó a Jacques-Louis David el esfuerzo de tres meses, pero que sirvió para limpiar el nombre de Marat, al que la muerte le valió el paso de republicano sanguinario a pobre mártir enfermo y desvalido.

Vía| Marat, ArteHistoria

Imagen| Wikimedia, Spanisharts

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