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Manifiesto por la envidia

De entre todas las bajezas, mezquindades y vilezas posibles, resulta que me tocó ser aquella que se contiene entre incisivos, caninos y premolares. La repudiada. Vaya, está visto que  ni ostentando el título de pecado capital, la dejan a una ejercer su papel con libertad. Por el contrario, se me oculta tras palabras de admiración, y hasta se me acompaña con adjetivos benévolos. Los más osados me transforman en algo “sano”. Toda una contradicción. Una deshonra. Algo que jamás ocurriría con compañeros como la ira o la soberbia. Y es que, si por algo se caracteriza mi ser es porque nadie, absolutamente nadie, admitirá padecerme. Hagan la prueba. Pregúntelo. Ninguna persona en su sano juicio se calificara a sí mismo como un envidioso, por mucho que le pinchen. Antes reconocerá cualquiera de sus defectos. ¿Quién querría rodearse de ese tipo de seres inmundos?

Sin embargo, lo quieran o no, soy el sentimiento más universal que existe. La Diosa Némesis vigilaba que ningún ser humano fuera excesivamente dichoso en la antigua Grecia y la Diosa Marilyn se desnudó en Somethings Got to Give’ sólo por que le tenía tirria a Elizabeth Taylor y quería superar su éxito tras Cleopatra ¿Por qué no enorgullecerse de mi, entonces? ¡Los grandes lo han hecho! El Génesis, con Caín y Abel. Unamuno, que me consideraba incluso peor que el hambre, hambre espiritual. Bien se lo agradezco, dado que, además, me encuentro muy  cómoda en España. Aunque, humildemente, me quedo con los elogios del filósofo Francis Bacon, sí. Soy para él un gusano roedor del mérito y la rabia.

De forma aséptica la RAE me define como tristeza o pesar del bien ajeno. Se le olvida añadir que siempre estoy rodeado de altas dosis de mala leche, de victimismo o de ambas cosas a la vez. A veces, soy simplemente una coletilla involuntaria y formo parte del léxico habitual. Sí, ese insulso ¡Qué envidia! Ante cualquier estupidez, que tanto me rebaja. Aunque sospecho que siempre que salgo a relucir llevo una porción de ay, y por qué yo no” unas gotas de “qué desgraciado soy” y una repentina sed de justicia, materializada en un “Fulanito no se lo merece”. A muchos, les acompaño a lo largo de toda su vida. Desde el colegio, cuando la compañera -repelente- sacaba un 8 en el examen de ecuaciones, “mamá, yo habré sacado un dos, pero ella tiene enchufe”, hasta la subida de sueldo de su colega, el mosquita muerta que -por supuesto- es un trepa.

Las actrices Sophia Loren y Jayne Mainsfeld, viejas conocidas mías.

No tengo prejuicios con ninguno de ustedes, no me importa su clase social, su lugar de origen o el formato en el que me soliciten. Estoy a gusto en el modo online: “felicita a tu envidiado por su nuevo empleo” pero no se me caen los anillos por aparecer en un patio de vecinos, con un ¿te has fijado en que sus sabanas están llenas de lamparones? Yo cumplo mi función con profesionalidad: condeno el éxito ajeno, les colmo de rencor, hago posible que se regocijen en su rabia, les paralizo. ¿Y qué es lo que ofrezco a cambio?  Desazón, amargura, dardos en el estómago. A veces, hasta le puedo llevar a ponerle la zancadilla a su envidiado. Eso si, cuando lea la letra pequeña, debe aceptar  que no tengo garantías de que su frustración repercuta en él. Tampoco de que si el susodicho al que odiamos fracasa su existencia cambie lo más mínimo. No lo hará.

En momentos de crisis me enaltezco, brillo con especial esplendor. A casi nadie le gusta que el de al lado llegue lejos. Y menos cuando hay dificultades. La experiencia me ha enseñado que el ser humano encuentra más placentero fijarse en los defectos del prójimo que admirar sus virtudes. Pero, curiosamente, luego se sienten abochornados por ello. Les come la culpa.-No, espere, tranquilo, no se preocupe, sé lo que está pensando, yo nunca le delataría-. Sólo requiero un poco más de reconocimiento. Soy escrupulosamente dañina y merezco salir del armario. Otras ya lo hicieron antes que yo ¡la lujuria, la pereza, la gula!  Es hora de romper barreras. ¡Envidiosos del mundo, icen su bandera! Muéranse de envidia y no se rediman. Ha llegado, por fin, su momento.

Imagen| classicgrandtour.com

En QAH ¿Qué es la gratitud?, ¿es fundamental conocerse bien?

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