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Magritte, un “pintor realista”

Cuando nace René Magritte, Van Gogh llevaba ocho años muerto, y Cézanne estaba experimentando con las formas geométricas subyacentes en la naturaleza, asumiendo la muerte de la representación real y abrazando las derivas del impresionismo.

Mientras tanto, en Bélgica florecía el modernismo estético, gracias a artistas como James Ensor y los integrantes del grupo de “los XX”. Es en la década de 1900 cuando se fija el simbolismo que desarrollaron escritores como Maurice Maeterlinck o Émile Verhaeren, junto a artistas como Fernand Khnopff –pintor calificado como “documental”- y William Degouve de Nuncques, cuya influencia podemos rastrear en El imperio de las luces de Magritte.

También el Jugendstil o Art Noveau- un movimiento artístico entre el romanticismo y el surrealismo-, se puede considerar influyente en la obra del belga. Hay mucho de Gustave Moreau en sus primeros cuadros, así como de los prerrafaelitas ingleses. Pero si bien los simbolistas, preferían la evasión, Magritte buceaba en sus profundidades existenciales al margen del mito, asumiendo la responsabilidad de una época marcadamente convulsa.

Dentro de este contexto, debemos situar a Magritte, quien se definió como “pintor realista”. En su obra hay una vuelta a lo real y, por ese motivo, rechaza el simbolismo visual, que parte del breve periodo realista de 1880-1910, y del que toma el relevo. Sus primeras obras datan de 1919, cuando él tenía 21 años, y están atravesadas por el postimpresionismo que demandaba la pequeña burguesía a la que pertenecía.

Según las palabras de su amigo Louis Scutenaire, ese “sentimiento de misterio” de sus obras fue provocado por el suicidio de su madre, que ocurrió cuando apenas contaba con 14 años. Pero esta interpretación freudiana estaba lejos de ser asimilada por Magritte, que se refería al psicoanálisis como una teoría “simplona”.

Los amantes, 1928. Bruselas, colección privada.

Para él lo oculto era más importante que la realidad reconocible. Más que ocultar, sus pinturas subraya lo extraño que habita sus capas inferiores. Así lo vemos en La invención de la vida, 1927-1928, La astucia simétrica, Los amantes o La historia central.

Como los simbolistas, se sitúa en el terreno que media entre los sueños y lo visible, lo inefable y lo real. Ambas partes están marcadas por la idea de “objetivar lo subjetivo”, aunque Magritte deja de lado las leyendas y se adentra en el capricho poético y en el juego intelectual. Además, siempre se refirió a sus obras como “objetos” – u objetivos-, y no como símbolos.

La década de 1920 está marcada por sus relaciones con los hermanos Bourgeois, con los que editó la revista “Al volante” donde expuso algunas de sus obras, claramente influenciadas por el cubismo. Entonces se encontraba en la misma órbita del purismo estético, cuyo punto de partida fue el movimiento holandés De Stijl, y descubrió el futurismo como se aprecia en La mujer con una rosa en lugar del corazón, 1924. Pero lo que realmente le entusiasmó fue la obra de Chirico, que pudo ver en 1925, el mismo año que André Breton dio a conocer su Manifiesto surrealista, que pronto calaría en las mentes de los jóvenes artistas belgas.

Paralelamente a su obra artística, Magritte se ganó la vida como diseñador gráfico. Solía realizar carteles y anuncios publicitarios en su propio estudio “Dongo” (1931-1936), y esto le permitió despojarse, en lo artístico, de la idea de obra “única”, siguiendo a Duchamp, y se dedicó a realizar series, o copias hechas por encargo.

La mayoría de sus amigos pertenecían al círculo surrealista dentro del terreno de las letras. Se trataba de un grupo informal que participaba en publicaciones periódicas, donde la reflexión artística dejaba cada vez más espacio a las inquietudes políticas que se cernían sobre el país y que venían de Francia, Alemania y Gran Bretaña. Magritte asumió un papel crítico frente a la propuesta surrealista más moderada, pues nunca quiso ser un “artista pintor”. Después de esta tentativa se consideró a sí mismo “pintor realista”, ya que a través de sus pinturas pretendía enunciar el misterio que encerraba el mundo convencional.

La ventana, 1925. Bruselas, colección privada.

El belga consideraba La ventana, de 1925, como uno de sus hitos dentro de su estilo posterior, al igual que su serie del Jockey, a partir de 1926. En su obra, los objetos son los que son, pero el espectador no sabe que hacen allí. El crítico inglés, David Sylvester, menciona en el catálogo de su retrospectiva de 1978-1979, el cuadro de La caza de Paolo Uccello como una de sus referencias, que le sitúan en la estela de los prerrenacentistas como apreciamos en El poder blanco, 1965. También, la metapintura –o “cuadro dentro del cuadro”- de Caspar David Friedrich que vemos en La condición humana, de 1933, según A.M. Hammacher.

Así, su estilo, y sus originales juegos de adivinanzas visuales, le sitúan dentro del discurso de la Historia del arte, un lugar preeminente que él rechazaba.

Vía| Meuris, Jacques. Magritte. Taschen: Madrid, 2007.

Más información| Museo Magritte

Imagen| Los amantes  La ventana; El jockey perdido (imagen destacada)

En QAH| Leonora Carrington a través del espejo

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