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Mad Men: El último whiskey de Madison Avenue

 

Roger Sterling y Don Draper, protagonistas de Mad Men, sentados a una barra americana

Roger Sterling y Don Draper, protagonistas de Mad Men, sentados a una barra americana

Lamentablemente, una de las mejores y más interesantes series de los últimos años echa el cierre para desgracia de sus numerosos seguidores. Don Draper, protagonista de Mad Men, se retira del mundo hostil de las fusiones empresariales, de los publicistas sin escrúpulos de Madison Avenue y de la elegancia masculina clásica por excelencia.

Sin embargo, como ocurre con todo en la vida, no faltarán los que se sientan aliviados por ver desaparecer una de las ficciones históricas que más pústulas han levantado en nuestra sensible sociedad actual. Sexista, racista, antisemita o xenófoba son solo algunos de los descalificativos que ha recibido esta maravilla moderna de la ingeniería televisiva por el simple hecho de mostrar sin trampa ni cartón, y sin edulcorantes preadolescentes la malograda sociedad estadounidense de la década de los sesenta. ¿Es sexista? Sí. ¿Es racista? Sí. ¿Es antisemita y xenófoba? Sí y sí. Es todas esas cosas y algunas mucho peores que producirían náuseas hasta al más moderado pensador; pero, por otra parte, nadie puede negar que uno de los más geniales encantos de la serie es retratar tan fielmente las costumbres, las actitudes y los pensamientos de los implacables seres humanos de aquella época. Ha ocurrido muchas veces en la Historia y por lo tanto no es poco común que desde nuestros ojos contemporáneos veamos inaceptables ciertos comportamientos o ideas de tiempos pasados –o no tan pasados-, pero no por ello se nos permite tener carta blanca para poner sobre esos acontecimientos la lupa ventajista de la mentalidad moderna. Paradójicamente, esos mismos que tachan de infame la serie y censuran el carácter de los principales protagonistas masculinos y no tan masculinos de Mad Men, encumbran exultantes, y sin reparos, a otras series que retratan épocas menos tolerantes e incluso violentas debido a su maravilloso sentido de la ambientación.

Es posible que los años sesenta no estén tan lejos como el siglo VIII o el XV y que por esa razón nos resulte chocante a la vez que repulsivo que nuestros ancestros cercanos pensaran de aquella manera tan retrógrada. Obviedades aparte y viéndolo desde un punto de vista optimista, podemos decir que al menos los ideales estándares establecidos en la sociedad han avanzado a grandes pasos en solo cincuenta años, todo un esperanzador logro para la Humanidad.

Don Draper, principal protagonista, en su despacho reflexionando

Don Draper, principal protagonista, en su despacho reflexionando frente al teléfono

Mad Men no es solo una fiel descripción fotográfica de estilo costumbrista de la sociedad de los años de la posguerra de Corea y el preludio de la de Vietnam, no es solo la vida y obras de unos engominados y predadores ejecutivos o de sus dóciles secretarias, es también un agonizante llamamiento a ciertos comportamientos y cánones que se han perdido en la actualidad y que en opinión de muchos deberían regresar.

La clase a la hora de vestir ya sea en el trabajo de oficina o en las fiestas de cóctel de los sábados noche, la exquisita educación en las reuniones de negocios, el rígido y extremo respeto a las tradiciones familiares, el estilo que brindan las sofisticadas consumiciones alcohólicas y ese comportamiento del hombre alfa, del líder natural, han vuelto reclamando el sitio que bien se merecen en nuestras vidas y que les corresponde por derecho propio.

Quizá las ideas intolerantes y las costumbres autolíticas de los hombres de Mad Men no hayan calado tan hondo en nosotros o no hayan perdurado inalteradas hasta nuestra era juvenil y desenfadada pero si algo no puede negársele a sus guionistas es el fuerte impacto que han dejado impreso en nuestra forma de vestir y de beber. Como por arte de magia, los pañuelos de bolsillo han resucitado en nuestras americanas, los gemelos anidan ahora en nuestros puños de camisa, los trajes ajustados visten nuestros torsos y los pisa-corbatas sujetan nuestros lazos. Fumar, como en los años de gloria de Bogart, ha vuelto a ser una insana afición solo digna para los más vanidosos y los más triunfadores; y encender un cigarro ha resurgido como el clímax de la masculinidad y la catarsis de la elegancia. Beber, se ha convertido en un arte en sí mismo y ha servido generosamente sobre nuestras barras de bar los más viejos y glamurosos Old fashioned, Tom Collins, Vodka’n’tonic o Dry Martini, entre otros. También, por si fuera poco, ha dejado marcadas a fuego en nuestra mente frases lapidarias dignas de sapiencias pretéritas con respecto a infinidad de temáticas, que resultan ser tan dramáticas y desesperanzadas como ciertas.

No cabe duda que Mad Men ha marcado una era televisiva, que es un compendio de savoir faire y que nos hace envidiar el estilo de vida ceñido con firmeza a la masculinidad de sus protagonistas. Mad Men les ha devuelto a los hedonistas los grandes placeres de la vida, olvidados en estos últimos años.

Imagen|Mad Men whiskey, Don Draper

Vídeo|YouTube: Don Draper’s best quote

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