Cultura y Sociedad, Literatura 


Lucia Joyce, la niña de unos ojos casi ciegos

En 1904, James Joyce decide dejar su Dublín natal y emigra junto con su compañera y más tarde esposa Nora Barnacle a Zurich, donde se supone que gracias a un agente ha conseguido un trabajo como profesor de inglés en el Berlitz Language School, si bien el agente resultó ser un timador, por lo que el director del colegio envía a Joyce a Trieste (hoy, Italia, pero por entonces, ciudad del Imperio Austro-Húngaro). Salvo por cuatro brevísimas visitas, la última en 1912, Joyce nunca vuelve a Irlanda, por más que su padre o su amigo W. B. Yeats le insistieran constantemente para que regresara al país, a la ciudad que tan profundamente conocía.

En 1905 nace su primer hijo, Giorgio (1), y en 1907 Nora da a luz a una niña, Lucia Joyce. James Joyce, uno de los máximos exponentes de la vanguardia modernista de la literatura y uno de los escritores más influyentes en lengua inglesa del siglo XX, se comunica con sus hijos en italiano.

El “ojito derecho de su padre” – según algunos amigos y parientes cercanos, la relación entre padre e hija, incluso durante los últimos años de vida del autor, tuvieron siempre una relación muy estrecha-, desde pequeña, Lucia mostró un talento natural para la danza, aprendiendo más adelante junto a los grupos más innovadores de la época, como la compañía de Raymond Duncan, hermano de Isadora Duncan. Sobre su representación en La Princesse Primitive en el Vieux-Colombier de París, la revista Paris Times escribe: “Lucia Joyce es la digna hija de su padre. Tiene el entusiasmo de Joyce, su energía y una buena cantidad de su genio.” James Joyce está entre el público. También, un joven Samuel Beckett.

Tras años de “ballet alternativo”, Lucia decide ponerse en manos de la compañía del ballet imperial ruso con Lyubov Egorova. Sin embargo, a pesar de dedicar seis y no ocho horas, como es usual, a la danza, el genio de Lucia empieza a desfallecer, siente que no tiene fuerzas suficientes para ser una auténtica bailarina, y abandona. Su biógrafa, Carol Shloss, cree que es el propio James Joyce el que fuerza el abandono de Lucia. El intenso esfuerzo físico de su hija está incrementando la ya algo tormentosa relación entre Lucia y su madre, Nora. James Joyce también está cansado: desde la publicación de Ulysses no ha escrito apenas unas líneas: “Ayer escribí un par de páginas –las primeras desde el ‘Yes’ final de Ulysses (2) –escribe a su mecenas y editora Harriet Shaw Weaver- Encontré una pluma y, con cierta dificultad las copié en letra grande en un folio de doble tamaño para poder leerlas. Il lupo perde il pelo ma non il vizio, dicen los italianos.” (3)

Es entonces cuando empieza Finnegan’s Wake, su último libro, y tal vez el más complejo, no sólo para el lector, sino para él: las disputas incesantes entre Nora y Lucia paralizan su trabajo (hasta el punto de que en algún momento barajó la posibilidad de pasárselo a su amigo James Stephens para que lo terminara). Lucia “lleva un mes entre lágrimas, pues piensa que ha desperdiciado tres o cuatro años de intenso esfuerzo y que está sacrificando su talento”, escribe Joyce a su editora.

Durante estos años, a la vez que James Joyce va perdiendo la vista, Lucia va perdiendo su estabilidad emocional. Su estrabismo y las constantes mudanzas de sus padres supusieron una infancia difícil para la frágil Lucia. Pronto empieza a manifestar episodios de esquizofrenia. En el corto espacio de dos años, además de desfallecer como bailarina, Lucia ha sido abandonada por tres amantes: Samuel Beckett -quien manifiesta que solamente está interesado en su padre y su obra literaria- (4), su profesor de dibujo, el artista Alexander Calder y Albert Hubbel, otro artista expatriado que la toma como amante, para volver con su esposa poco después. Golpes tan duros para ella que desestabilizan aún más su inestabilidad emocional: Lucia empieza a manifestar actitudes sexuales violentas, llegando a ser acusada de promiscuidad, trata en tres ocasiones de prender fuego a la casa, huye a Dublín, donde vive en la calle durante días, o arroja una silla a la cabeza de su madre durante la celebración del 50º cumpleaños de Joyce… Los estudiosos de Finnegan’s Wake reconocen muchos de estos episodios entre sus páginas.

Cuando Joyce se refiere a su hija, a la vez que cree que es una personificación de cualquier escena de Rey Lear, asegura también que es una artista brillante, un ser humano maravilloso y una de las pocas personas que pueden comprenderle. Según Joyce, Lucia habla el mismo lenguaje que él.

Pero en 1934, la salud y el equilibrio mental de Lucia están tan deteriorados que James Joyce decide que Carl Gustav Jung la atienda como paciente. Tras la visita, Joyce le pregunta al insigne médico: “Doctor Jung, ¿ha notado que mi hija parece estar sumergida en las mismas aguas que yo?”, a lo que Jung responde: “Sí, pero donde usted nada, ella se ahoga”.

Medicada con barbitúricos e incapaz para seguir bailando, en 1935 Lucia ingresa en un hospital psiquiátrico en París, aunque más adelante su hermano Giorgio decide trasladarla a una clínica mental en Northampton, Reino Unido, donde pasará el resto de sus días sumida en la más profunda de las soledades. El vibrante, apasionado y desestabilizado espíritu de Lucia Joyce se apaga para siempre en 1982.
Samuel Beckett fue a visitarla.

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(1) Padre de Stephen Joyce, quien sería el tan activo como controvertido albacea y administrador de toda la obra de James Joyce, así como de su memoria –Stephen Joyce elevó una sonora protesta en 2013 cuando el Banco de Irlanda emitió una moneda conmemorativa de 10 euros con la imagen de James Joyce, tachándolo como “uno de los mayores insultos a la familia Joyce en Irlanda”, pues se quejaba de que no se le había consultado, que la cita joyceana de la moneda estaba mal y de la ofensa que suponía que se hubiera emitido en el aniversario de la muerte de su abuela Nora James-. El 1 de enero de 2012, en el 70º aniversario de la muerte de James Joyce, toda su obra pasase a ser de dominio público en la mayor parte del mundo (en EE.UU. algunas de las obras del escritor irlandés continúan protegidas).

(2)«…then I asked him with my eyes to ask again yes and then he asked me would I yes to say yes my mountain flower and first I put my arms around him yes and drew him down to me so he could feel my breasts all perfume yes and his heart was going like mad and yes I said yes I will Yes.»

(3) “El lobo puede perder la piel, pero no el vicio.”

(4) Según algunos autores, La verdadera razón del rechazo de Beckett era su fuerte impresión de que “había un estrecho vínculo erótico entre Lucia y su padre”, la necesidad de Lucia de encontrar “un genio intelectual sustituto de su padre”, además de su predilección por las relaciones sexuales sin protección.

(5) Carl Gustav Jung, que conoce a Joyce y ha leído el Ulysses, y llegó a escribirle un comentario, considera de algún modo que el verdadero esquizofrénico es él.

A título meramente anecdótico, transcribo aquí la carta completa que C. G. Jung escribió a James Joyce respecto a su lectura y posterior ensayo sobre Ulysses:

Estimado amigo;
Su Ulysses presenta el mundo como un problema psicológico tan perturbador que en repetidas ocasiones me han requerido como una supuesta autoridad en asuntos de psicología.
Ulysses demuestra ser una nuez extremadamente dura de roer y me he hecho trabajar la mente no sólo con inusual esfuerzo, sino también divagar en extrañas peregrinaciones (hablando desde un punto de vista científico). Su libro como un todo me ha dado un sinfín de problemas y he estado rumiando sobre él durante cerca de tres años hasta que he conseguido adentrarme en él. Pero debo decirle que le estoy profundamente agradecido tanto a usted como a su gigantesca obra, porque he aprendido muchísimo con ella. Puede que nunca esté del todo seguro si la he disfrutado, porque implica demasiado estrujarse los nervios y la materia gris. Tampoco sé si a usted le gustará lo que he comentado sobre Ulysses, porque no pude evitar decirle al mundo cuánto me he aburrido, cómo he refunfuñado, cuánto he maldecido y cuánto he admirado. Las 40 páginas finales sin puntuación son una sarta de auténticas joyas. Me parece que la abuela del diablo sabe tanto más sobre la psicología real de una mujer de lo que yo desconozco.
Bueno, simplemente me permito recomendarle mi breve ensayo, como el divertimento de un perfecto extraño que se descarrió en el laberinto de su Ulysses y por pura suerte pudo salir de él. En todo caso puede deducir de mi artículo lo que Ulysses le ha hecho a un supuestamente equilibrado psicólogo.
Expresándole mi más profundo afecto, le saluda, estimado amigo, muy atentamente,

C. G. Jung.

(LA traducción es mía)

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Via: Carol Loeb Shloss: Lucia Joyce: To Dance in the Wake. Ed. Bloomsbury Pub. 2003.
Imagen: Lucia y James Joyce, circa 1934.

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