Cultura y Sociedad 


Luces de la ciudad

Decía T.W. Adorno respecto al cine y el jazz que no los consideraba arte en el sentido anterior que tenía este. Para realizar esta afirmación se basaba en que formaban parte de la denominada industria cultural que se caracterizaba por la descontextualización y la repetición de la obra que ayudaba a trivializarla y a perder la obra el halo especial que la hacía Arte.

No tengo constancia de que Adorno viese Luces de la ciudad pero si esto no fuese cierto tendría que rectificar en sus teorías ya que la historia, que teniendo un argumento tan simple como el de un vagabundo (el mejor Charles Chaplin) que se enamora de una florista ciega (irrepetible Virginia Cherill), y que hace lo imposible por conquistarla consiguiendo dinero de maneras que te hacen llorar de risa para después meterte un nudo en la garganta con el fin de ayudarla, consigue que te olvides de discusiones tan triviales como qué es arte y que no lo es.

El empezar de este film de 1931, cuando el cine sonoro estaba consolidado y Chaplin reivindica el cine mudo, destaca la vacuidad de los discursos morales que profieren los políticos sustituyendo las voces de estos por un sonido que recuerda a los pitos de caña de los carnavales de Cádiz, no es de extrañar que Chaplin conociese estas fiestas del sur de España, ya que el tema principal de la banda sonora de Luces de la ciudad es una reinterpretación del tema La violetera del autor José Padilla. Pero esta reseña musical que se podría quedar en anécdota se hace relevante cuando la maneja Chaplin, introduciéndola en cada momento y acompasando los silencios de esta al desarrollo de la acción fílmica.

El contenido de la obra deja escenas perteneciente a la memoria colectiva de la historia del cine como la del millonario excéntrico que se intenta suicidar salvándolo el personaje que interpreta Chaplin estando por esto agradecido el millonario a saltos que van acorde con el estado de ebriedad del excéntrico personaje, la de la fiesta y los espaguetis-serpentina, la del silbato y la fiesta, el combate de boxeo que aparece cuando tiene que aparecer…

Memorables también son las apariciones en las que una bellísima Virginia Cherill conecta con el personaje de Chaplin provocando un aura que Adorno temía que la reproductibilidad de la obra hiciese que abandonase la función autónoma del arte. Si todo esto lo aderezamos con una fotografía que no se despista en ningún momento conseguimos emocionarnos con lo que pretende Chaplin que no es más que lo que se dijo una vez del Jazz: se trata de ser sencillo y de vestir de punta en blanco, de que una historia sea creíble no tiene nada que ver con que sea realista sino que esté bien construida, de que nos olvidemos de la técnica… Pero si esto no te empuja a verla, el final de la película te dejará de las mejores sensaciones existentes posibles. Y eso no es poco.

En QAH| Chaplin y Hitler, dos caras de una moneda

Imagen| Hermosas y divinas, divxclasico

RELACIONADOS