Coaching Profesional 


Los yogures son para el verano

Desde la ventana de mi despacho veo pasar todos los días a los niños de los campamentos urbanos. Lo sé, lo sé… es un auténtico fastidio y ahora mismo se está compadeciendo de mí muchísimo de la pena que le doy, pensando “mira, pobrecita mía sin un divertimiento que llevarse a la boca, escuchando a niños gritar y reír felizmente mientras recorren la ciudad con sus gorras amarillas y sus mochilas de Bob Esponja y Dora la Exploradora, y ella haciendo demandas como si no hubiera mañana.”

En realidad he de hacerle una confesión, tengo envidia, y no se crea que es envidia sana… no no no, es envidia cochina, de la sucia… de la de toda la vida y de la que tenemos todos aunque digamos lo contrario.

Esta situación nos invita a reflexionar, y yo, como buena abogada, no iba a ser menos:

¡Qué felices éramos cuando los veranos duraban tres meses!

Se vivían de una manera totalmente diferente. Eran mejores. Nuestra única preocupación era decidir el sabor del Calippo mientras esperábamos la interminable cola de “La Pili” con 37 grados a la sombra.

Está claro que ser adulto está más que sobrevalorado.

Adoraba cuando mi madre al acabar el curso me hacia la maleta y me decía:

-“Venga al pueblo con tus abuelos, que te aguanten ellos que yo llevo nueve meses haciéndolo”. 

Eso era amor de madre y lo demás eran tonterías, eso sí, cuando me veía los fines de semana parecía que llevara tres años en la Argentina, y me daba unos besos ensordecedores que no eran propios de mi madre ni de su dulzura de difícil apreciación.

La vida con los abuelos era genial, eras como Heidi en casa del abuelito (pero sin que me gustaran las cabras), corriendo todo el día de un lado para otro, haciendo casetas con toallas de playa y teléfonos con yogures Yoplait. Era una vida totalmente salvaje.

Lo de los yogures fue una idea genial que se nos ocurrió a mi amiga Inés y a mí. Vivíamos la una de la otra a treinta metros (siendo muy exagerada y teniendo en cuenta que mis proporciones funcionan de manera diferente al resto del mundo), vamos, que vivíamos al lado, pero en sentido literal. De un balcón a otro nos podíamos dar la mano sin ningún tipo de problema.

Fue entonces, al apreciar tan obvia situación, cuando decidimos acudir a tan extraordinario invento. Funcionaba del siguiente modo:

– Primero, dabas una voz que era capaz de despertar de la siesta a todos los vecinos de la Ilustrísima Plaza de España, pero que no conseguía hacer salir a Inés de su casa.

– Segundo, repetías el vocinazo, pero esta vez con más fuerza si cabe, del tipo “nos invaden los hunos” o “se está quemando el pueblo y deben coger sus objetos más preciados para desalojar”. Con esta segunda voz, en la que sacabas lo mejor de ti, tus vecinos estaban planeando coger la recortada y matarte a tiros, una muerte rápida y sin dolor por el cariño que les unía a tus abuelos; pero era la efectiva, era con la que Inés salía al balcón y le decías:“Jolín, tía ¿Qué estabas haciendo? coge el Yoplait”. 

– Tercero, Inés cogía el Yogur y nos pasábamos hablando toda la hora de la siesta a pleno sol.

Llegados a este punto he de decir, que este invento tan ingenioso presentaba alguna que otra laguna (aunque no lo crea) que pulimos con el tiempo, como por ejemplo, que por aquél entonces en la parte de arriba de la casa de mis abuelos no había toldo verde (ni de ningún color) y un día le tuve que decir a Inés por el Yoplait:

– “Tía, (expresión de la época sin igual) creo que me duele un poco la cabeza.”

Normal que me doliera, porque cogí una insolación de las que marcan época.

Desde ese día órdenes supremas del Alto Mando nos censuraron el teléfono en horario de máxima potencia de rayos UVA y su uso quedaba únicamente permitido a partir de las diez de la noche, cuando caía la fresca.

Todos los días repetíamos la misma rutina: piscina por la mañana, piscina por la tarde, escondite y teléfono escacharrado por la noche; y no nos cansábamos de repetirlo a lo largo de tres meses. Necesitábamos esa rutina.

Las tardes que nos apetecía arriesgar hacíamos Tang, que era algo bastante parecido a la heroína, pero no apto para adultos. No sé que tendrían esos polvos naranjas y amarillos (porque por aquel entonces no había más sabores que naranja y limón) que nos hacían volvernos locos y despertaban nuestro YO más rebelde.

Cuando somos niños nos encanta absorber hasta la última gota de esencia de cada situación, no entendemos de barreras ni horarias ni de cantidad, no entendemos de límites, y siempre queremos más.

Mi abuela siempre tenía (y tiene) la manía de decir cuando te servía la comida “tú me dices cuándo paro” y yo no decía nada, no es porque tuviera un estómago de hierro e insaciable, sino por dos motivos:

– El primero, porque sabía que ella iba a hacer lo que le diera la realísima gana, que para eso era la que mandaba cuando no estaban padre y madre.

– El segundo, porque siempre existía la posibilidad de tener más, y más y más… hasta que rebosara el plato. Nos gustaba ver cuál era la cabida máxima de las cosas, no queríamos poner fin antes de tiempo sin conocer todos los topes.

Cuando crecemos nos olvidamos de que siempre hay cavidad para más amor, más diversión, más sonrisas… para más de lo que sea. Nos olvidamos de que cuanto más valoremos las pequeñas cosas es “más mejor”. Nos olvidamos siempre de ver el vaso medio lleno.

Párate un momento y piensa en tu infancia, cuando lo realmente importante era pararte delante del cartel de helados y elegir el más apropiado para los veinte duros que te había dado tu abuela para gastar, cuando la construcción de cabañas con toallas de Mallorca eran auténticas obras de ingeniería civil y cuando tu única comunicación con el mundo era a través de un teléfono de yogures.

Nos gustaba sentarnos en los bancos de la plaza a tratar temas importantes mientras los mayores hablaban de banalidades. Éramos felices creyendo que ser adultos “molaba”, porque tus padres no te decían qué tenías que hacer, podías viajar solo, usar maquillaje y zapatos de tacón; pero lo cierto es que es un asco.

Los adultos tenemos demasiadas cosas en las que pensar que nos impiden ser felices, como trabajar o pagar el alquiler, y si encima eres abogada y tienes que jugar con la libertad de las personas sin permitirte perder, te das cuenta de que no es nada envidiable.

Estamos hablando de responsabilidades, esto hace que los helados, la piscina, las semi- broncas de la abuela (porque al lado de las de tus padres eran Nivea pura, porque la suavidad estaba garantizada) y montar en bici mientras se puedan cocer pollos, resulten ahora bastante más apetecibles.

Cuando ha pasado toda esa época de los veranos interminables de tres meses, el ser adulto se queda con nosotros y nunca se marcha, no volvemos a ser niños, es algo de lo que no podemos escapar, así que más nos vale aprender a vivir con ello y con sus pocas cosas buenas, es decir, con que tus padres no te digan que tienes que hacer, el maquillaje, los tacones y las cañas después de un caluroso día de trabajo.

Así que aprovechemos nuestros escasos días de vacaciones como válvula de escape para ser niños, para volver a ser libres… para vivir nuestra propia vida.

Vía| Abogada de barra

Imagen| Teléfono de yogures, Niña con stilettos

 

 

RELACIONADOS