Coaching y Desarrollo Personal, Educación 


Los niños ríen, lloran y…muerden

Imaginemos la siguiente situación vemos a niños y niñas jugando. De pronto uno/a se acerca diciendo que otro/a le ha mordido. Sí, un mordisco. Y consolamos a aquel que ha sido mordido, y nos frustramos con el mordedor y le decimos que eso no se hace, pero, ¿acaso no lo sabe ya?

Con frecuencia nos podemos encontrar con situaciones de este estilo, en el parque, el patio del colegio, el aula, el contexto es lo menos relevante. Un comportamiento inesperado ante el cual la mayoría de las veces no sabemos actuar porque no sabemos por qué ocurre.

La conducta de morder, así como otras expresiones relacionadas con las rabietas (de las que ya hablamos en el artículo anterior), como las pataletas, los llantos incontrolados, los empujones, etc. se producen en ciertas edades (en las etapas más tempranas del desarrollo, principalmente), como forma de expresar un malestar ante algo que no se consigue de manera inmediata o por una emoción que no ha sido correctamente canalizada.

El que este tipo de comportamientos (morder, empujar, pegar, etc.) sean considerados como problemáticos o no, depende de:

  • La edad del niño/a
  • La frecuencia e intensidad de este tipo de expresiones
  • La existencia o no de otros comportamientos más adaptados para expresar la frustración (como la comunicación verbal)
  • La repercusión en el medio en el que se producen.

Cuando los niños se enfadan, se frustran o se sienten tristes necesitan expresar sus emociones de alguna manera. En etapas muy tempranas la comunicación mediante el lenguaje resulta complicada y, aunque sepan hablar, muchas veces no saben expresar lo que sienten. Por ello, necesitan buscar otras vías de expresión emocional que, en algunos casos, pueden ser acciones como morder, pegar, empujar, quitar, etc. Sin embargo, en la medida en que los niños van desarrollándose y van adquiriendo habilidades comunicativas y lingüísticas, el lenguaje sirve más como modulador del comportamiento y este tipo de acciones que venimos mencionando empiezan a quedarse en un segundo plano.

Algunos niños recurren de manera sistemática a este tipo de expresiones, mientras que otros lo hacen esporádicamente o nunca. Esto se debe a ciertas diferencias individuales sobre las que es conveniente reflexionar, tanto padres como educadores, para un adecuado manejo de las situaciones:

  • El tipo de personalidad del niño/a
  • Estilos educativos familiares y escolares
  • Nuestra propia actuación a la hora de ayudar a canalizar y expresar las emociones de los pequeños.

Bajo el comportamiento de morder, surge en el niño un conflicto emocional que puede ser o no puntual, pero que no está sabiendo resolverse o canalizarse de otra manera. Tenemos que tener en cuenta que el saber tolerar la frustración y el reconocer las emociones es un proceso que vamos aprendiendo a lo largo de la vida y que requiere mucho trabajo, y nosotros, como adultos, tenemos que ayudar a los más pequeños a desarrollar estos aspectos. Sin embargo, para ello, nosotros mismos debemos ser conscientes de nuestra manera de resolver la frustración o el estrés, de enfrentarnos a las emociones que sentimos y de cómo reaccionamos cuando nos “sentimos mal”, pues aunque no sea de manera literal, los adultos también mordemos.

Pero la gran pregunta es ¿qué podemos hacer cuando se dan este tipo de situaciones como la comentada al comienzo?

  • Intentar hacerse cargo también del malestar del niño que agrede: aunque sea más sencillo tender a consolar al agredido, como hemos mencionado, hay que cuidar también del que ha mordido, pegado o empujado y tratar de saber qué le ha llevado a esa acción y tratar de ayudar a resolverlo.
  • Tratar de poner palabras a lo que el niño que ha mordido desea y no ha conseguido, ofrecerle un modelo de actuación diferente y actuar como mediador, pudiendo ser una forma de ayudar en la resolución de conflictos.
  • Evitar una regañina en público ya que, no sólo estamos destacando un hecho no deseado, sino que al ser señalado de manera negativa en público, podemos crear una imagen personal que posteriormente será difícil de modificar y generar efectos emocionales negativos para el pequeño.
  • Acercarse al niño que ha mordido, preguntarle por la razón de la conducta, aunque se sepa que no habrá una respuesta precisa, y mostrar comprensión por la emoción.
  • Poner un límite claro a su comportamiento para ayudar a disminuir este tipo de expresiones y mostrarle individualmente por qué su comportamiento no es adecuado.
  • Acercar a los niños y fomentar la integración de todo el grupo, evitando la exclusión por cualquier niño de aquél que mordió o pegó para, así, prevenir el surgimiento de otras fuentes de estrés y malestar.

Como siempre que hablamos de emociones e infancia, no debemos olvidar que todo ello lleva un trabajo previo de autorreflexión sobre nuestra propia conducta y un esfuerzo por controlar aquellas reacciones que nos salen de manera espontánea, pero que pueden tener una influencia y repercusión en el aprendizaje y desarrollo de los más pequeños.

Vía|

Fuentejada, A. M. L. (2001). Morder es cosa de niños. Aula de infantil, (2), 26-28.

Banks, R., y Yi, S. (2002) Cómo tratar los comportamientos de morder en niños pequeños. Early Childhood and Parenting (ECAP) Collaborative. Department of Special Education
College of Education. University of Illinois at Urbana-Champaign

Imagen| Niños

RELACIONADOS