Opinión 


Los jóvenes en España, abocados a un futuro muy negro

No importa ser la generación más preparada de la historia. No importa cuánto esfuerzo hayas invertido en prepararte para un mundo cada vez más competitivo. Por primera vez en mucho tiempo, las generaciones venideras están abocadas a vivir peor que las predecesoras. El abandono de la educación como pilar básico de cohesión y progreso social, la creación de un ineficiente e insolidario infierno fiscal y la imposición de innumerables barreras a la creación de empleo y al desarrollo de la innovación, entre otras, han dilapidado el futuro de muchos jóvenes en España, y en mayor o menor medida, en Occidente.

Lo resumía de manera excepcional David Jiménez (director de El Mundo) en su columna dominical hace unas semanas: “Dar la espalda a la educación, limitar las posibilidades de quienes deberán sacar tu país adelante y emprender un viaje seguro hacia la decadencia. Es la opción elegida por España”. En apenas tres décadas, se han aprobado siete leyes educativas (sin consenso entre los dos partidos mayoritarios), inyectando a la educación un papel ideológico y transitorio profundamente contraproducente. Si a ello le unimos la posibilidad de adaptación (¿o modificación?) de ciertas medidas o leyes por parte de las CCAA, nos encontramos con una perniciosa “ensalada educativa con fecha de caducidad”. En las escuelas y algunas universidades, hoy en día, se fomenta la mediocridad, la falta de autoridad del profesor, la endogamia, la creación de “robots” capaces de memorizar contenido de 15 asignaturas diferentes, pero incapaces de entender, desafiar y emitir juicios sobre algún tipo de contenido. Como bien defendía David Jiménez en su columna, “un estudiante japonés de secundaria tiene hoy los mismos conocimientos que un graduado de universidad español, según la OCDE. No tenemos una universidad entre las 100 mejores del mundo. En matemáticas, ciencias o comprensión lectora, nuestros alumnos están lejos de los países con los que deberán competir en un mundo globalizado.” Esta es la realidad, y una de las causas principales del aumento de la desigualdad entre los jóvenes en nuestro país. Es verdaderamente urgente actuar políticamente. Establezcamos la educación como motor de desarrollo económico, recuperemos la excelencia y la autoridad del profesor, renovemos el currículo para adaptarlo a las necesidades del país, fomentemos el continuo aprendizaje de idiomas, y un largo etcétera para no terminar.

¿Y qué decir del empleo? Escaso, precario y no siempre adaptado a las necesidades o preparación de los jóvenes. Además, en España asistimos a una sobre preparación teórica. Es decir, sobre el papel, existe un gran número de licenciados, provocando un fuerte desajuste entre oferta y demanda laboral, incitando a que un gran número de jóvenes deba emigrar para poder hacerse valer o encontrar un trabajo acorde con su preparación, nivel de esfuerzo y expectativas futuras. En Alemania, por ejemplo, la formación profesional es un camino escogido por un gran número de jóvenes que, sin lugar a dudas, puede asegurar un mejor nivel de vida y que se adapta mejor a las necesidades de este país en concreto. Sin embargo, la peligrosa utilización del término igualdad y el afán por demonizarlo todo en este país ha provocado que se extendiera la falsa creencia de que “por tener una carrera universitaria, tienes la vida asegurada”. Empero, a este desajuste previo, y a otras causas, se le une un entorno y una legislación laboral muy poco dinámica, así como un escenario impositivo que aboca a los empresarios a asumir unos costes de contratación desmesurados (ergo, a desincentivar la contratación de jóvenes recién graduados sin experiencia profesional) y a los jóvenes a apenas poder ahorrar y disfrutar de un nivel y expectativas de vida atractivas. A día de hoy, un trabajador que cobre 1,500€ brutos mensuales (18,000€/año) y tenga unos gastos mensuales que apenas le permitan ahorrar, ¡estará abonando un 50% de su sueldo teórico en impuestos! (entre IRPF, cotizaciones a cargo del empleador y del trabajador, IVA, Impuestos Especiales, etc.). Un auténtico infierno fiscal que no cesa de crecer y que ni siquiera permitirá que dispongamos de pensión pública al jubilarnos. El sistema de pensiones actual (método de reparto) no deja de ser, llevándolo al extremo, una “estafa piramidal” que sólo es viable cuando hay más trabajadores (ergo, cotizantes, “gente que paga”) que pensionistas, una tendencia que se está invirtiendo a marchas forzadas. Asimismo, debemos centrar los esfuerzos en continuar acrecentando la facilidad para hacer negocios en España (continuamos en el puesto 32, por detrás de Polonia, según el ranking mundial Doing Business) y en establecer regulaciones para favorecer la creación de empresas. Es una vergüenza, con las tasas de paro que sufre España (especialmente entre la población joven), que el mismo informe (Doing Business) nos sitúe, en este último aspecto, en el puesto 74.

En definitiva, urge desarrollar un plan nacional bajo cuatro pilares básicos: educación, empleo, impuestos e innovación. Está más que demostrado que el modelo actual está caduco. O realizamos un esfuerzo común para blindar la educación como motor de progreso y convertir a España en un paraíso laboral e impositivo (van de la mano) que verdaderamente fomente la inversión extranjera y sitúe a nuestro país como un centro de innovación a nivel mundial, o estamos abocados a vivir hartamente peor que nuestros progenitores. Nos jugamos demasiado, hagámoslo.

Vía | Opinión

Imagen | Diario El Prisma

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