Cultura y Sociedad 


Los jardines de Forestier: un lugar desconocido en el Aljarafe sevillano

Son pocos los visitantes que, cuando se acercan al pequeño municipio sevillano de Castilleja de Guzmán para conocer los jardines del Colegio del Buen Aire, permanecen indiferentes; las sensaciones son variadas, pero todo el mundo queda impresionado por un espacio tan desconocido como encantador y que desde 2004 es Bien de Interés Cultural.

Dichos jardines fueron fruto de la genialidad creadora de Jean-Claude Nicolás Forestier, a quien se deben obras tan importantes como la remodelación del Parque de María Luisa para la Exposición Iberoamericana de 1929 o la de la zona de Montjuic en Barcelona.

El II conde de Castilleja de Guzmán, Joaquín Rodríguez de Rivas y de la Gándara, que estaba de diplomático en París, conoció a este personaje y le pidió que se encargara de los jardines de su palacio, inserto en una hacienda olivarera en el Aljarafe. Forestier se trasladó al lugar y entre 1926 y 1927 o entre 1928 y 1929 según otros proyectó unos deliciosos jardines que son un resumen de toda su trayectoria profesional.

El espacio del jardín se divide en tres sectores escalonados que hacen de la pendiente del terreno un escenario ideal para crear un juego de diferentes alturas y perspectivas.

El sector principal parte del edificio del palacio (hoy residencia de estudiantes de la Universidad de Sevilla) y se va desarrollando con una suave pendiente hasta un gran mirador con balaustrada desde el que se tienen unas vistas inmejorables de toda la ciudad de Sevilla. Destacan en esta zona el estanque circular con una gran columna en el centro, el juego de escaleras para pasar de un espacio a otro, el cenador octogonal con artesonado de madera y el contraste entre zonas muy regularizadas con parterres y otras en las que se quiere dar un aspecto de mayor “naturalidad”.

El sector intermedio, conocido como “del Naranjal” se caracteriza por las escaleras semicirculares en dos tramos a través de las cuales se accede, los parterres en diferentes formas geométricas y los naranjos que sabiamente supo incorporar Forestier como muestra de la tradición local.

A través de una gran escalera que conecta los tres niveles llegamos al inferior, que está dividido en dos partes: Jardín de la Pérgolas, en el cual destacan las pérgolas por las que trepaban numerosas especies de rosales, así como los bancos de azulejos; y el Jardín de la Vieja, llamado así por una fuente adherida al muro de la cual manaba el agua a través de la cara de un sátiro que la gente identificaba con una señora mayor. Una fuente central y una serie de parterres cuadrangulares que dividen los diferentes sectores evocan los patios de cruceros de tradición islámica.

Sin embargo, este genial espacio ha sufrido el pesado paso del tiempo sobre sus parterres, sobre sus fuentes y sobre sus flores, perdiendo muros hechos con cipreses recortados, cayendo palmeras a causa del viento e incluso se han producido actos vandálicos. Incluso su dueño se arruinó al poco tiempo de acabados y tuvo que ver como eran subastados.

A pesar de todos estos factores que han quitado algo de brillo al jardín, que está siendo restaurado en la actualidad, es digno de ver el esfuerzo titánico del hombre por racionalizar la naturaleza, embellecerla más aún si cabe, hacer de lo natural artificio y, al mismo tiempo, ver como la naturaleza sigue medrando, sigue actuando y recuperando aquello que se le quitó.

Vía| Proyecto de restauración de los jardines históricos del Colegio de Santa María del Buen Aire, María Dolores Robador.

Más información| Jardines: cuaderno de dibujos y planos, Jean- Claude Nicolás Forestier. (Barcelona, 1991).

En QAH| Los Palacios de la Irrealidad (II): Vaux-le-Vicomte, la envidia de Luis XIV

Imagen| Vista aérea de los jardines y el palacio, Vista del estanque, Fuente de la Vieja.

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