Cultura y Sociedad, Historia 


Los Huevos Fabergé: regalos de la Rusia imperial

A finales del siglo XIX, Rusia era un vasto imperio marcado por el frío, la pobreza y una sociedad aún anclada en el feudalismo medieval. Mientras para muchos el vodka era la única manera de alejarse del frío durante un rato, una red de grandiosos y confortables palacios servía para crear una atmósfera de placer y grandeza descomunal en torno a los zares.

En esa tónica de derroche se encuadra el encargo que el zar Alejandro III le hizo al prestigioso joyero Carl Fabergé en 1885: un huevo de Pascua para su esposa María Fyodorevna. Dicho huevo se inspiraba en una creación danesa para recordarle a la zarina su patria; consistía en un huevo del tamaño de los de las gallinas y con una gallina de oro macizo en su interior. El zar quedó tan satisfecho que a partir de entonces encargó todos los años a Fabergé una nueva sorpresa para regalar a su mujer.

El diseño de los huevos se fue haciendo cada vez más sofisticado y las piezas se hacían con los materiales más nobles disponibles, como oro, plata, platino, minerales como el jaspe, la malaquita, ágata, jade, lapislázuli y piedras preciosas como los diamantes, rubíes, zafiros y esmeraldas. Casi todos los materiales eran extraídos de diferentes partes de Rusia, haciendo gala de las riquezas de tan grandioso imperio.

Junto con los materiales, también las técnicas se fueron refinando cada vez más, apareciendo delicadas miniaturas con los retratos de los zares sobre los huevos, esmaltes muy cuidados de las más variadas tonalidades y cambiantes según la luz que recibían, etc. Junto a la técnica, la Historia y el patrimonio ruso sirvieron de inspiración al taller de Fabergé, creando huevos de inspiración barroca, rococó, neoclásica y modernista –todo a tono con las corrientes historicistas de la época- o bien con monumentos como el Kremlin o el Palacio de Gátchina.

Cuando no eran inspirados por épocas o monumentos del pasado, hacían referencia a efemérides o hitos rusos, como el dedicado al Transiberiano en 1900 o el del Tricentenario de la dinastía Romanov, hecho en 1913 –ambos encargados por Nicolás II, hijo de Alejandro III-.

Si bien Fabergé tenía órdenes de que las creaciones para los zares fueran únicas e irrepetibles, hizo obras para la aristocracia, que no pudo resistirse a esas joyas llenas de vanidad, capricho y grandeza. Cincuenta y dos huevos realizó para los zares, aunque sólo se tiene constancia hoy día de cuarenta y cuatro –algunos de ellos a través de fotos simplemente; a estos hay que sumarle otros, encargos, como el de Alfred Nobel, el príncipe Yussupov… etc-

Y como todo tiene un fin, incluso la grandeza, todo acabó en 1917, cuando la Revolución Rusa se llevó por delante tradiciones, vidas y también huevos de Pascua en pos de un futuro que no fue tan prometedor como se esperaba. Los huevos se dispersaron, siendo reunidos por el patriarca de la familia Forbes en gran parte y, por avatares del destino, los huevos han tenido la suerte de volver a casa, gracias a una compra efectuada en 2004 por Victor Vekselberg, un industrial ruso que tuvo la inteligencia suficiente como para comprender que los huevos, aunque vestigios de una época un tanto oscura y símbolos del poder absolutista, son los ojos de la Historia rusa.

Vía| “Un industrial ruso compra los huevos Fabergé de la familia Forbes para devolverlos a su país”. El Mundo, 4 de febrero de 2004

Más información| Fabergé: imperial jeweller. Géza von Habsburg, Marina Lopato. 1993.

En QAH| La ejecución de los últimos zares

Imagen|  Huevo del Tricentenario, Huevo de Alejandro III ecuestre, Huevo del Transiberiano, Huevo del Palacio de Gatchina

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