Cultura y Sociedad 


Los epónimos

Desde la primavera de los tiempos el ser humano ha prestado especial atención a poner nombres a las cosas.  Ya el libro del Génesis destaca el hecho de que, durante la creación, Dios puso nombre a todo lo que iba creando (“llamó a la luz día y a las tinieblas noche”; “Dios llamó al firmamento cielo”; Dios llamó a lo seco tierra, y a la masa de agua llamó mares”, etc.).  La importancia que los hablantes dan al hecho de asignar nombres a las cosas ha dejado su impronta en el refranero español (“llamar a las cosas por su nombre”; al pan, pan y al vino, vino”, etc.).  El nombre de un objeto es, más que las características inherentes al objeto mismo, lo que nos sirve para identificarlo.  Así pues, no debe resultar sorprendente que se considere un alto honor dar a un objeto o a un lugar el nombre de una persona.

La mayor parte de cuanto nos rodea tiene un nombre que, por lo general, no obedece a ningún motivo lógico: no existe relación alguna entre el significante y el objeto mismo.  Pero hay un grupo significativo de objetos, procedimientos, actividades y conceptos que, por diferentes motivos, han sido nominados en honor de una persona, confiriendo al individuo un muy preciado galardón: una vida en el idioma perpetuada en diccionarios y enciclopedias.  Se trata de los epónimos.

Según el Diccionario de la RAE, epónimo “aplícase al héroe o a la persona que da nombre a un pueblo, a una tribu, a una ciudad o a un período o época.”  Pero esta definición ha sido superada por el tiempo, ya que conserva un cierto regusto mitológico que no se ajusta a la práctica de la lengua.  Generalmente se conoce como voces eponímicas o epónimos a los vocablos de cualquier categoría oracional que derivan de nombres propios, principalmente de persona, pero también de lugar.

Algunos epónimos son de fácil identificación, como determinadas corrientes literarias, filosóficas o políticas derivadas del nombre de quien fue su iniciador (gongorismo, krausismo, leninismo), o los elementos químicos dedicados a honrar la memoria de científicos (curio, einstenio, fermio).  Un grupo numeroso de epónimos es el de aquellos que se refieren a invenciones y descubrimientos que reciben el nombre de sus creadores o descubridores (colt, guillotina, diésel).  Menos obvios pero posiblemente de más interés son los epónimos cuyo origen constituye una curiosidad que pasa inadvertida para la mayoría de los hablantes (bigote, estraperlo, lona).  También deben considerarse epónimos las expresiones que contienen un nombre propio de lugar (Línea Maginot, estar en Babia). Muchos epónimos pertenecen al ámbito de la medicina y tienen relación con diversos procedimientos, dolencias, enfermedades o síndromes que frecuentemente llevan el nombre de quien los descubrió (método de Ogino, [enfermedad de] Alzheimer, síndrome de Down).  La “mitología” popular de nuestro tiempo ha acuñado un buen número de epónimos basados en personajes cinematográficos o productos comerciales de consumo masivo (paparazzi, Rambo, Barbie).

Muchos de los epónimos de reciente incorporación al habla son nombres de productos comerciales y todavía han hallado acomodo en el Diccionario de la RAE (dolby, levis, martini, wínchester).  En cambio otros, que también son marcas registradas, sí han sido aceptados como vocablos de pleno derecho (máuser, rímel, uralita).

En definitiva, los epónimos ya no son héroes mitológicos que dan nombre a una tribu; hoy llamamos epónimos a los vocablos que derivan de nombres propios, ya sean personas de carne y hueso o personajes de la cultura popular, o incluso de lugar (hamburguesa, napolitana, polonesa).  Los personas y los lugares que sirven para crear nuevos vocablos tienen de este modo una nueva vida en la lengua.

He traído aquí un puñado de epónimos con la esperanza de despertar el interés de los lectores.  A quienes estén interesados en la etimología popular de los vocablos que usamos o simplemente deseen hallar otras curiosidades lingüísticas, recomiendo la obra que se reseña al margen.

Vía| García-Castañón, Santiago.  Diccionario de epónimos del español.  Gijón: Ediciones Trea, 2001.

Imagen| Vino de rioja

RELACIONADOS