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Los conflictos no son tan conflictivos (II)

En el anterior artículo hablamos de la diferencia existente entre los problemas y los conflictos. También realizamos una pequeña reflexión acerca de la percepción de los mismos, es decir, que estos podían verse como una oportunidad o como un riesgo.

Sin embargo, cabría preguntarse ¿podrían dejar de existir? La respuesta es clara: no.

La presencia de los conflictos en nuestra vida es algo inevitable y habitual. Esto es debido a varios factores:

Lo que decimos y hacemos tiene repercusiones sobre los demás.

Lo que decimos y hacemos tiene repercusiones sobre los demás.

La existencia de una interdependencia entre las personas. Los seres humanos somos seres sociales, es decir, necesitamos del resto para nuestra propia supervivencia. Esto implica que los demás pueden ser un elemento favorecedor u obstaculizador para la consecución de nuestras metas. Es en este último caso donde surge el conflicto: nosotros como ser individual queremos alcanzar ciertos objetivos pero el logro de los mismos puede suponer una barrera en la consecución de los de nuestro semejante. Es por eso que tenemos que tener en cuenta que nuestros actos tienen repercusiones sobre los demás y que una correcta colaboración entre nosotros puede suponer la satisfacción de las necesidades de todos.

La historia personal de cada individuo. El comportamiento de las personas se encuentra configurado bajo experimentos de “ensayo y error”. Esto quiere decir que todo individuo tenderá a repetir una conducta cuando esa misma le haya generado resultados satisfactorios, por el contrario, evitará realizar toda aquella que le haya proporcionado experiencias desagradables. Es por eso que, dado que las circunstancias de cada uno son diferentes, el comportamiento de cada persona es idiosincrásico por lo que no todos actuaríamos de la misma manera ante las mismas circunstancias.

En muchas ocasiones cuestionamos el comportamiento de los demás y nos vemos con el poder para juzgarlo con afirmaciones tales como “yo en su lugar habría actuado de otra forma…”. Sin embargo, tendríamos que conocer cuál ha sido su historia personal para entender realmente por qué se ha comportado así.

Es importante llevar esta idea al ámbito laboral para que los jefes de equipo no cometan errores en la interpretación del bajo rendimiento de sus empleados, o de su conducta en general y poder llevar a cabo estrategias adecuadas.

La forma que tenemos de manifestar nuestros desacuerdos. En muchas ocasiones manifestamos nuestros puntos de vista ante determinadas situaciones de una forma inadecuada. Esto hace que el resto de las personas lo interpreten como un ataque y que por lo tanto el conflicto se resuelva, si se resuelve, de manera agresiva.

Es importante saber poner en conocimiento nuestras opiniones pero siempre desde una postura encaminada a la resolución pacífica del conflicto y no a la imposición de nuestros ideales.

La limitación de los recursos. Sabemos que los recursos son limitados y esto nos hace poner en auge nuestros instintos más primarios de supervivencia: la competición. Sin embargo, tenemos que tener en cuenta que, aunque exista una escasez de recursos, debemos optar por la resolución pacífica de los mismos. En este sentido, deberíamos ampliar las posibilidades de las personas para que todas en mayor o menor medida alcancen el mismo nivel de satisfacción.

Este hecho  se encuentra con mucha frecuencia en las empresas: existe una única persona que logrará alcanzar el puesto que se encuentra vacante. Puede que existan dos candidatos que aspiren a la consecución del mismo pero solo uno de ellos lo logará. Sin embargo, no deberíamos olvidarnos del otro trabajador, sino que la empresa deberá conservar la motivación del mismo cediéndole nuevas responsabilidades o abriéndoles nuevas oportunidades de crecimiento dentro de la empresa.

La pertenencia a un grupo. Todas las personas formamos parte de mínimo un grupo dentro de la sociedad debido a nuestro carácter social. Esto hace que, con demasiada frecuencia, adoptemos los ideales de los mismos sin haberlos examinado detenidamente generando así lo que se denomina un “pensamiento grupal”. Este puede ser un arma de destrucción ya que se considera que los ideales del mismo son los adecuados y superiores al resto por lo que todo aquel que se oponga será excluido.

En este sentido es importante conservar nuestra mirada escéptica para poder valorar el mundo de una manera más o menos objetiva. De hecho, esto es algo que algunas empresas están empezando a aplicar en sus reuniones para la toma de decisiones. En estas existe un papel llamado el “abogado del diablo” que se le asigna a un miembro de la reunión de manera aleatoria que se encarga de exponer las desventajas de cada decisión.

Hablamos o nos comportamos de manera contradictoria con lo que pensamos.

Hablamos o nos comportamos de manera contradictoria con lo que pensamos.

La disonancia cognitiva. En muchas ocasiones actuamos de manera contradictoria a lo que realmente pensamos llevándonos a la experimentación de un gran malestar que puede manifestarse en forma de conflicto con otras personas.

Como pueden observar los conflictos forman parte de nuestras relaciones humanas por lo que su extinción implicaría la ausencia de relaciones interpersonales de calidad.  Ahora se preguntarán: si no podemos eliminar los conflictos, ¿solo podemos intentar percibirlos como una oportunidad? Lo cierto es que sí y no. Debemos intentar enfrentarnos a ello como una oportunidad de cambio pero porque también existe una forma de resolución pacífica de los mismos.

¿Cómo? Estén atentos al próximo artículo.

Vía| Curso “Gestión de conflictos”. Beca AFIM.

Imágenes| Conflictos, Disonancia cognitiva, Interdependencia.

En QAH| Los conflictos no son tan conflictivos (I)

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