Cultura y Sociedad, Historia 


Los conejos que derrotaron al todopoderoso Napoleón

 

Dentro de la serie Animales que han hecho historia:

 

Un 9 de julio de 1810, uno de los mayores genios militares que ha conocido la historia contemporánea mundial, Napoleón Bonaparte, dueño ya en aquel momento de buena parte de Europa, incluía a Holanda dentro de su Imperio francés, que crecía a un ritmo imparable a base de conquistas. Hoy, más de doscientos años después, recordamos una de las mayores afrentas que el todopoderoso general corso sufrió en sus carnes, porque también padeció alguna que otra importante derrota antes de la desastrosa campaña que emprendió en Rusia (1812) y su cataclismo en Waterloo (1815).

napoleón

‘Napoleón cruzando los Alpes’, obra de Jacques-Louis David

Sin embargo, el fracaso militar que abordamos a lo largo de este artículo, más bien una humillación, Napoleón la sufrió ante un enemigo, a priori, de mucha menor enjundia que rusos, ingleses o austríacos, potencias dueñas de grandes ejércitos: lo hizo ante una manada de inocentes y dóciles conejos.

Napoleón Bonaparte está considerado como uno de los mejores estrategas de la historia sobre el campo de batalla. Esto es indiscutible. Pero como todos en la vida, también sufrió unos cuantos varapalos antes de su destierro a la isla de Santa Elena, que supuso el inicio del fin de la supremacía francesa sobre el Viejo Continente.

Con la firma del Tratado de Lirsit (1807) entre el zar Alejandro I y Napoleón, se acordó el cese de las hostilidades entre Rusia y Francia. Se comprometieron a prestarse apoyo ante sus respectivos enemigos y se repartieron el pastel europeo. Corrían buenos tiempos y había motivos más que suficientes para disfrutar del éxito militar. Así que, Louis Alexandre Berthier, Jefe del Estado Mayor del ejército francés y amigo personal de Napoleón, decidió agasajar al corso con un día de caza.

conejo

Un inofensivo conejito

Para que la jornada resultara perfecta, Berthier compró centenares de conejos y los soltó en las proximidades de la cacería. Napoleón se plantó en primera fila para, como en él era habitual, llevarse la gloria y se alzara con el mayor número de piezas posible, pero algo no salió como esperaba… Los conejos, mansos, no huyeron. Eran domésticos y estaban acostumbrados a ser alimentados por humanos. Corrieron raudos hacia Napoleón y, como una plaga, se lanzaron sobre él buscando comida. 

El séquito que acompañaba a Napoleón trató de repeler la “agresión”, pero al militar corso no le quedó otro remedio que huir, subir a su carruaje y escapar de aquella masa envalentonada de roedores que tan solo pedían algo que echarse al hocico. Fue un triste adiós ante un peculiar enemigo que no opuso resistencia.

 

 

En colaboración con QAH| Lugares con historia

Vía| Nunca aprendí la historia de los reyes godos; Javier Sanz.

Imágenes | Wikipedia y elcomercio.pe

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