Historia 


Los combates de Cagayán

La historia tradicional japonesa cuenta que sus guerreros fueron derrotados por unos demonios, mitad peces mitad lagartos, llegados en unos grandes y extraños barcos negros. Estas criaturas salían como bárbaros de la mar y atacarles tanto en tierra como en mar era un asunto peligroso y casi suicida…

Corría el Siglo XVI, y el Imperio Español, hacia la segunda mitad del mismo, gozaba de su época de máximo esplendor, extendiéndose hasta la zona de Asia-Pacífico.

Imperio hispano-luso hacia 1580

En 1521, el explorador Fernando de Magallanes tomó posesión de las islas Filipinas en nombre de la corona española, aunque el primer asentamiento español cómo tal data de 1565, cuando se fundó la ciudad de Cebú.

La colonización española duró más de tres siglos, desde 1565 hasta 1898, año en el que España cedió sus últimas posesiones en Asia por la guerra hispano-estadounidense. Durante este largo período, España realizó numerosas expediciones al océano Pacífico desde América, resultando en la exploración y descubrimiento de numerosos territorios.

Los territorios controlados en el pacífico por la Corona Española a finales del siglo XVI incluían las Islas Filipinas, Guam y las Islas Marianas, así como Palaos y las Carolinas.

Pero el control de estos territorios nunca fue tarea fácil. En este caso en concreto, a las ya habituales maniobras desestabilizadoras anglo-holandesas, había que sumar la situación del archipiélago y la proximidad de dos poderosos vecinos como eran China y Japón, cuyas costas estaban infestadas de piratas, a los cuales no pasó desapercibida la nueva época de prosperidad colonial en la zona.

Incursiones “wokou” en Corea y China hasta 1565

Los primeros asentamientos japoneses en Filipinas hay que situarlos en relación con la actividad de los “wokou” (wakô) o piratas japoneses, que fueron muy activos en las costas de China desde el inicio de la dinastía Ming. Su actividad se intensificó de nuevo en el siglo XVI, alcanzando también las Islas Filipinas, aunque para entonces bajo el nombre de “wokou” se tendrían que incluir también piratas chinos.

Ya por los inicios de la colonización española,  el pirata chino Limahong fue perseguido por los españoles ganándose así éstos la confianza de las autoridades costeras chinas con el objetivo de mantener fructíferas relaciones comerciales.

No obstante, la primera noticia de la actividades de los “wokou” en las posesiones españolas se produce en 1573 cuando Diego de Artieda envió un informe al rey en donde señalaba relaciones comerciales regulares entre Japón y Luzón. Dos años más tarde, en 1575, Juan Pacheco de Maldonado era más explícito al señalar que los japoneses llegaban cada año a Luzón para intercambiar plata por oro. Sin embargo, las noticias que llegaron poco después, en 1580 y 1581, eran más alarmantes, describiendo actos de piratería y esclavitud contra la población local

El gobernador general de Filipinas escribió a Felipe II el 16 de junio de 1582:

“Los japoneses son la gente más belicosa que hay por acá. Traen artillería y mucha arcabucería y piquería. Usan armas defensivas para el cuerpo. Lo cual todo lo tienen por industria de portugueses, que se lo han mostrado para daño de sus ánimas…”

Llegados a este punto, se le encargó al capitán de la Armada Juan Pablo de Carrión que se hiciera a la mar en demanda de la zona de Cagayán para tomar el control del norte de Luzón. Al igual que ocurriera en América, muchas veces era más facil disponer de navíos que de tropas, y esta no fue una excepción. La defensa de filipinas estaba encomendada a no más de 500 efectivos, y Carrión no pudo contar con más de 50 efectivos para hacer frente a miles de piratas. Eso sí, cincuenta infantes de marina de los más curtidos Tercios de Mar de la Armada española…que se iban a enfrentar, aunque entonces no lo sabían, a cientos de los temibles Ronin, o samuráis sin señor, y Ashigaru, samuráis venidos de clases “no-nobles”, todos ellos curtidos en las cruentas guerras intestinas de su Japón natal.

Así pues, alistada la tropa y los navíos (cinco bajeles pequeños de apoyo, un navío ligero (el San Yusepe) y una galera (la Capitana)), la flota zarpó al encuentro de su objetivo.

A la altura de Cabo Bogueador, la flota descubrió un junco que acababa de asolar la costa. Ni corto ni perezoso, Carrión, quizá confiando en la superioridad artillera de su galera donde además estaban embarcados los Tercios, se lanzó al abordaje del junco, mucho mayor que su embarcación y con una superioridad numérica de 10 a 1 a favor de los japoneses.

Cuadro en el Museo de Bellas Artes de Bilbao del marino español Juan Pablo Carrión.

Carrión acortó distancias rápidamente con su veloz galera, y cuando los dos navíos se encontraban a tiro de piedra, “La Capitana” disparó una ráfaga de artillería que produjo una gran escabechina en  cubierta con muchos muertos y heridos, amén de grandes destrozos en el casco. Acto seguido, las tropas se prepararon para el abordaje, pero a pesar de todo, la superioridad numérica de los piratas era aplastante y los valerosos infantes debieron retirarse hasta su propia galera. Los piratas contaban también con armas de fuego proporcionadas por los portugueses, y todo parecía bastante igualado, salvo el número de unidades. Las tropas españolas no sólo debían aguantar la avalancha de japoneses hacia su posición, además debían sufrir el fuego de cobertura que recibían implacablemente desde el bajel enemigo. Pero los Tercios hicieron lo que mejor sabían hacer: defender su posición. Como si combatieran en tierra firme, los soldados de Carrión se dipusieron en cuadro con los piqueros delante y arcabuceros y mosqueteros detrás, retirándose poco a poco hacia popa aguantando la formación. En ese momento llegó el oportuno refuerzo del “San Yusepe”, que lanzó una ráfaga de artillería contra el junco acabando con los tiradores japoneses que desde aquella nave hostigaban a la galera española. Era el momento que esperaban los infantes españoles, que libres del  fuego enemigo, avanzaron sobre sus sorprendidos enemigos causando enormes bajas. Estos, presa del pánico, se batieron en retirada saltando  al agua para intentar ganar la costa. Aunque las armas de fuego fueron decisivas en la victoria, también lo fue la mejor calidad de las armaduras y armamento español.

Tras esta escaramuza, la flota de Carrión empezó a remontar el Río Grande de Cagayán en demanda de la misión que le había sido encomendada, cuando se toparon con una flota de sampanes. No está muy claro si el encuentro fue casual o los piratas andaban ya al encuentro de la flota española, así como el número de naves enemigas. En cualquier caso, parece ser que Carrión, visto lo visto en su anterior experiencia con los japoneses en un sólo navío,  y teniendo en cuenta sus exiguas tropas, no estaba muy por la labor de presentar batalla cuerpo a cuerpo, así que los españoles forzaron el paso a cañonazo y arcabuzazo limpio, despachando a no menos de 200 nipones, continuando sin más novedad su camino.

Finalmente la flota de Carrión llegó a su destino, desembarcando cerca del cuartel general de los piratas, probablemente la playa de Birakaya. Lo primero que hicieron los españoles fue fortificar su posición colocando en tierra buena parte de la artillería de sus naves en previsión de males mayores. Carrión les hizo saber a los piratas que se encontraban en territorio bajo la protección de la Corona Española, por lo cual debían cesar sus actividades, instándoles a abandonar Luzón sin más condiciones. Los japoneses parece ser que no estaban muy por la labor de abandonar tan lucrativo negocio porque se lo pidiesen 40 señores con barba y armadura, por muy representantes del Rey de España que fuesen, así que reclamaron a los españoles una desorbitada indemnización en tal caso. Evidentemente lo japoneses querían ver si colaba, quedarse con el oro y seguir haciendo de las suyas. A Carrión se le acabó la paciencia y les dió un ultimatum a los piratas, a lo que estos respondieron con una carga de al menos 600 japoneses que se abalanzaron sobre las menguadas tropas de infantería españolas, que en esos momentos contarían con unos 40 efectivos a lo sumo.

Tropas españolas de finales del Siglo XVI

La batalla debió ser épica. Los españoles habían plantado bien sus reales, y los japoneses se estrellaban con un muro de picas impenetrable, aderezado por un infierno de fuego de arcabuz y artillería. Hasta tres oleadas fueron necesarias, llegándose en la última al cuerpo a cuerpo,  para que unos perplejos nipones se batieran en retirada, siendo entonces perseguidos y generosamente acuchillados por los escasos 30 efectivos españoles para corresponder a tal situación. En este enfrentamiento los españoles les hicieron un gran número de muertos y heridos a los japoneses, y si no fueron más fue porque el equipamiento de estos últimos, más ligero, hizo que en su desbandada corrieran más rápido que los españoles, lo que les libro en gran número de ser alcanzados y convenientemente despachados.

En cualquier caso, los japoneses se fueron para no volver, y salvo incursiones esporádicas, los españoles consiguieron acabar con los asentamientos de piratería chino-japonesa en la zona.

Finalmente, ya con refuerzos, Carrión fundó en la zona la ciudad de Nueva Segovia (hoy Lal-lo).

En colaboración con QAH| Rumbo a la Historia

Vía| ABC

Imágenes| Wikipedia, Wikipedia, WikipediaSchullerpedia

En QAH| Alistarse en los TerciosLos Tercios, la costosa arma del Imperio Español¿Pudo la España de Felipe II conquistar China?

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